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[CD] “The Tempest” de Thomas Adés : Temporal sin naufragio
La segunda ópera del británico Thomas Adés llega al disco después de cinco años de su estreno. Simon Keenlyside, Cyndia Sieden y Kate Royal encabezan el elenco. Por Cristóbal Astorga Sepúlveda
 

Simon Keenlyside (Prospero) y Cyndia Sieden (Ariel) en una escena
de The Tempest, Royal Opera House, Covent Garden,
Londres, 2004 / Fotografía de Clive Barda

THE TEMPEST, ópera en tres actos de Thomas Adès. Dirección musical: Thomas Adès. Reparto: Simon Keenlyside (Prospero), Cyndia Sieden (Ariel), Ian Bostridge (Caliban), Kate Royal (Miranda), Toby Spence (Ferdinand), Philip Langridge (El rey de Nápoles), Donald Kaasch (Antonio), Stephen Richardson (Stefano), David Cordier (Trinculo), Jonathan Summers (Sebastian), Graeme Danby (Gonzalo). Coro de la Royal Opera House, dirección: Stephen Westrop. Orquesta de la Royal Opera House, Covent Garden de Londres. Grabación en vivo, marzo de 2007. 2 discos (117 minutos) + libretto unilingüe (56 páginas). EMI 2009 (50999 6 95234 2 7).

Las obras de William Shakespeare han cautivado la imaginación de muchos compositores. Hector Berlioz y Giuseppe Verdi fueron dos reconocidos artistas seducidos por la pluma del escritor inglés, y el siglo XX no ha sido menos receptivo a ella. Desde A Midsummer Night’s Dream de Benjamin Britten (1960) y Lear de Aribert Reimann (1978), hasta incursiones más recientes como el triunfante Wintermärchen de Philippe Boesmans (1999) o el menos exitoso Richard III  de Giorgio Battistelli (2005), Shakespeare no ha pasado indiferente. The tempest, por de pronto, ya había servido de base para varias óperas, como The Knot Garden de Michael Tippett (1970), Un re in ascolto de Luciano Berio (1984) y Noises, Sounds and Sweet Airs de Michael Nyman (1991), todas ellas, eso sí, inspiradas en la obra, y utilizando sus temas y personajes de forma oblicua. Es por eso que la ópera de Thomas Adès, al ser más fiel al original, posee un valor distinto.

Thomas Adès (Londres, 1971) fue comisionado a finales del siglo pasado para estrenar una ópera en el principal escenario de ópera inglés, la Royal Opera House, Convent Garden de Londres. La dramaturga australiana Meredith Oakes fue la encargada de proporcionar el libreto, una adaptación razonable del texto shakesperiano que se mueve entre lo original y la paráfrasis. El 10 de febrero de 2004 se estrenó con mucho éxito y rápidamente fue llevada a Estrasburgo, Copenhage, Santa Fe y, en un futuro 2013, a Nueva York. La recepción ha sido bastante entusiasta, lo que no deja de ser significativo para una ópera contemporánea, y es por lo mismo una importante adición a la discografía del género. El mismo hecho que la reposición del 2007 en el escenario londinense haya sido llevada al disco y no al devedé llama un tanto la atención, en particular por la colorida puesta que en su momento ofreció Tom Cairns.

La historia de Prospero, el exiliado duque de Milán devenido en mago de una misteriosa isla, se estructura en base a su deseo de venganza cuyo principal objeto son su hermano Antonio y el rey de Nápoles. Su relación paternal con Miranda y el ejercicio omnipotente de sus artes sobre los elementos naturales ramifican la trama hacia sus otros focos: la reconciliación de las víctimas con sus victimarios y el uso de la naturaleza del cual la obra toma su título. Ese uso, por cierto, incluye el dominio que Próspero ejerce sobre un espíritu aéreo, Ariel, y sobre un monstruo degenerado, Caliban. El horizonte de redención que Shakespeare ofrece a sus personajes es un desafío para cualquier músico que se tome en serio las emociones humanas.

Adès compuso una partitura condensada en tres breves actos. En ella, se mueve desde fuertes disonancias hasta momentos de simple dulzura. El acto primero es el más árido, comenzando con una tormenta que en su avance mecanizado recuerda la música futurista. La progresión de esa dureza se ve interrumpida por la entrada de Miranda y desde ahí sabemos que Adès puede alternar episodios de sofisticada imaginación modernista con otros melódicos y decididamente asequibles al público más tradicional. El acto primero quizá sea el menos apelativo, dada su estructura un tanto estática centrada en Prospero y su entorno. A contar del acto segundo las cosas pierden intimidad y ganan en dinamismo, aunque a veces parecen sobrar personajes, en particular los picarescos Stefano y Trinculo, algo desperdiciados. Ese acto, en el cual la acción es dominada por la corte náufraga napolitana, concluye con un dúo de amor, al final del cual solo cabe la renuncia de Próspero al poder paternal. El acto tercero progresa con respiración más pausada a partir de la desesperación del rey de Nápoles y la intervención mágica de Ariel, ofrecida con una percusión de ascendencia tanto etérea como primitiva (un guiño a los episodios de percusión gamelana tan caros al Britten tardío). La reconciliación final llega en una passacaglia devenida en quinteto, probablemente lo más hermoso de toda la partitura y un ejemplo de cómo es posible unir el lenguaje puramente musical con el dramático. El final es una tranquila meditación de Caliban observando cómo se alejan los visitantes, mientras Ariel, ahora liberado de su yugo, simplemente vocaliza.

Lo primero que llama la atención es la fuerte presencia masculina. Adès entregó el rol de Prospero a un barítono, un autoritativo Simon Keenlyside, y nada menos que cuatro otros roles de importancia a tenores. La elección de esa cuerda para Ferdinand parece casi obligada: sin ella, el dúo-de-amor-con-soprano sería imposible. En esto, Adès está ciertamente consciente del género para el que compone. Toby Spence es una buena elección y se complementa bien con la Miranda de la cada vez más famosa Kate Royal, soprano dotada de un timbre cremoso a la que ciertamente hay que seguir oyendo.

Las criaturas de la isla, Caliban y Ariel, son también voces agudas. Ian Bostridge como el ser deforme es un lujo. Adès compone el rol siguiendo el tópico del buen salvaje, y ha tenido el cuidado de darle un hermoso pasaje en el acto segundo, “Friends dont’ fear”, una verdadera aria para aquellos que no consideran el uso de ese término un anacronismo, y casi tan fuera de lugar en su lirismo como el  “Now the Great Bear” en  Peter Grimes. Cyndia Sieden como Ariel es toda una experiencia. Su personaje es lo que el propio compositor describió, para su ópera anterior, como Helden-Soubrette, es decir una soprano capaz de alcanzar las notas más agudas de su registro mediante una escritura agresiva concentrada más en el sonido de la voz que en el valor semántico del texto. El resultado es algo confuso, en particular por el campo de referencias que posee Ariel, un ser más parecido al querubín travieso que Peter Greenaway ofrece en su adaptación fílmica de la obra, Prospero’s Books, y no tanto a la especie de punk malcriado que Adès y Cairns ofrecieron en el estreno y que sirve de portada a la grabación. Sieden, de todas formas, está estupenda, y su “Five fathoms deep” del acto primero es un verdadero tour de force dentro de un rol que ya resulta imposible.

Los tenores Philip Langridge y Donald Kaasch tienen en sus manos dos roles un tanto ingratos, pero Langridge es un artista extraordinario, y aquí no es menos como el dolido rey que cree haber perdido a su hijo. Kaasch alcanza niveles expresionistas como el resentido Antonio, y Adès es implacable en la escritura estentórea del rol. Completan el elenco unos correctos Jonathan Summers y Graeme Danby como cercanos al rey, y los jocosos Stephen Richardson y David Cordier, bajo y contratenor respectivamente, en dos roles que en escena funcionan mejor que en disco.

Orquesta y coro responden con destreza a la batuta del compositor, aunque la toma de sonido no tiene demasiada profundidad y no filtra el, a veces, abundante movimiento escénico. El set es de modesta factura (caja plástica doble con texto corcheteado al interior), y el ensayo de Tom Service presta un servicio ajustado al espacio, sin ahondar demasiado en nada más que la ópera (el programa de mano del estreno contenía interesantes reflexiones desde la crítica literaria y la historia de la representación). Si uno inserta el primer disco al computador puede acceder a un sector “secreto” del sitio web de la EMI, pero la verdad... es un bonus más bien insípido.

Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Santiago de Chile, octubre de 2009

Segunda foto: Simon Keenlyside (Prospero) en una escena del estreno mundial de The Tempest, Royal Opera House, Covent Garden, Londres, 2004 / Fotografía de Clive Barda
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Publicado el 06/10/2009
     
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