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[CD] “Faramondo” de Handel : Mozo... hay un contratenor en mi sopa
En el año Handel, Diego Fasolis firma una redonda grabación de esta olvidada ópera, junto a un reparto encabezado por los contratenores Max Emanuel Cencic y Philippe Jaroussky. Por Cristóbal Astorga Sepúlveda
 

Diego Fasolis

FARAMONDO, ópera de George Frideric Handel. Dirección musical: Diego Fasolis. Reparto: Max Emanuel Cencic (Faramondo), Sophie Karthäuser (Clotilde), Marina de Liso (Rosimonda), Sim In-Sung (Gustavo), Philippe Jaroussky (Adolfo), Xavier Sabata (Gernando), Fulvio Bettini (Teobaldo), Terry Wey (Childerico). Coro de la Radio Suiza de Lugano. Conjunto I Barocchisti. Estudio, octubre de 2008. 3 discos (166 minutos) + libretto bilingüe (88 páginas). Virgin 2009 (50999 2 16611 2 9).

El domingo 8 de marzo de este año, poco antes de cumplirse los 250 años de la muerte de George Frideric Handel, se presentó en Lausanne una función en concierto de una de sus últimas óperas, Faramondo. Casi al mismo tiempo, se lanzó al mercado la grabación comercial con un elenco prácticamente idéntico al del concierto. Solo uno de los cantantes difería, Maria Teresa Nesci en vez de Terry Wey en el pequeño rol de Childerico. Sin embargo, esa pequeña diferencia se traduce en una mayor, a saber que la grabación se ha convertido en la primera en entregar por completo a contratenores la totalidad de los roles masculinos con rango vocal de soprano y contralto. Lo anterior es doblemente único, pues Handel escribió tan solo el rol titular de Faramondo para un castrato, el famoso Caffarelli, siendo los demás roles de hombres interpretados en el estreno por mujeres travestidas.

Faramondo se ubica al final de la carrera operística de Handel, restando después de ella solo otros tres títulos. Fue estrenada en el King’s Theatre de Londres en 1738 y hasta hoy solo contábamos con una grabación comercial, de escasa difusión. La ópera nos muestra en tres actos el enfrentamiento del rey franco Faramondo con el rey cimbrio Gustavo. Su hija Rosimonda es amada por Faramondo, y la hermana de este, Clotilde, es amada por el príncipe cimbrio Adolfo. El rey suabo Gernando también desea a Rosimonda y rápidamente nos damos cuenta quién es el malo y quiénes los buenos. A ratos las cosas se complican más de lo que uno está acostumbrado en una ópera barroca y, después de varias emboscadas, traiciones y revelaciones dignas de Il trovatore, Rosimonda acepta a Faramondo y todo concluye con una celebración. El libreto original pertenece a Apostolo Zeno, humanista veneciano que, de alguna forma que hoy no resulta obvia, modernizó los libretos de ópera. El texto de Zeno fue acortado para Handel y como resultado tenemos recitativos escuetos y confusos que poco contribuyen a ordenar la acción (de hecho, buena parte de la información más impactante la recibimos entre corchetes a modo de enmiendas). Es obvio así que la concentración se desplace a los números musicales.

De los veinticuatro números solistas, seis están destinados al rol titular. Max Emanuel Cencic (de quien aquí se ha comentado su disco dedicado a Rossini) sirve con energía el rol del rey franco. Cencic posee una voz grave de contratenor que le permite pintar con cuidado dramatismo los momentos más arrojados del personaje. A veces, cuando desciende mucho en el registro, la voz suena un tanto entubada, como en ciertos pasajes de “Voglio che sia l’indegno”; con todo, tiene una hermosa zona media, donde el timbre de mezzo muestra su rostro más cálido. El manejo de la ornamentación es de una elegancia y pericia simplemente impecables, y cuando se lo oye menos frenético, como en la amorosa cavatina del acto primero “Sì, tornerò a morir”, el resultado no es menos atractivo. Philippe Jaroussky, como el etéreo príncipe Adolfo, resulta un contraste perfecto. El instrumento cristalino del sopranista francés resulta un medio idóneo para transmitir la honestidad de los sentimientos del personaje. En “Se a’ piedi tuoi morrò”, donde Adolfo es arrestado por su propio padre, Jaroussky ilustra ejemplarmente el pathos del personaje, que termina irguiéndose como un símbolo del sacrificio irrestricto ante la arbitrariedad del poder.

La sorpresa del set viene dada por el contratenor catalán Xavier Sabata. Como el inescrupuloso Gernando, Sabata brinda en “Voglio che mora, sì” una pequeña joya del género “aria de venganza”, repitiendo diecinueve veces la frase inicial del aria, y haciéndolo de las formas más increíbles posibles (incluidas algunas dignas del más descarnado verismo). La voz de Sabata es la de un contralto, con graves muy bien proyectados y un seguro manejo de la ornamentación. Incluso en un aria contemplativa como la del acto final “Così suole a rio vicina”, Sabata desliza con inteligencia el autocomplaciente deseo de dominar a los demás que hace de Gernando un personaje perturbador.

Clotilde, la hermana del protagonista, es asumida por Sophie Karthäuser, soprano de voz transparente y delicada, lo que en todo caso no ayuda mucho a delinear un personaje más bien soso. Es una intérprete fiel, muy correcta en su dúo con Adolfo, y bastante elocuente en su aria del acto segundo “Combatutta da due venti”. En ella, utilizando el símil de la mente humana con un barco que lucha por llegar a puerto, se puede comparar el arte de Handel con el de Vivaldi, que sobre un texto también de Zeno compuso en su Griselda un aria similar, la famosa “Agitata da due venti”.

La mezzo Marina de Liso como Rosimonda es todo lo que uno quiere oír. Colorea con chispa el turbulento personaje, logrando a ratos intimidar hasta al propio auditor. Desde su inicial “Vanne, che più ti miro”, donde afirma que mientras más observa a Faramondo, más aumenta su dolor, de Liso despliega un carácter amazónico que se transformará en un verdadero reto para el protagonista en el resto de la ópera. Completan el reparto el inconmovible rey Gustavo del bajo surcoreano Sim In-Sung, un correcto Teobaldo de Fulvio Bettini y un pánfilo Childerico del contratenor suizo Terry Wey, de 23 años al momento de la grabación.

Diego Fasolis dirige con dedicación una bella partitura, que si bien no resulta tan recompensante como otras de Handel, le permite lucir a su conjunto I Barocchisti, en particular al inicio de cada acto en sendas sinfonías. Hay, por lo demás, más energía y expansión que en la versión de concierto.

El resultado completo es admirable. ¿Más handelianos que Handel? La verdad... uno está tentado de responder afirmativamente. Ello no quiere decir que la interpretación esté desautorizada por una desviación del principio que buscaba plasmar, a saber la fidelidad y respeto al original, que, como sabemos, solo empleaba un castrato. Uno puede, sin ingenuidad, preguntar cómo habría representado la obra el propio Handel de haber contado con todos los medios a su alcance. Las tarifas de los castrati eran altas y muchas veces las elecciones de cantantes se supeditaban a criterios extramusicales, como si tal y cual era amante del impresario. Conocemos estas historias y no nos parecen ridículas porque, después de todo, el mundo en estos aspectos no ha cambiado tanto desde el siglo XVIII. El respeto por una obra no debiera traducirse en una duplicación de la misma y si bien podemos imaginar voces femeninas que harían un magnífico trabajo en los roles aquí asumidos por contratenores, lo cierto es que estos últimos hacen justicia a la ópera de Handel con medios que solo merecen elogio.

Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Santiago de Chile, junio de 2009

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Publicado el 16/06/2009
     
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