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[CD] “La straniera” de Vincenzo Bellini: Amor ajeno
La cuarta ópera de Bellini, no tan transitada en los teatros, llega al disco en una versión de referencia dirigida por David Parry y protagonizada por la italiana Patrizia Ciofi y el argentino Darío Schmunck. Por Cristóbal Astorga Sepúlveda
 

Amor ajeno
Opera Rara 2008 (ORC38)

Patricia Ciofi

LA STRANIERA, ópera en dos actos de Vincenzo Bellini. Dirección musical: David Parry. Reparto: Patrizia Ciofi (Alaide), Enkelejda Shkosa (Isoletta), Darío Schmunck (Arturo), Mark Stone (el barón de Valdeburgo), Grame Broadbent (el prior de los Caballeros Hospitalarios), Roland Wood (el señor de Montolino), Aled Hall (Osburgo). Coro Geoffrey Mitchell y Orquesta Filarmónica de Londres. Estudio, octubre y noviembre de 2007. 2 discos (141 minutos) + libretto bilingüe (176 páginas).

La carrera musical de Vincenzo Bellini, a diferencia de la de otros compositores de la primera mitad del siglo XIX, se caracterizó por un ritmo pausado de composición. Al igual que más tarde ocurriera con Van Gogh, su entera producción surge en un período más bien corto de diez años; pero a diferencia de él, el número de obras es mucho más reducido. Su talento fue reconocido tempranamente y ya a partir de su tercera ópera Bellini pudo administrar con calma su futuro. La straniera fue su cuarto proyecto como compositor y tercero junto a Felice Romani, el libretista que lo acompañaría en todas excepto una de sus siguientes seis óperas. La recepción de la obra en 1829 fue ambivalente, resaltándose el conocido talento melódico de Bellini, pero con cierto escepticismo de lo que podría considerarse el carácter vanguardista de la obra. Esto suena a exageración hoy y por lo mismo es una gran alegría que contemos ahora con una grabación para comprobar con oídos propios el valor de la pieza.

El argumento en dos actos se basa en la novela L’etrangère del vizconde d’Arlincourt, un producto de su época plagado de imaginería romántica. Narra el exilio en Bretaña de Agnese, amada del rey francés, junto a su hermano Leopoldo; ella, ahora bajo el nombre de Alaide y él, barón de Valdeburgo. Sus paseos la hicieron conocida a los habitantes de la región, quienes la bautizaron como “la extranjera”. El misterio sedujo a Arturo, prometido de Isoletta, que termina cayendo presa del amor. Por cierto, un amor romántico, abrasivo y hasta caprichoso que le lleva a dudar de las intenciones del barón. Los celos derivan en duelo y el barón cae a un lago, mientras Arturo intenta rescatarlo cuando conoce la verdad. La extranjera es juzgada por la muerte de los dos hombres, los que ciertamente no están muertos. De alguna forma todo se arregla, Arturo vuelve a Isoletta y el mismo día de la boda, declara su amor por la extranjera, a la vez que desde Francia llegan noticias de la muerte de la reina. La extranjera puede volver a su antiguo amor, mientras Arturo se arroja sobre su propia espada.

Lo primero que llama la atención de la ópera es el balance entre números solistas y conjuntos, incluidos trío y cuarteto. No es común, tampoco, que un rol principal de tenor carezca de un aria, como es el caso aquí de Arturo. Pero incluso los números solistas existentes, de los cuales la protagonista femenina ostenta tres, resultan poco convencionales. De todos los personajes, solo Isoletta se expresa mediante una fórmula más bien tradicional, mientras que conocemos a Arturo principalmente a través de dos de los tres dúos. Alaide, por su parte, nos llega a través de una romanza que interrumpida deriva en dúo, y por dos extraordinarias escenas que cierran sendos actos. Pero ni siquiera el final mismo de la ópera, construido sobre la fórmula usual aria-cabaletta, logra transmitir una atmósfera familiar. La extranjera, tanto el personaje como la ópera misma, se nos muestra misteriosa y, a la vez, atractiva.

Todo lo anterior hace parecer a La straniera una ópera poco amigable, pero lo cierto es que ejerce un extraño encanto. A pesar de narrar, como todo el melodrama de la época, sucesos abstrusos, muestra casi con ingenuidad el desborde de las pasiones y el camino angustioso al que conducen a sus portadores. Hay momentos de una belleza mórbida, como el dúo entre Valdeburgo e Isoletta, “Giovin rosa” (con la conmovedora y escalofriante frase del primero “L’aurora della vita è l’aurora del dolor”, que sienta el humor para toda la obra), y otros que transmiten la presencia ominosa de la naturaleza, como el final del primer acto que incluye una escena de desvarío para Alaide, “Un grido io sento”. Si bien la profusión de melodías no impide que se olviden con rapidez, la sensación final es la de una continuidad fluida de escenas, lo que no deja de sorprender si se tiene en cuenta cómo Bellini en I Capuleti e i Montecchi, una ópera posterior en tan solo un año, favorece un discurso más episódico.

Contábamos en disco con algunas tomas en vivo de la obra, incluida una grabación oficial hoy descatalogada con Lucia Aliberti. Opera Rara reunió un elenco de primer nivel, lo que unido a sus usuales estándares de lujo en empaque y erudición en notas (en esta ocasión el ensayo corre de cargo de Benjamin Walton), hacen que esta grabación sea difícilmente mejorable. Patrizia Ciofi es una de las más destacadas artistas actuales en su cuerda y es el vehículo indicado para transmitir la fragilidad y tragedia del personaje. Si bien la portada del disco muestra La donna velata de Rafael, una imagen de cierto exotismo rollizo, la voz de Ciofi transmite fantasmagoría y ayuda a explicar el embrujo que ejerce sobre Arturo. Esto resulta mesmérico en su romanza de entrada, un muy controlado contraste para el rendimiento dramático del aria final. Darío Schmunck es un tenor de voz dulce. En ausencia de algún número individual el riesgo es siempre la sobreexposición en los conjuntos, lo cual Schmunck evita. El resultado es un Arturo sobrio, lo que no le impide mostrar la inestabilidad emocional del personaje.

El rol de Valdeburgo rivaliza en protagonismo con el tenor y Mark Stone lo sirve con solvencia. Se trata de un barítono de timbre claro y luminoso, el que le permite lucir toda la nobleza del personaje. Su aria del segundo acto, “Meco tu vieni, o misera”, se ofrece con elegancia, sin excesos en la ornamentación. Su italiano de marcado acento inglés contribuye a resaltar el carácter foráneo del barón, pero es una característica poco profesional que bien podría erradicar con no demasiado esfuerzo. Enkelejda Shkosa es un lujo en Isoletta. Su aria en el acto segundo, con un obbligato de flauta en manos de Susan Thomas, llega casi como un regalo inesperado para un rol ingrato y sonso. Correctísimo el resto del reparto, en particular el odioso Osburgo de Aled Hall. Coro y orquesta hacen justicia a una obra que no les niega protagonismo y David Parry dirige con su usual energía, lo cual está perfectamente captado en una grabación nítida y balanceada. Una adición necesaria a la discografía belliniana y un placer para el fanático belcantista.

Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Santiago de Chile, noviembre de 2008
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Publicado el 23/11/2008
     
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