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[DVD] “Salome” de Richard Strauss: Stratas, baila para mí
La versión filmada por el director de escena Götz Friedrich sigue manteniendo el clima teatral del drama musical de Strauss, destándose la actuación de Teresa Stratas en el protagónico. Por Cristóbal Astorga Sepúlveda
 

Stratas, baila para mí
DVD Deutsche Grammophon 2007 (00440 073 4339)

Teresa Stratas (Salomé) y Bernd Weikl (Jokanaan), Salome, 1974 

SALOME de Richard Strauss. Dirección musical: Karl Böhm. Reparto: Teresa Stratas (Salomé), Astrid Varnay (Herodías), Hans Beirer (Herodes), Bernd Weikl (Jokanaan), Wieslaw Ochman (Narraboth), Hanna Schwarz (El paje de Herodías), Friedrich Lenz (Primer judío), Ewald Aichberger (Segundo judío), Kurt Equiluz (Tercer judío), Karl Terkal (Cuarto judío), Alois Pernerstorfer (Quinto judío), Heinz Klaus Ecker (Primer nazareno), Norbert Heidgen (Segundo nazareno), Reinhold Möser (Primer soldado), Wolfgang Probst (Segundo soldado), Nikolaus Hillebrand (Un capadocio). Orquesta Filarmónica de Viena. Director de escena: Götz Friedrich.  Decorados: Gerd Staub. Vestuario: Jan Skalicky. Coreografía: Robert Cohan. Sonido grabado en Viena, Sofiensaal, marzo de 1974. Película filmada en Viena, Atelier Wien-Film, julio y agosto de 1974. Sonido PCM Stereo y DTS 5.1; subtítulos en alemán, castellano, chino, francés e inglés. 101 minutos.

El contacto del cine con la ópera ha funcionado en distintos niveles. Desde la inclusión de secuencias cinematográficas en algunas óperas (Lulú), hasta la completa absorción de una ópera en el cine (Carmen Jones), la ópera llevada al cine es el intento por preservar, en el mejor de los equilibrios posibles, los lenguajes de ambos géneros. Ese intento ha cuajado en resultados de lo más variados: desde el acercamiento de genuinos directores de cine como Joseph Losey (Don Giovanni, 1979), hasta la incursión de directores de ópera en la pantalla grande, cuyo ejemplar más notable fue Jean-Pierre Ponnelle. El caso de Götz Friedrich corresponde a este último tipo.

Götz Friedrich filmó Salome para la televisión utilizando la técnica que, hasta hace poco, era la única pensable para producir una ópera-película: el doblaje; según palabras del propio Friedrich, “la forma más satisfactoria de hacer ópera”. Esto permite grabar la “banda sonora” previamente, sobre la cual los cantantes-actores (a veces, únicamente actores como en las óperas-películas de Petr Weigl) intentan hacer coincidir sus labios. Por motivos más que obvios, el resultado dista de ser satisfactorio. No solo porque raras veces la coincidencia es afortunada, sino también porque resulta curioso escuchar frases de resonancia abismal “emitidas” por un rostro relajado y sereno. Cantar genera muchas veces caras menos que amables, y es extremadamente perturbador ver disociado el esfuerzo físico del resultado obtenido. Ello ha llevado a directores como Phyllida Lloyd a filmar los rostros tal y como quedan una vez que la voz se emite, y por ello su Gloriana (2000) representa un bello equilibrio entre los lenguajes y las convenciones de ambos géneros.

Astrid Varnay (Herodías) y Hans Beirer (Herodes), Salome, 1974

Friedrich es ante todo un director de escena, y se nota. Su película semeja más bien la filmación de una función sin público (un recurso, por lo demás, empleado en los videos de las producciones de Bayreuth y Glyndebourne). De ahí que un sinnúmero de escenarios ocultos para el espectador del teatro de ópera, y que podrían ser accesibles gracias al formato del cine, sigan permaneciendo fuera del campo de visión. Uno piensa en tomas interiores de la cisterna donde se encuentra Jokanaan, o en imágenes vivas de las ricas comparaciones que realiza Salomé del cuerpo, cabello y labios del profeta. Solo se nos permite un breve atisbo al interior del palacio de Herodes al comienzo de la ópera…y no es suficiente. Friedrich filma con pereza y morosidad un escenario que a poco de comenzar, ya conocemos completo. Hay una dilación exagerada en algunas tomas, como aquellas en que Salomé intenta tocar al profeta. Hay, también, mucho de época: unos nazarenos medios hippies, unos músicos en la danza de los siete velos que parecen improvisar jazz.

El mérito de la película reside principalmente en una Teresa Stratas de 36 años que sencillamente se la roba. La soprano estadounidense de ascendencia griega parte como una inocente muchacha cuyo cabello permanece oculto bajo una especie de sombrero cloche; bajo ese aspecto más bien inofensivo, comienza a desear y repudiar a un Jokanaan que se mueve con gestos que no tienen nada que envidiar a cualquiera indicación escénica de Bob Wilson. Stratas es extraordinariamente sutil en su caracterización, atenta a cada detalle de su cuerpo y rostro. Al margen que las imágenes sean bastante recatadas (la danza concluye con una cámara enfocando los pies de Salomé mientras cae el último velo), su Salomé está deliberadamente menos sexualizada, de tal forma que su encuentro final con la cabeza del Bautista se asemeja más al monólogo de una mujer moribunda que al éxtasis erótico de una jovencita. Stratas no posee la voz regularmente asociada a las intérpretes del rol, al menos en la época en que está grabado, pero se ve favorecida por una dirección orquestal controlada. De hecho, no hay mejor compañía para su voz que la batuta del siempre cuidadoso Karl Böhm, al frente de una Filarmónica de Viena cuyas maderas y percusión se escuchan con nitidez camerística.

Teresa Stratas en el centro, en la escena de la danza de los velos de Salome, 1974

Bernd Weikl es un Jokanaan en la línea de Dietrich Fischer-Dieskau y Eberhard Wächter. Elude cualquier contacto físico con Salomé y si bien la voz es dignísima, no hay demasiado qué hacer con un vestuario que recuerda a Pablo Marmol. Astrid Varnay, todavía gloriosa vocalmente (hay que oírla cantando “Er soll schweigen!” con todas sus notas), es una Herodías subexplotada; más cercana al payaso que a la mujer odiosa, termina siendo un monstruo al lado de Hans Beirer, uno de los Herodes más superficiales que pueda recordar. No hay nada de neurosis ni de inseguridad en su interpretación; incluso en un pasaje que pide a gritos una voz repulsiva (las frases denigratorias encabezadas por “Sie ist ein Ungeheuer”), Beirer opta por un canto baritonal y llano. Wieslaw Ochman es un Narraboth preciso, y Hanna Schwarz gana presencia como el paje más sexy de una producción que, cada vez que desaparece Stratas, se atasca en lo convencional.

Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Junio de 2008, Santiago de Chile
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Publicado el 29/06/2008
     
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