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[CD] “Rossini: Arias de ópera y oberturas” por Max Emanuel Cencic: Travestis con cojones
El ascendente contratenor croata ofrece un nuevo punto de vista a personajes de las óperas del genio de Pésaro. Por Cristóbal Astorga Sepúlveda.
 

Travestis con cojones
Virgin Classics (0094638578826, 2007)

Max Emanuel Cencic

Rossini: Arias de ópera y oberturas. Max Emanuel Cencic, contratenor. Conjunto vocal Le Motet de Ginebra; Orquesta de Cámara de Ginebra. Michael Hofstetter, director. 73.14 min. Estudio, 2006.

El interés por la tradición musical barroca ha traído consigo diversas consecuencias, como una preocupación por las condiciones de ejecución originales y la reelaboración del canon de obras “clásicas” (en un sentido no estilístico). Quizá la primera cuestión sea la más difundida, y la que ha planteado los mayores problemas: ¿Cómo traer al presente una práctica pasada? ¿Cómo reproducir las exigencias originales con los medios actuales? Y por cierto, ¿cómo hacer todo eso sin parecer un aficionado a las antigüedades?

En ópera, uno de los problemas ha sido qué hacer con los roles escritos originalmente para castrati, es decir niños sometidos a la ablación de sus genitales en virtud de la calidad de su voz blanca. La mayor parte de esos cantantes gozaron de una fama envidiable, cuyo retrato más vívido lo encontramos en el film de Gérard Corbiau, Farinelli. Las diversas soluciones dadas a ese problema han pasado por entregar el rol a barítonos, tenores, la cuerda femenina más equivalente, o, en fin, a contratenores (esto es, hombres que cantan en falsete). Esta última opción, sin embargo, no se ha aplicado con demasiada frecuencia a los roles travesti posteriores a la desaparición de los castrati. Por supuesto, en algunos casos hará más sentido que en otros: un Orlofsky cantado por un contratenor parece más razonable que un Octavian cantado por el mismo intérprete, por más que el apellido del compositor sea el mismo. Hay también casos más complejos, como el de Baba la Turca en The Rake’s Progress de Stravinsky, donde la elección de un contratenor puede contribuir a resaltar la heterodoxa relación de ella con el protagonista, aunque sacrificando en parte la ternura del personaje. Pero el caso más obvio, el rol travesti heroico decimonónico, ha mantenido una relación monogámica con la cuerda grave femenina. Por ello, el disco del contratenor Max Emanuel Cencic (Zagreb, Croacia, 1976) posee un enorme atractivo.

Rossini escribió tan solo un rol para castrato, Arsace en Aureliano in Palmira. El chisme surgido de esa ocasión fue que Rossini habría montado en cólera por la ornamentación agregada por Giovanni Battista Velluti, uno de los últimos castrati en hacer carrera y el destinatario del papel. El rumor es descartable, y el mismo Rossini se refirió con bellas palabras a estos particulares solistas: “La pureza, la milagrosa flexibilidad de esas voces, y sobre todo su acento profundamente penetrante.” Cencic aborda con dulzura el aria del acto segundo de Arsace, “Perchè mai le luci aprimmo”, respondiendo con inteligencia a la ornamentación de la segunda estrofa. Se trata de un pasaje particularmente amoroso, que con inteligencia ha sido enlazado con el aria de entrada del protagonista de Tancredi.

“Di tanti palpiti”, y su elocuente recitativo precedente, posee todas las características del arte vocal de Rossini. Va desde la evocación patriótica al anhelo por el bien amado en pocas frases, coloreando el humor del personaje mediante graves seleccionados con claridad y definición. Cencic es cuidadoso en el uso de la voz de pecho, y el resultado, si bien no llega a las profundidades de una Ewa Podles, es siempre satisfactorio.

Los 49 minutos que el disco destina a Cencic se completan con la totalidad de los números entregados a los roles travestis de La donna del lago y Semiramide. Malcolm Graeme posee un aria de entrada convencional, “Mura felici”, y Cencic se las arregla para elaborar algo el personaje, por más que nuestra atención se dirija inevitablemente a la coloratura de la cabaletta, no tan acabada como es la regla, pero sensible a la práctica de variar la segunda stanza. El aria del acto segundo, “Ah! si pera”, se ofrece sin cabaletta, lo que permite a Cencic concentrarse en el aspecto doliente del personaje, con un resultado muy emotivo.

Arsace en Semiramide ha sido el vehículo para voces como las de Marilyn Horne y Vivica Genaux, ambas detentadoras de una zona media tan rica como escasa. Cencic lidia con el rol adaptándolo a sus medios. El aria de entrada de Arsace, muy similar a la de Malcolm, es perfecta en todos sus aspectos. Asombra la arriesgada elección de la escena del acto segundo, “In sì barbara sciagura”, un aria con cabaletta acompañada de coro y mediada por un recitativo particularmente florido; su interpretación posee el mérito no solo de hacer frente a la endemoniada coloratura, sino también de trabajar los aspectos psicológicos del acartonado personaje (cómparese la reacción de Cencic ante la sugerencia que debe matar a su madre, con la forma en que Jennifer Larmore pasa por encima del pasaje en la integral de Deutsche Grammophon).

Los 24 minutos restantes son entregados a la orquesta, que ofrece las oberturas de Tancredi, Aureliano in Palmira y Semiramide. Todas son ejecutadas con una extraña belicosidad, muy contrastante con el modo habitual de enfrentar la orquestación rossiniana. Aureliano tiene la misma obertura que El barbero de Sevilla, pero se han resaltado aquí las turbulencias y la marcialidad. Lo mismo ocurre en el caso de Semiramide, cuyo reconocido carácter ecuestre es explotado con unos bronces de ascendencia bárbara e interesantes manejos de la dinámica por parte de Hofstetter.

El disco tiene una presentación amigable, y no descuida el marketing en una portada que podría pasar por un disco de Miguel Bosé. ¿Si Anna Netrebko puede, por qué Cencic no? Uno esperaría alguna información biográfica del cantante, pero las notas –con amplias reflexiones del solista– solo se concentran en el programa. Ellas cierran preguntando si acaso no estaremos ante una nueva revolución de Rossini. La puerta está abierta, y más que esperar un cambio en los cantantes que enfrentan los roles del cisne de Pésaro, uno más bien termina preguntándose por los efectos que puede tener ese cambio sobre nuestra concepción del particular arte de Rossini.

Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Enero de 2008, Santiago de Chile
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Publicado originalmente el 27 de enero de 2008

 
Publicado el 02/02/2008
     
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