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[DVD] “Lohengrin” en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona 2006: Responsabilidad y pesimismo
La ópera romántica de Richard Wagner, con dirección musical de Sebastian Weigle, adquiere una nueva significación en la controvertida puesta en escena de Peter Konwitschny. Por Cristóbal Astorga Sepúlveda
 

Responsabilidad y pesimismo
2 DVD EuroArts 2007 (2056008)

Reinhard Hagen (Rey Heinrich) y Emily Magee (Elsa von Brabant),
primer acto de Lohengrin, Gran Teatre del Liceu, Barcelona, 2006


LOHENGRIN de Richard Wagner. Dirección musical: Sebastian Weigle. Dirección de escena: Peter Konwitschny. Escenografía y vestuario: Helmut Brade.  Iluminación: Manfred Voss Reparto: Reinhard Hagen (Rey Heinrich), John Treleaven (Lohengrin), Emily Magee (Elsa von Brabant), Hans-Joachim Ketelsen (Friedrich von Telramund), Luana DeVol (Ortrud), Robert Bork (Heraldo real). Orquesta Sinfónica y Coro del Gran Teatre del Liceu, Director de coro: José Luis Basso. Barcelona, 24 y 27 de julio de 2006. Sonido LPCM Stereo, DD 5.0 y DTS 5.0; subtítulos en alemán, castellano, catalán, francés e inglés. Duración: 223 minutos.

Lohengrin es una de las más accesibles óperas de Wagner al público. Parte de ello se debe a que el rol titular puede ser asumido por un tenor, digámoslo así, extranjero; Lohengrin no requiere la fuerza de un Tristán ni la heroicidad de Siegfried, y por lo mismo ha sido un vehículo idóneo para voces más líricas o italianas. Ese atractivo de la ópera es, en esta producción, su mayor debilidad. Pero contamos con un registro de este Lohengrin justamente porque no es dicho personaje el verdadero protagonista, sino el director de escena.

Peter Konwitschny es uno de los directores de escena más controvertidos de Europa. En el caso de Lohengrin –una puesta que le valió el premio de Regisseur del Año 1999 por la revista Opernwelt– la polémica consistió en haber situado la acción en una escuela primaria, haber vestido a los hombres con pantaloncillos, haber hecho de Ortrud una niña malcriada y de Friedrich un pequeño matón (o, como decíamos en el colegio, un “guatón pegón”), en suma, haber transformado cualquier convención que el público tuviera acerca de una ópera que creían conocer. Para ello utilizó un escenario único –una sala de clases– que desaparece después que Lohengrin da muerte a Friedrich. Lohengrin llega así a un mundo habitado por niños en el cual impera el desorden y la travesura, sugiriendo más bien una ausencia de responsabilidad, como si el pueblo brabantino no se preocupara por las consecuencias de sus actos. Lohengrin resulta ser el único adulto, y por lo mismo aquel capaz de operar alguna transformación en este grupo disperso. De ahí que los gritos de alegría (Heil!) suenen, como nunca, llenos de espontáneo entusiasmo y esperanza, conmovedores y sin ninguna oscura referencia al pasado reciente de Alemania.

Hans-Joachim Ketelsen (Friedrich von Telramund), Luana DeVol (Ortrud) y Emily Magee (Elsa von Brabant), segundo acto de Lohengrin, Gran Teatre del Liceu, Barcelona, 2006

Es un mérito de la puesta de Konwitschny el haber hecho dinámica una obra regularmente estática, pero también lo es el haber mostrado el carácter casi irremediablemente inmaduro de los personajes, que como niños no son capaces de tomarse en serio a su protector. El final de la obra suele ser descrito como uno pesimista, por la razón que son los propios hombres y mujeres los que traicionan a Lohengrin; el punto de Konwitschny es todavía más drástico: cuando Lohengrin desaparece y permite que Gottfried mute de cisne a humano, lo que vemos emerger es un niño con un casco y un rifle (“un uniforme nazi” describió la prensa). Fuera de parecer un lugar común, la sugerencia parece ser que a los niños no solo se los trata como niños, sino que el peor castigo (¿o beneficio?) es que su nuevo líder sea justamente uno de ellos, y no un adulto. En un gesto que recuerda la visión del cuerpo inerte de Titurel en Parsifal, el coro profiere un grito manifestando repudio, mientras Ortrud lo mira obsesivamente.

Quizá el punto más débil de la puesta de Konwitschny sea el no lograr transmitir el tipo de relación que surge entre Lohengrin y Elsa; de hecho, la conducta de él en el Acto Tercero es bastante perturbadora (¿no es acaso un episodio de pedofilia?). Uno puede entender que Lohengrin en cuanto adulto eduque a los niños en un sinnúmero de actividades propias de su mundo, como la ceremonia que cierra el Acto Segundo. De alguna forma Lohengrin socializa a Elsa, pero ello no echa demasiadas luces sobre lo que él pide a cambio, que es todo el dilema de Elsa en el momento clave de la pieza, aquí lamentablemente todavía menos claro.

 Emily Magee (Elsa von Brabant) y Luana DeVol (Ortrud), segundo acto de Lohengrin, Gran Teatre del Liceu, Barcelona, 2006

Vocalmente hay bastante paridad entre los cantantes, excepto en el caso de John Treleaven, poseedor de un timbre no demasiado agradable y medios dramáticos limitados. Pocos Lohengrin transmiten con la voz un titubeo y falta de carisma como lo hace el de Treleaven. La mayor evidencia de ello es un deslucido Acto Tercero –primero en su dúo con Elsa, luego en la narración del Grial– en el cual se desvanece la escasa autoridad que había construido en los dos precedentes actos. El contraste con el resto del reparto es enorme. Emily Magee es una Elsa que va lentamente ganando confianza, desde su tímida presentación (saliendo de un clóset) hasta su temeridad al hacer la fatal pregunta. Si bien la puesta de Konwitschny la presenta como una santurrona, Magee es capaz de aprovechar los momentos de tensión dramática, como su respuesta a Ortrud antes de ingresar a la catedral. No es menor ese logro dado que a quien se opone es la poderosa Ortrud de Luana DeVol; ella pertenece a ese grupo selecto de sopranos que han tomado el rol –junto a Astrid Varnay, por cierto, pero también Gwyneth Jones–, y su cuerda le permite explorar regiones más amables del personaje, aunque sea como estrategia para engañar a Elsa. De ahí que el dúo de ambas en el Acto Segundo sea un momento particularmente bien logrado de todo el conjunto.

El Friedrich de Hans-Joachim Ketelsen es todo lo bueno que uno podría esperar, aunque a veces también se desearía mayor énfasis en ciertas expresiones despectivas que el personaje profiere reiteradamente. Reinhard Hagen es un rey Heinrich de bella voz, pero escasa autoridad, lo cual afortunadamente se condice con el caos que Konwitschny sugiere para su reino-sala de clases. El Heraldo de Robert Bork cumple con creces su rol coordinador, y uno esperaría verlo en algún rol más demandante.

Emily Magee (Elsa von Brabant), Luana DeVol (Ortrud), Reinhard Hagen (Rey Heinrich) y John Treleaven (Lohengrin), segundo acto de Lohengrin, Gran Teatre del Liceu, Barcelona, 2006

La dirección de Sebastian Weigle es correcta, sin ser en ningún momento particularmente impresionante. Rinde un preludio claro y logra buenos efectos en los dos interludios de los dos últimos actos, en particular el del tercero, ejecutado con el Liceu iluminado y distribuidos los trompetistas entre la audiencia, lo cual en vivo ciertamente debe haber ayudado a dar la sensación espacial que la música quiere transmitir. En suma, un espectáculo ideal para el devedé, al margen que no sea la mejor introducción a la pieza. Es un buen contraste para puestas más convencionales, como la de Götz Friedrich, y también un buen compañero para otras más modernas, como la de Nikolaus Lehnhoff, todas ellas disponibles en devedé.

Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Diciembre de 2007, Santiago de Chile

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Artículo publicado originalmente el 30 de diciembre de 2007

 
Publicado el 10/01/2008
     
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