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Maria Callas : La personificación de lo sublime
El 16 de septiembre de 2017 se cumplieron cuatro décadas de la muerte de esta artista que revolucionó al canto lírico. Aquí una caracterización posible de su arte inconmensurable. Por Javier Villa
 

Probablemente el canto lírico sea una de las disciplinas más complejas dentro de las artes escénicas. Aun cuando prevalece cierta supremacía de las aptitudes vocales por sobre otras cuestiones, desde hace largo tiempo se considera al cantante lírico como un artista que debe tener un amplio dominio del escenario. En este sentido, Maria Callas fue una de las principales referentes en considerar al arte lírico como un hecho integral y no sólo como una mera instancia de lucimiento vocal. Tal es así que en su caso particular es difícil precisar qué rasgo toma más relevancia: si es su voz singular, su calidad de eximia actriz, su excepcional musicalidad o bien su presencia escénica.

1. Maria

Hija de inmigrantes griegos radicados en Estados Unidos, Maria nació en la ciudad de Nueva York en diciembre de 1923. El ambiente familiar en el que creció era un tanto hostil, debido al particular carácter de su madre y a la evidente preferencia que ésta manifestaba por Jackie, la hermana mayor de Maria. La separación de sus padres provocó el regreso a Atenas en 1937. Aquella niña de trece años, reservada y tímida, encontraría en la música un ámbito de expresión, un refugio necesario para preservarse de la conflictiva relación materna.

Si bien Maria había iniciado sus estudios de canto con María Trivella, puede decirse que su verdadera maestra fue la soprano española Elvira de Hidalgo, que había sido una destacada intérprete de roles de coloratura; con ella Callas realizaría su formación en el Conservatorio de Atenas. A partir de ese encuentro, Maria descubrió los principios del bel canto: emisión ligada, estabilidad en el sonido, nitidez de las agilidades y principalmente la expresividad en el virtuosismo vocal. De aquella época como estudiante se revelaría una de sus principales características como artista: la rigurosidad y la capacidad de trabajo incesante. La propia Elvira de Hidalgo relataría en una entrevista de la década del ’60 que Maria Callas era el prototipo de la alumna perfecta, debido a su disciplina férrea y a su interés por absorber las enseñanzas que se le impartían. La maestra española destacaba que Maria entraba en el primer horario y se iba recién al finalizar la jornada del día, escuchaba a todos los alumnos y tenía cierta obsesión por alcanzar los agudos. Del mismo modo ya se avizoraba por entonces una notoria tendencia por la expresividad que luego profundizaría hasta alcanzar un nivel interpretativo que no tiene parangón con ningún otro artista lírico del siglo XX.

Maria Callas, junto a Tito Gobbi, en Tosca, Covent Garden de Londres, 1965

Es interesante destacar que el canto sería un espacio importantísimo, no sólo para desarrollarse musicalmente sino también para desplegar la construcción de su subjetividad. En este aspecto la figura de Elvira de Hidalgo tomaría una notoria importancia, ya que además de ser su maestra de canto sería un importante referente afectivo.

Es así que la muchacha griega se abocaría con decisión y perseverancia al estudio y perfeccionamiento vocal. Su repertorio de la década del ’40 —previo al éxito internacional— estaba orientado a personajes como Tosca, Turandot, Madama Butterfly, Santuzza de Cavalleria Rusticana, y algunas heroínas wagnerianas como Kundry y Brunilda.

No se puede hacer un recorrido por la carrera de Maria Callas sin hacer una mención especial al maestro Tullio Serafin, una de las personalidades más trascendentes en la vida artística de la soprano griega. Con absoluta sagacidad este director de orquesta italiano reorientó el repertorio de Maria hacia lo que sería el terreno de su absoluto dominio: el bel canto. A partir de allí comienza a incorporar personajes de este período estilístico con notable acierto, aunque siguió conservando el eclecticismo que hacía que pudiera interpretar diversos roles. Un claro ejemplo de esto es su debut en el Teatro Colón de Buenos Aires en 1949, donde cantó los roles principales de Aida, Norma y Turandot, con destacada participación en todos ellos pero principalmente como la sacerdotisa druida que ideó Vincenzo Bellini, y de la que sería una intérprete de referencia absoluta.

2. Su instrumento vocal y las habilidades musicales

Evidentemente una voz prodigiosa manifiesta cualidades que difícilmente puedan repetirse en otros cantantes. Entre estos aspectos se puede mencionar la extensión, la flexibilidad, la identidad tímbrica, la sonoridad, el brillo vocal o mordiente. La voz de Maria Callas era, indudablemente, una voz excepcional. Estamos, en principio, ante un material vocal con una densidad y corporeidad que la ubica dentro de una categoría ligada a los personajes dramáticos. Esto se traduce en una voz con sonoridad en el registro grave, un centro seguro, y agudos de cierta facilidad. Con esas características bien podría decirse que la voz de Callas era la de una soprano spinto o dramática. Pero la complejidad de su voz no terminaba allí. La extensión que tenía le permitía llegar a los sobreagudos, y a su vez —y quizá sea esta la característica más sobresaliente de su voz— poseía una notoria agilidad. Es por estas razones que pudo abordar personajes tan disímiles.

Aun cuando pueda afirmarse que la voz de Maria Callas no poseía una belleza tímbrica que se destacara —la zona donde más se evidencia esa cualidad es en el registro central, porque allí reside mayor comodidad— sí puede decirse que al abordar los pasajes ornamentales (fioritura vocal) el sonido adquiría belleza y una notable precisión instrumental, como puede apreciarse en la famosa cadencia con la flauta del aria de la locura de Lucia de Lammermoor

El estudio del repertorio lírico puede tener algunas vertientes posibles en relación con la posición de cada cantante. Algunos tienen, además de la preparación vocal, una sólida formación musical —mayormente en el estudio del piano— que les permite tener una cierta autonomía a la hora de aprender y estudiar las obras. Esto no excluye a la figura indispensable del maestro de repertorio, que es quien ayuda a modelar la expresividad o refinar aspectos musicales. Callas era una buena pianista, de modo que su rigurosa preparación musical no tenía ningún tipo de fisura. El abordaje que hacía de las obras que cantaba estaba fundando en una premisa muy fuerte: el respeto por la partitura, que en realidad era ni más ni menos que el respeto por la concepción del compositor. Esto se revelaba en el sentido musical que tenían sus interpretaciones, más allá de las caracterizaciones expresivas de sus personajes. Este criterio disponía del empleo de las intensidades, en particular el uso que hacía del pianissimo, sentido de la cuadratura —percepción del tiempo musical—, y un claro tratamiento de la línea musical en cualquier repertorio que interpretara.

Foto de Jack Garofalo-Paris Match

Es bien interesante escuchar a la propia Callas en diferentes entrevistas que dio a lo largo de su vida. En ellas vierte su pensamiento de una manera tan clara, que ayuda a comprender y a dimensionar su calidad artística. Entrevistada por Bernard Gavoty en 1964, comentaba que durante los inicios de su carrera en Italia, luchó por cambiar con ciertas prácticas de la época que consideraba que pertenecían a una “mala tradición musical”. Entre estas prácticas, ella señalaba a la tendencia por sostener los sonidos durante un tiempo excesivo, y también a la sobrevaloración del registro agudo. Este señalamiento de Callas revela su posicionamiento musical, de un rigor estético absolutamente alejado de exhibicionismos superfluos.

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Publicado el 01/01/2018
     
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