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“La bohème” de Giacomo Puccini : La belleza de las pequeñas cosas
El próximo viernes 11 de agosto Buenos Aires Lírica abrirá el telón del Teatro Avenida para dejarnos entrar, una vez más, en la pequeña buhardilla de los jóvenes artistas parisinos y volver a vivir, junto a ellos, una de las historias de amor mejor contadas de la ópera. Por Ernesto Castagnino
 

Acto 2 de La bohème, producción de Alex Ollè - La Fura dels Baus, Teatro Regio Torino, 2016 / Foto de Ramella & Giannese

“Que él componga su obra, que yo compondré la mía. El público juzgará”. Con esta lapidaria frase Giacomo Puccini intentaba cerrar —en una carta abierta publicada en el Corriere della Sera— la polémica desatada entre él y Ruggero Leoncavallo, tras hacerse público que ambos estaban componiendo sendas óperas sobre la misma fuente: la novela de Henri Murger (1822-1861) publicada por entregas en el periódico Le Corsaire Satan de París, entre marzo de 1845 y abril de 1849 con el título de Scènes de la bohème. El mismo Murger haría, luego, una adaptación teatral del relato y con el dinero conseguido publicaría, finalmente, la novela con el título de Scènes de la vie de bohème.

Y el público juzgó. Después de su estreno en La Fenice de Venecia —un año más tarde que su homónima pucciniana— La bohème de Leoncavallo cayó en el olvido, volviéndose hasta hoy una rareza en los teatros de ópera. Solo el aria “Testa adorata” ha sobrevivido como pieza de lucimiento para tenores en conciertos y grabaciones, desde Enrico Caruso a Jonas Kaufmann. Por su parte, la versión de Puccini —luego de su estreno el 1° de febrero de 1896 en el Teatro Regio de Turín, con la dirección de un joven Arturo Toscanini— fue instalándose como una de las favoritas del público, gracias a la magistral utilización de elementos mínimos y gestos sutiles.

Un trío infalible

La magia conseguida por el trio formado por Puccini y sus dos libretistas, Luigi Illica y Giuseppe Giacosa, resulta sencillamente irresistible: es tan directa la comunicación entre el escenario y el público, tan universal la problemática que plantea y tan simples los resortes emocionales que toca, que no sorprende el triunfo indiscutido de la obra pucciniana sobre la de su rival. Con visión comercial, el empresario Giulio Ricordi puso en funcionamiento ese trío, que volvería a reunirse en Tosca y Madama Butterfly en los años siguientes.

Vittorio Griogolo (Rodolfo) y Kristine Opolais (Mimì) en el primer acto de La bohème, producción de Franco Zeffirelli, Metropolitan Opera de Nueva York, 2014 / Foto de Ken Howard

Hasta las primeras décadas del siglo XIX, las exigencias contractuales de los teatros empujaban a los compositores a repetirse y utilizar libretos ya empleados por otros músicos para cumplir con los plazos y obligaciones. La “revolución” verdiana terminó con la producción en serie y abrió el camino para que los compositores eligieran los temas de sus óperas y participaran tanto en los aspectos musicales como en los dramáticos. Por lo tanto, no asombra que la historia de los jóvenes bohemios parisinos haya ocupado a Puccini y sus libretistas durante casi tres años: desde marzo de 1893 a diciembre de 1895, cuando se dio por finalizado el trabajo de orquestación. Durante esos tres años habrá peleas y reconciliaciones, discusiones y amenazas de renuncia, evidencia de la pasión con que los tres se embarcaban en el proceso creativo.

Puccini, un bohemio

El genio pucciniano y su capacidad de ilustrar musicalmente hasta los más ínfimos gestos, se potencia con esta trama sencilla y cercana a sus años de estudiante de conservatorio en Milán entre 1880 y 1883. El escritor Rodolfo, el músico Schaunard, el pintor Marcello y el filósofo Colline, comparten sus alegrías y tristezas, sus aventuras y enamoramientos en el contexto de una pobreza que siempre tiene como marco la despreocupación juvenil, el impulso de quien valora más los bienes espirituales que los materiales. La identificación entre compositor y personaje es aquí total: como Rodolfo y Marcello en la primera escena de la ópera, también el joven Puccini había padecido frío cuando compartía una habitación con otro povero studente de música, Pietro Mascagni, futuro creador de Cavalleria rusticana y L’amico Fritz.

En su estudio sobre la obra de Puccini, el musicólogo Orlando Martínez relata una anécdota que ilustra la relación que el compositor mantenía con los personajes que creaba: durante una función de La bohème en 1917, mientras transcurría el último acto, dijo a su compañero de palco, como si fuera la primera vez que asistiera al drama: “¡Y pensar que una criatura tan buena tenga que morir!”.

Es precisamente esa identificación del autor con los personajes lo que provoca la magia en cada representación, logrando que el espectador participe de ese alegre grupo, se divierta con las artimañas que inventan para eludir el pago del alquiler, se enternezca con la decisión de Colline de empeñar su sobretodo para comprar los medicamentos de Mimì y llore con las últimas palabras cariñosas que la heroína dedica a cada uno de sus amigos antes de cerrar sus ojos para siempre. No importa cuántas veces hayamos presenciado la ópera, el efecto está garantizado.

Anja Harteros (Mimì) y Felipe Rojas Velozo (Rodolfo) en el cuarto acto de La bohème, producción de Götz Friedrich, Deutsche Oper Berlin, 2008 / Foto de Bettina Stöß

Repasemos algunos momentos de ese refinamiento en los detalles musicales, que se convertirá en un sello pucciniano y garantizará a sus obras un lugar privilegiado en el corazón del público, generación tras generación.

Noi siamo gente avvezza alle piccole cose

Esta frase, “somos gente acostumbrada a las pequeñas cosas”, que pronuncia Cio Cio San en el dueto de amor de Madama Butterfly, podrían decirla igualmente Mimì o Liù, las heroínas más frágiles de Puccini. Igual que a Cio Cio San, el compositor hace que escuchemos a Mimì antes de verla, ella golpea la puerta de la habitación donde vive Rodolfo para pedirle que encienda su vela. El efecto es brillante: la voz de la heroína se abre paso hacia el público y debemos imaginarla a través de unas breves frases (“Scusi. Di grazia, mi si è spento il lume. Vorrebbe...?”). Lo que la música sugiere, con la voz susurrante y las cuerdas en pianissimo (pppp), es mucho más poderoso que cualquier imagen, haciéndonos partícipes de esa escena de completa intimidad: el encuentro de dos jóvenes que, conociéndose por casualidad, se gustan y se seducen.

Más adelante, en el comienzo del acto tercero, situado en la Barrière d'Enfer —una de las barreras aduaneras que había en la antigua muralla que rodeaba la ciudad de París— el compositor nos traslada, en contraste con la bulliciosa alegría del acto anterior en el Barrio Latino, al frío invernal parisino. A través de un sutil diálogo, las flautas y el arpa crean, sobre un trémolo de los cellos, la ilusión de que los copos de nieve están cayendo también sobre nosotros. A diferencia del primer acto, donde el frío de la buhardilla es contrarrestado por la alegría juvenil de los artistas, ahora el entorno se volvió hostil y nada bueno podrá salir de esto. Nos enteraremos, de hecho, de la enfermedad mortal de la heroína y asistiremos a la ruptura de la pareja.

Finalmente, en el acto cuarto, el músico crea un momento de extraordinaria eficacia teatral, haciendo que nuestra heroína muera en completo silencio, igual que como vivió, con sencillez y sin estridencias. Ella muere mientras Rodolfo está ocupado tapando el sol que entra por la ventana para que su amada pueda dormir, último deseo que ha pronunciado con un hilo de voz: “dormire…”. Tampoco oye a Schaunard que nos confirma, en susurros, la muerte de la joven: “Marcello è spirata” (Marcelo, ha muerto). Y entonces, Puccini asesta el golpe final: la orquesta enmudece, Rodolfo observa a sus amigos y se da cuenta: “Che vuol dire quell’andare e venire, quel guardarmi così?” (¿Qué significa ese ir y venir, ese mirarme así?). Unos pocos segundos de silencio son capaces de crear un efecto angustioso que se libera con el epílogo orquestal en fortissimo, cerrando uno de los finales más trágicos del género con una economía de recursos asombrosa.

 Anna Netrebko (Mimì), Piotr Beczala (Rodolfo), Nino Machaidze (Musetta) y Massimo Cavalletti (Marcello), escena final de La bohème, dirección musical de Daniele Gatti y producción de Damiano Micheletto, Festival de Salzburgo, 2012

Mientras el telón se cierra, el llanto de Rodolfo será el nuestro y, aunque hayamos presenciado su muerte decenas de veces, nos diremos profundamente conmovidos: “¡Y pensar que una criatura tan buena tenga que morir!”.

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Agosto 2017

Este artículo se publicó originalmente en la revista Cantabile N° 89, julio/agosto 2017.

Para agendar
Buenos Aires Lírica presenta La bohème en cuatro funciones: el viernes 11, domingo 13, jueves 17 y sábado 19 de agosto en el Teatro Avenida. Con dirección musical de Mario Perusso y dirección escénica de Marcelo Perusso, el elenco estará encabezado por Monserrat Maldonado (Mimì), Nazareth Aufe (Rodolfo), María Belén Rivarola (Musetta), Ernesto Bauer (Marcello), Luis Loaiza Isler (Schaunard) y Walter Schwarz (Colline). Participará el Coro de Buenos Aires Lírica, dirigido por Juan Casasbellas, y orquesta. Las localidades ya se encuentran a la venta en la boletería del Teatro Avenida, de martes a domingo de 13.00 a 20.00, en efectivo o con tarjeta, o por Plateanet al 5236-3000 o en  www.plateanet.com/Obras/la-boheme Entradas desde $250.

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Publicado el 08/08/2017
     
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