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“Kamchatka” en el Centro de Experimentación del Teatro Colón : De eso no se habla tanto
El estreno mundial de la ópera de cámara de Daniel D’Adamo con libreto de Marcelo Figueras resulta ser una conmovedora pieza dramática, más allá de su afán de universalizar un tema tan propio y cercano a nuestra historia. Por Luciano Marra de la Fuente
 

Elías Ongay (Harry) y Emiliano Bulacios (Padre) en Kamchatka, Centro de Experimentación del Teatro Colón, 2016

KAMCHATKA, ópera de cámara con música de Daniel D’Adamo y libreto de Marcelo Figueras, basado en su novela homónima. Estreno mundial (10 de noviembre de 2016), encargo del Centro de Experimentación del Teatro Colón y del Ministerio Francés de Cultura y Comunicación para el Ensamble Almaviva.  Coproducción con el Teatro Dunois de París y la Ópera de Reims. Función del martes 15 de noviembre de 2016 en la sala del CETC. Dirección musical y artística: Ezequiel Spucches. Puesta en escena, video y escenografía: Marc Baylet-Delperier. Elenco: Marisú Pavón (Madre), Elías Ongay (Harry/Escapista), Emiliano Bulacios (Padre/Lucas). Ensamble Almaviva: Maxime Echadour, percusión; Elisa Huteau, violoncello; Iván Solano, clarinete; Ezequiel Spucches, piano.

La producción operística de una nueva generación de compositores argentinos pareciera estar buscando temas o argumentos que se enraízan en nuestra propia idiosincrasia, recurriendo a materiales literarios o fuentes que se relacionan con ella. Afortunadamente, el Centro de Experimentación del Teatro Colón les está brindando un amplio apoyo en esa búsqueda, a través de sus encargos. Así fue como se pudo ver, por ejemplo, el año pasado El limonero real de Ezequiel Menalled sobre la novela de Juan José Saer o, en agosto pasado durante Festival de Nueva Ópera de Buenos Aires, El Fiord de Diego Tedesco sobre el relato de Osvaldo Lamborghini. Casi en el final de su temporada 2016, a comienzos de noviembre, el CETC presentó el estreno mundial de Kamchatka con música de Daniel D’Adamo —compositor radicado en Francia hace veinticinco años, discípulo de Philippe Manoury— sobre libreto de Marcelo Figueras.

Es interesante el camino que hizo el material literario de Figueras: originalmente escrito como guión sobre una idea suya y del director Marcelo Piñeyro para la conmovedora película (2002) protagonizada por Ricardo Darín, Cecilia Roth y Matías del Pozo, luego fue reelaborado como novela (2003) hasta finalmente, y a pedido del Ensamble Almaviva, llegar a su formato operístico. Más interesante es la historia que aborda, no tan común en el repertorio operístico local. Durante la última dictadura militar, una familia de clase media, sabiendo que su círculo cercano está “desapareciendo” —víctimas del terrorismo de estado—, se refugia en una casa quinta, donde cambian sus identidades y tratan de seguir viviendo. Refugian por un tiempo a otro joven y, ante una nueva persecución, abandonan la quinta: los niños quedarán con sus abuelos y la pareja seguirá prófuga y finalmente desaparecerá.

Lo particular de todos los textos de Figueras sobre Kamchatka es cómo ve el niño protagonista los cambios y hechos violentos que vivencia con su familia, ateniéndose a sus parámetros de vida. Así la figura de Harry Houdini tomará mucha importancia no sólo porque el niño adoptará su nombre sino también porque representará en su mundo la idea de escapismo. También el popular juego de mesa T.E.G. (Plan Táctico y Estrategia de Guerra), el favorito del protagonista y al que juega con su padre durante su reclusión en la quinta, tomará la forma de metáfora: el padre resiste todos los ataques desde el único país que le queda, Kamchatka —de ahí el título de la obra—. En la película, las últimas palabras que tiene el padre con el hijo tienen que ver con ese extraño país, porque es el lugar donde él pudo sobrevivir y resistir.

Marisú Pavón (Madre), Emiliano Bulacios (Padre) y Elías Ongay (Harry) en una escena de Kamchatka, CETC, 2016

El libreto para la ópera reduce la cantidad de personajes a los esenciales (Harry, Padre, Madre, Lucas) y se estructura en doce escenas concisas, en donde se reduce el nivel de detalle del argumento original. Esto es lógico cada vez que se realiza una adaptación al teatro musical, aunque sin embargo algunas situaciones están modificadas y, conociendo la fuente original, generan cierta extrañeza. La casa quinta, por ejemplo, es abordada por los militares cuando, de casualidad, la familia está cenando afuera: en el original la familia es avisada que van a venir, generando una escena de angustia y “escapismo” en la lógica de Harry. El texto final también hace explícito algo que uno puede relacionar sin necesidad que se lo explicite: “Esto ocurre en 1976. O mañana. En Buenos Aires. O en cualquier otra parte del mundo”. Este afán de universalización de una situación tan particular y cercana a nuestra historia —remarcado también en las notas del programa escritas por el libretista, que define a la obra simplemente como “una familia en peligro”— pareciera que tiene que ver con esta época que lamentablemente nos toca vivir, donde se abordan ciertos temas propios de nuestra identidad, tratando de relativizar su importancia para la sociedad argentina.

Daniel D’Adamo elabora cada escena mayormente a partir de un motivo musical repetido, donde las voces alternan partes de canto pleno con partes habladas, logrando una excelente inteligibilidad del texto. Las atmósferas creadas por los instrumentos elegidos —clarinete, violoncello, piano y percusión— mantuvieron de manera perfecta el arco dramático de la pieza, todos ellos interpretados por los miembros del Ensamble Almaviva, dirigido desde el piano por Ezequiel Spucches.

En la obra hay partes de extrema belleza como “Hay una luz”, una frase melódica que recorrerá la pieza primero por cada uno de los personajes y luego hacia el final en trío, o el expresivo e intenso monólogo de la Madre “Harry, no hagas eso”, donde la voz de la soprano Marisú Pavón se lució espléndidamente, como en cada una de sus apariciones. Junto a ella, el complicado personaje de Harry a cargo del joven tenor Elías Ongay fue interpretado con bello timbre de voz y sobre todo visceralmente desde lo escénico. Emiliano Bulacios compuso a los personajes del Padre y Lucas con su oscura voz de bajo y excelente dicción.

La puesta en escena del francés Marc Baylet-Delperier buscó una abstracción de los espacios y estilizó un tanto los personajes. Tal vez la caracterización de la Madre, si bien en la ópera no se menciona su profesión (en la película es una científica), parecía más de una señora de clase media alta y no tan trabajadora, en tanto que el momento del ataque militar a la casa quinta fue representando por un personaje con túnica negra y máscara blanca, a la manera de un fantasma. Esto uno lo podría interpretar como la visión que tiene el niño de lo que ocurrió, sin embargo, otra vez, relativiza una presencia concreta y fundamental en esta historia. Cuatro paneles frontales, dos de ellos movibles, fueron el ámbito escénico donde se proyectaban imágenes de video, algunas más explícitas que otras (videos de discursos de los militares, detalles del juego T.E.G., lluvia, follaje, un sapo, etc.).

Emiliano Bulacios (Padre), Marisú Pavón (Madre) y Elías Ongay (Harry) en una escena de Kamchatka, CETC, 2016

El estreno en el CETC de la versión operística de Kamchatka de Daniel D’Adamo y Marcelo Figueras no sólo nos pone en contacto con la bella música de un compositor argentino no tan conocido en su país, sino que, más allá de todos los reparos, resulta ser una pieza dramático-musical de mucha emotividad por la manera en que crea un fuerte arco dramático, abordando una temática que nos es bien propia y, aunque quieran dejarla en el pasado, nos sigue interpelando.

Luciano Marra de la Fuente
editor@tiempodemusica.com.ar
Diciembre 2016

Imágenes gentileza Teatro Colón / Fotografías de Arnaldo Colombaroli
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Publicado el 14/12/2016
     
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