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“La condenación de Fausto” en Santiago de Chile : El fin del teatro
Esta particular obra de Hector Berlioz puso fin al año, a la temporada y a la dirección artística del también finito Teatro Municipal. Por Cristóbal Astorga Sepúlveda (corresponsal en Chile)
 

Alfred Walker (Mefistófeles) y Luca Lombardo (Fausto), junto al Coro del Teatro Municipal, en una escena de La condenación de Fausto, Teatro Municipal, Santiago de Chile, 2016

LA CONDENACIÓN DE FAUSTO, leyenda dramática de Hector Berlioz. Función del sábado 5 de noviembre de 2016 en el Teatro Municipal de Santiago de Chile. Dirección musical: Maximiano Valdés. Dirección de escena, escenografía e iluminación: Ramón López. Vestuario: Loreto Monsalve. Coreografía: José Vidal. Diseño digital: Delight Lab. Reparto: Luca Lombardo (Fausto), Ewelina Rakoca-Larcher (Margarita), Alfred Walker (Mefistófeles), Sergio Gallardo (Brander). Coro del Teatro Municipal, dirección: Jorge Klastornick. Orquesta Filarmónica de Santiago.

Al igual que Edipo, en un cruce de tres caminos entre la cantata, el oratorio y la ópera, La condenación de Fausto es un título extravagante. Desde su estreno a casi exactos 170 años, la peculiar obra de Hector Berlioz ha gozado de una fama esquiva. Es por lo mismo un cierre extraño para el 2016 del ahora rebautizado “Municipal de Santiago — Ópera Nacional de Chile”, que de la mano de Frédéric Chambert, su nuevo director general, llega a fin de año con un sabor francés.

Dos montajes precedieron a esta Condenación. Una nueva producción de La traviata y la ya clásica puesta de Nicola Benois para La bohème sugirieron ambas un París ornamental. La favorecida fue la puesta de Benois, que al igual que esas madres a quienes se les pregunta si sus hijas son sus hermanas, lució más fresca que la puesta de La traviata. A cargo esta última casi por completo de Pablo Núñez, su enfoque tradicional fue una respuesta reaccionaria a la mini revolución provocada hace algunos años por un montaje que, dentro de sus falencias, sirvió con más entusiasmo a la obra de Verdi. Fue además una Traviata sin dirección escénica, librados los cantantes más a sus propias conciencias que a alguna indicación externa. Ese “giro democrático” también afectó a La bohème, donde la reposición a cargo de Patrizia Frini descansó principalmente en el carisma de los cantantes y en el indudable encanto de una escenografía que ha convertido a la más juvenil de las óperas de Puccini en una pieza de museo.

Chambert viene a reemplazar a Andrés Rodríguez, quien por 34 años dirigió el Teatro Municipal de Santiago. La temporada del 2017, dijo Chambert, solo lleva su sello en cuanto a la elección de los directores de escena. Los títulos ya estaban elegidos y, a diferencia de lo que ha sido la tónica en los últimos años, no habrá estrenos. Dentro de las elecciones de Chambert se cuentan la importación de la trilogía Da Ponte-Mozart de manos de Pierre Constant, y un Rigoletto por cuenta de Walter Sutcliffe. El giro en Mozart parece decir adiós al monopolio ejercido por Michael Hampe, pero la puesta de Constant, en todo su elegante clasicismo, sugiere más el cambio de naranjas por mandarinas. Habrá que esperar si el fin de la era Rodríguez trae consigo cambios en la forma de apreciar el repertorio tradicional. Sería simbólico por lo mismo que esta hubiese sido la última vez que la puesta de Benois subiera al escenario santiaguino: estrenada en 1982, un año después de la llegada de Rodríguez al Teatro, y en medio de una de las peores crisis económicas del país, su estilo es también un viaje al pasado.

Alfred Walker (Mefistófeles) y Ewelina Rakoca-Larcher (Margarita), junto al cuerpo de baile, en una escena de La condenación de Fausto, Teatro Municipal, Santiago de Chile, 2016

La condenación de Fausto fue entregada para su montaje a Ramón López. Uno de los atractivos de la obra de Berlioz es la forma en que puede estimular la imaginación de su director de escena. Tratándose de una obra particularmente episódica y dispersa, el desafío consiste en intentar unificarla o, derechamente, asumir su peculiar carácter. La puesta de López descansa principalmente en el trabajo de proyecciones digitales y en el vestuario. Al igual que con el cine computarizado donde los actores deben interactuar con pantallas verdes, los cantantes acá deben interactuar con haces de luz que mutan en paisajes, animales y, en general, contexto. Nada es concreto y López lo enfatizó con un gran espejo ubicado al fondo del escenario, cuya función se agota a poco de comenzar el espectáculo. A diferencia de los actores, que tienen una formación para reaccionar al embrujo digital, los cantantes muestran un cierto embarazo al momento de desempeñarse en el escenario. El uso y abuso de la proyección digital (que además no tiene el desarrollo técnico que sí tiene en el cine) ha terminado por generar puestas indiferenciadas y genéricas, lo que aquí se manifestó en una suerte de recital iluminado. Un problema adicional fue el vestuario de Loreto Mosalve: una Margarita con estola y demonios cuyas caracterizaciones parecían provenir del fin de semana de Halloween (momias incluidas), mostraron una falta de imaginación cercana a la improvisación.

El otro atractivo de la obra de Berlioz es su orquestación, un ejemplo de colorido e inventiva románticos que continuamente invita al espectador a la alucinación. El fin del teatro musical, parece decirnos Berlioz, es generar un público inquieto. Esa tensión entre la pasividad física generada por la experiencia de estar sentado en una sala y la actividad intelectual desatada por la música acá fue bien servida únicamente gracias a la estimulante dirección de Maximiano Valdés. Inclinándose por tiempos ágiles (a veces, demasiado), Valdés ofreció sin pausas la partitura. Hermoso el trabajo de las maderas, de suyo exigidas en una partitura que las exprime al máximo. Una lástima que ese trabajo se diluyera en el escenario a través de la tentativa coreografía de José Vidal que se movió entre lo literal (las danzas campesinas) y lo metafórico (los fuegos fatuos ¿masturbándose? con Margarita).

El tenor marsellés Luca Lombardo es un cantante con un material interesante. Su timbre claro y emisión abierta lo aíslan rápidamente del tejido orquestal. Si bien su “Nature inmense” podría ser más meditabunda y el agudo estabilizarse mejor, su desempeño sigue siendo muy correcto. La mezzosoprano polaca Ewelina Rakoca-Larcher como Margarita mostró hermosos colores para la canción gótica, pero uno hubiese preferido un tempo más pausado para su “D’amour l’ardente flamme”, el único número que sacó aplausos.

Alfred Walker (Mefistófeles) y Luca Lombardo (Fausto) en la escena final de La condenación de Fausto, Teatro Municipal, Santiago de Chile, 2016

Alfred Walker es un barítono con una zona grave cómoda que hizo lo que pudo con un vestuario simplemente ridículo. Es difícil construir un personaje medianamente intimidatorio, diabólico o incluso satírico cuando su presentación es una mezcla de obispo y pandillero. La voz es fresca y la dicción, como suele ocurrir con los cantantes norteamericanos, poco idiomática. Algo apurado se lo notó en su “Devant la maison”, pero nuevamente el problema se debió más a la decisión de Valdés en el foso. La voz de Sergio Gallardo, como Brander, ha perdido color y suena engolada; incluso en un número breve como la “Canción de la rata” se lo nota incómodo.

Como cierre de temporada, el resultado fue más al debe. Al lado de los excelentes montajes de Marcelo Lombardero para Mahagonny y Emilio Sagi para Tancredi, esta Condenación resulta modesta. Es curioso que las diferentes versiones del Fausto de Goethe que se han montado acá (Boito en 2002, Gounod en 2004) han sufrido de la misma falta de diabolicidad y exceso de lugares comunes que esta producción. ¿Será que Chile es un país muy beato?

Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Santiago de Chile, noviembre de 2016

Fotografías de Patricio Melo, gentileza Teatro Municipal de Santiago de Chile
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Publicado el 14/11/2016
     
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