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“Madama Butterfly” de Giacomo Puccini : El esplendor del teatro musical pucciniano
A partir del viernes 11 de noviembre, como cierre de su temporada, Juventus Lyrica presentará este drama lírico favorito del público. Algunas reflexiones sobre la ópera que Puccini consideraba su mejor trabajo. Por Ernesto Castagnino
 

Escena final del segundo acto de Madama Butterfly, producción de Michael Grandage, Ópera de Houston, 2010

Junio de 1900. Giacomo Puccini se encuentra paseando por la populosa Londres a la espera del estreno de Tosca en el Covent Garden que tendrá lugar el mes siguiente. Asiste a una función de Madame Butterfly: A Tragedy of Japan, la exitosa pieza del dramaturgo norteamericano David Belasco. Puccini, que no comprende el idioma inglés, se conmueve sin embargo hasta las lágrimas y el deseo de convertir a la pequeña japonesa en su próxima heroína no lo abandonará desde entonces.

En busca de la mariposa

El 7 de marzo de 1901 Puccini envía a su libretista Luigi Illica el relato “Madame Butterfly” de John Luther Long, publicado en la Century Magazine en 1898, en el cual se había basado David Belasco para su drama teatral sobre una geisha “comprada” como esposa por un marinero norteamericano y luego abandonada. La humillación se completa cuando el marinero vuelve a Japón con su nueva esposa y le arrebata el hijo que han tenido para llevarlo a Estados Unidos.

Para el músico la pieza de Belasco tenía mucho más potencial que el relato de Long, porque en este último el hijo impedía a la madre suicidarse, dando lugar a un final cuasi feliz. El instinto teatral pucciniano se inclinaba, en cambio, a un desenlace contundente en el que la heroína muriera ante los ojos del espectador, fórmula con la que venía cosechando éxitos desde Manon Lescaut.

El tema oriental fascinaba al mundo literario y teatral europeo porque ofrecía un marco en el que podían tener lugar la brutalidad, la pasión y el erotismo que el decoro del mundo civilizado sólo admitía en tierras exóticas. Xerxes para Handel, Selim para Mozart, Mustafá para Rossini, Atila para Verdi, Salomé para Richard Strauss, Cio-Cio San y Turandot para Puccini, ofrecerán la posibilidad de poner en escena aspectos de la naturaleza humana que resultaba más cómodo ubicar en geografías lejanas y culturas remotas.

Kristine Opolais (Cio-Cio San) y Roberto Alagna (Pinkerton) en el primer acto de Madama Butterfly, producción de Anthony Mingella, Metropolitan Opera, 2016 / Foto de Marty Sohl

La ambientación oriental es frecuente en el teatro musical de fines del siglo XIX, siendo su modelo la popular opereta inglesa El Mikado (1885) de Arthur Sullivan. Pero los antecedentes más inmediatos de nuestra ópera son —además de las fuentes directas ya mencionadas— la novela semiautobiográfica Madame Chrysanthème de Pierre Loti publicada en 1887 (que inspiró una composición operística de André Messager del mismo nombre estrenada en París en 1893) y, más cercana a Puccini, que sin duda la conocía, la ópera Iris de Pietro Mascagni estrenada en 1898, sobre una joven japonesa raptada para ser prostituida.

Una vez convencido el empresario Giulio Ricordi, comenzará un trabajo febril y no exento de tensiones entre el compositor y sus libretistas Luigi Illica y Giuseppe Giacosa, un ciclo que se repetía por cuarta vez desde el primer éxito obtenido juntos con Manon Lescaut en 1893. Sin embargo, ninguno imaginaba que aquella también sería la última vez que colaborarían juntos.

Rinnegata e felice

El 27 de diciembre de 1903 el compositor daba por terminada la partitura y un mes y medio más tarde se producía un fallido estreno en la Scala de Milán que, sin embargo, no desanimaría ni al compositor ni al editor, empeñados en ver triunfar a su pequeña mariposa. Al llegar esa misma noche a su casa, Puccini descolgó el dibujo de la geisha diseñado para la portada de la partitura y escribió sobre el vidrio “rinnegata e felice”, la frase que la protagonista pronuncia luego de ser expulsada de su familia por haberse convertido al cristianismo.

Retiró la obra de cartel y programó con Ricordi el reestreno en un teatro más pequeño. Algunos necesarios retoques mediante, la nueva versión hizo delirar al público que se reunió el 28 de mayo de 1904 en el Teatro Grande de Brescia y desde entonces la ópera japonesa de Puccini no abandonaría jamás el corazón del público.

Más allá de los estereotipos

Al leer la correspondencia del músico con sus libretistas lo primero que salta a la vista es la cariñosa minuciosidad con la que va dando vida a sus personajes tanto desde lo musical como desde la selección de cada una de las palabras que canta, lo que daba lugar a acalorados debates cuando no había acuerdo entre las partes. El universo pucciniano no es el de la gesta épica sino el de la intimidad del drama psicológico y sus personajes son de una humanidad tan palpable que es imposible como espectador no identificarse.

Para lograr esa identificación no bastaba con presentar estereotipos reconocibles de la joven ingenua o del yanqui abusivo y bravucón, sino crear seres de carne y hueso, con sus virtudes y sus flaquezas. Sin llegar a tales extremos, quién no ha sufrido una decepción amorosa como Butterfly o quién, como Pinkerton, no fue alguna vez innecesariamente cruel con alguien que amaba.

Simone Alberghini (Sharpless) y Hui He (Cio-Cio San) en el segundo acto de Madama Butterfly, producción de Damiano Michieletto, Teatro Regio de Turín, 2010 / Foto de Ramella&Giannese

En Madama Butterfly el protagonismo es casi exclusivo de Cio-Cio San, la geisha de quince años vendida por el casamentero Goro al oficial de la marina norteamericana F.B. Pinkerton para divertirse mientras dura su estadía en Nagasaki. La vemos aparecer como una adolescente inocente e ilusionada y asistimos en el transcurso de dos horas a su persistente negación de lo que es evidente para todos salvo para sí misma. La realidad golpea en la cara a la joven cuando su “marido” vuelve tres años más tarde, pero a llevarse al hijo de ambos a Estados Unidos. Su último acto tiene el valor de una venganza: hace subir a Pinkerton hasta el hogar alguna vez compartido para entregarle al niño, pero el cobarde oficial encontrará el cuerpo sin vida de la muchacha que ha traicionado.

El oriente alla italiana

En la partitura de Madama Butterfly, el compositor profundizó la transformación de la clásica división de números para crear un discurso musical ininterrumpido, aportando fluidez y verosimilitud. La inagotable inventiva melódica pucciniana va delineando acciones y creando climas emocionales de tal eficacia teatral que, aun sin comprender las palabras, es inevitable conmoverse. Lejos de los pomposos declamados, las frases tienden a ser breves pero significativas, el diálogo prima sobre el monólogo.

En el acto primero, por ejemplo, los personajes se van sumando a lo que será la ceremonia de casamiento y, como ocurre en cualquier reunión social, los diálogos se superponen unos sobre otros. Puccini crea una escena magistral en la que, sobre un “caótico” fondo de comentarios y felicitaciones familiares, la pareja protagónica tiene su primera conversación salpicada de pequeños gestos de ternura. El uso de la escala pentatónica y colores orquestales que evocan lo oriental —búsqueda de un realismo musical que volverá a aparecer en su último trabajo, Turandot— se integra en grandes arcos melódicos genuinamente italianos con los que nuestro compositor crea atmósferas de intensa carga emocional que envuelven al espectador y no lo sueltan hasta el último acorde de la orquesta.

Escena final de Madama Butterfly, producción de Robert Wilson, Ópera de París, 2015 / Foto de Christian Lelber 

Esa misma carga emocional experimentó Puccini con cada una de sus protagonistas, aunque por la pequeña geisha tuvo un afecto especial. En una de sus cartas dirá: “Amo a ‘mi’ Butterfly como no he amado a las hadas de Le Villi, ni a Fidelia, ni a Tigrana, ni a Manon, ni a Musetta, ni a Mimì […] Me gustan los espíritus que sienten como nosotros, que están hechos de esperanza e ilusiones, que lloran sin gritar y sufren sus penas íntimamente”.

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Noviembre 2016

Este artículo se publicó originalmente en la revista Cantabile N° 86, noviembre/diciembre 2016.

Para agendar
Juventus Lyrica presentará Madama Butterfly en el Teatro Avenida desde el viernes 11 de noviembre y en tres funciones más: el domingo 13, jueves 17 y sábado 19. La dirección musical estará a cargo de Antonio María Russo y la dirección escénica será de Ana D’Anna. Los elencos estarán encabezados por las sopranos Cintia Velázquez y Laura Polverini como Cio-Cio San, y los tenores Marcelo Gómez y Norberto Fernández como Pinkerton. Participa el Coro de Juventus Lyrica, dirigido por Hernán Sánchez Arteaga, y orquesta. Localidades en venta en la boletería del Teatro, Av. de Mayo 1222, y a través de Plateanet.com Entradas desde $180.
Más info: www.juventuslyrica.org.ar

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Publicado el 09/11/2016
     
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