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[DVD/BD] “Saul” en el Festival de Glyndebourne : Viejo, solo y loco
El evento más elogiado del Festival de Glyndebourne de 2015 llega al mercado audiovisual. Barrie Kosky pone en escena el oratorio de Handel y el resultado es asombroso. Por Cristóbal Astorga Sepúlveda
 

Escena de la primera parte de Saul, Festival de Glyndebourne, 2015

SAUL, oratorio dramático en tres actos de George Frideric Handel. Dirección musical: Ivor Bolton. Dirección escénica: Barrie Kosky. Escenografía y vestuario: Katrin Lea Tag. Coreografía: Otto Pichler. Iluminación: Joachim Klein. Reparto: Christopher Purves (Saúl / Aparición de Samuel), Iestyn Davies (David), Lucy Crowe (Merab), Sophie Bevan (Michal), Paul Appleby (Jonathan), Benjamin Hulett (Abner / Sumo Sacerdote / Amalekita / Doeg), John Graham-Hall (la Bruja de Endor). Coro de Glyndebourne, Jeremy Bines (maestro del coro). Orquesta de la Era de la Ilustración, Grabación del vivo desde el Festival de Glyndebourne, agosto de 2015. 1 disco (185 + 18 minutos). Opus Arte 2016 (OA BD 7205 D).

Que la ópera sea un género con más de cuatro siglos de vida es un asunto que debemos enfrentar con cautela. Durante ese tiempo diversas tradiciones musicales contribuyeron a delinear aquello que hoy, casi naturalmente, llamamos “ópera”. Factores no completamente musicales, sino también políticos y sociales, llevaron a evaluar sus fronteras, e incluso a aislarla como una práctica pasada de moda. No solo la vanguardia artística del siglo XX ha dirigido una mirada crítica hacia ella. Hacia la década de 1730 el público inglés se alejó de este espectáculo, una importación extravagante ridiculizada en The Beggar’s Opera (1728), una anti-ópera que se burlaba abiertamente de las convenciones del género. Handel, un empresario astuto pero además un hombre cuya vida manifiesta una pasión por el teatro musical, debió enfrentar el fracaso de la que sería su última ópera, Serse (1738), y adaptarse a los cambios del gusto del público. El camino que Handel emprenderá lo llevará a apropiarse del oratorio.

Como objeto cultural, el oratorio reproduce un conjunto de prácticas y experiencias de la sociedad inglesa del siglo XVIII. La Biblia era el texto de cabecera de cualquier ciudadano y proveía no solo de argumentos morales, sino que también era apreciada como una fuente de poesía. Los temas del Antiguo Testamento además reflejaban situaciones políticas aún presentes en la memoria inglesa: el siglo XVII fue testigo de una guerra civil que llevó al cadalso a su propio rey, y una revolución que derivó en la instalación de una línea de monarcas extranjeros, la casa de Hanover. En ese contexto, no es de extrañar que la reconstrucción de una identidad nacional pasara también por escuchar música cantada en un idioma inteligible, el inglés. El 16 enero de 1739 Handel estrenó Saul, un oratorio basado en el ascenso de David y la caída de Saúl como reyes de Israel. Handel orquestó con una suntuosidad que hoy llamaríamos “operática”: flautas, tres trombones, arpa, tiorba, órgano, un carillón y tambores tomados en préstamo desde la Torre de Londres.

Pero, ¿qué hay del elemento dramático? Si nos atenemos a las prácticas barrocas, un oratorio se presenta en un formato de concierto. Sin embargo, muchos libretos están plagados de indicaciones escénicas, y en algunos casos (Semele el más conocido) la historia narrada no es para nada bíblica ni piadosa. Peter Sellars marcó una pauta en 1996 cuando decidió escenificar Theodora en el Festival de Glyndebourne. No es casual entonces que en 2015 este mismo escenario haya entregado al director de escena australiano Barrie Kosky la misión de montar Saul.

Christopher Purves (Saul) y Lucy Crowe (Merab) en una escena de Saul, Festival de Glyndebourne, 2015

Kosky, que se define a sí mismo como un “minimalista extravagante”, no está interesado en representar Saul como un producto de su época. Nada hay en su puesta que busque iluminarnos sobre la ansiedad del público inglés dieciochesco respecto a la legitimidad de la deposición de un monarca. Kosky en cambio lee Saúl como una obra influenciada por El rey Lear de Shakespeare. Ofreciendo un escenario casi desnudo, vemos al rey Saúl descender en una locura gatillada por su envidia respecto a David, el joven héroe que se gana rápidamente el favor de una de sus hijas y de todo Israel. Desprovisto de una pretensión arquitectónica, el escenario está cubierto por tierra y dominado, en la primera parte, por una gran mesa llena de manjares, y luego, en la segunda, por un campo de velas ardientes. En ese entorno elemental, Kosky guía a sus cantantes por un tour de force emocional. Utilizando giros histéricos y movimientos compulsivos, la irresistible coreografía de Otto Pichler y el colorinche vestuario de Katrin Lea Tag contribuyen a sumergirnos en un mundo surrealista donde gritos, palmas y vítores son parte del lenguaje corporal del pueblo elegido.

Christopher Purves en el rol titular sostiene un espectáculo de casi tres horas de duración. El desempeño vocal de Purves, un registro viril y luminoso de barítono, no se ve afectado por las exigencias físicas de su papel. Ataviado con falda, a medida que avanza la obra, Purves se irá desprendiendo de su ropa para terminar semidesnudo en prácticas heréticas. Un perturbador John Graham-Hall da vida a la bruja de Endor, un ser andrógino que amamanta a Saúl y lo sumerge en una alucinación con el pasado. En este regreso a la infancia, Saúl es también aplacado por sus dos hijas, la altiva Merab de Lucy Crowe, espléndida en su contemplativa aria “Author of peace”, y la entusiasta Michal de Sophie Bevan, cuya inclinación por David se revela casi patológica.

El contratenor Iestyn Davies ofrece un controlado retrato del joven David. Al igual que el Pastor en El Rey Roger de Szymanowski, David en la visión de Kosky es una figura enigmática que atrae y condena al monarca. Davies se mueve como en otra dimensión cuando comparte escenario con sus colegas. Ya sea en la calma de “O Lord, whose mercies numberless” como en la coloratura de “Impious wretch!”, Davies ejecuta imperturbable la música embriagadora de Handel. Ese carácter demónico asoma también en sus interacciones con el príncipe Jonathan, el tenor Paul Appleby, de hermosa voz y limpia ejecución. El tenor Benjamin Hulett encarna varios roles unificados aquí en la figura de un bufón con piernas de bestia, un híbrido del fool shakespeareano y el cortesano barroco.

Sophie Bevan (Michal) e Iestyn Davies (David), junto al Coro de Glyndebourne, en la segunda parte de Saul, 2015

El Coro de Glyndebourne es indiscutiblemente el otro gran triunfador de esta producción. En una puesta que le exige correr, gritar, y bailar, que el coro además cante parece casi sorpresivo. Baste solo oirlo en la fuga que cierra el acto primero y en el subsiguiente “Envy! Eldest born of Hell”, un momento que encapsula la moraleja de la obra. Liderada por el maestro Ivor Bolton, la Orquesta de la Era de la Ilustración luce un barroco opulento, grandioso en su retórica. Desde los momentos solistas (inolvidable James McVinnie en su solo de órgano escenificado por Kosky), hasta la apabullante marcha fúnebre del final, la Orquesta brilla con una luz propia. Nada resume mejor este Saul que los primeros veinte minutos de la grabación: después de una extensa sinfonía en cuatro partes, un coro celebratorio de David, coronado por un “Hallelulaj!” que nada tiene que envidiar al homónimo del Mesías, el público irrumpe en una ovación. ¿Operático? Más que Wagner. Altamente recomendable.

Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Noviembre 2016, Santiago de Chile

Fotografías de Bill Cooper, Festival de Glyndebourne, 2015
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Publicado el 04/11/2016
     
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