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“Manon Lescaut” de Giacomo Puccini : La herencia renovada
Buenos Aires Lírica ofrece, desde el viernes 14 de octubre, el primer éxito operístico del autor que lo posiciona como a uno de los compositores más importantes de su época y abre una nueva etapa en la historia operística italiana. Por Luciano Marra de la Fuente
 

Escena del segundo acto de Manon Lescaut, producción de Richard Eyre, Metropolitan Opera, 2016 / Foto de Ken Howard

Febrero de 1893 fue un mes de altas expectativas para el mundo musical italiano. Luego de seis años de su última ópera, y cuando pocos pensaban que volvería a crear otra nueva, Giuseppe Verdi, a sus ochenta años, estrenó Falstaff el 9 de ese mes con gran suceso en el Teatro alla Scala de Milán. Con esta ópera cómica —una rareza en su producción y a la vez una obra maestra— il vecchio Verdi se retiraba de las tablas con la virtuosa fuga coral que lleva como máxima “Tutto nel mondo é burla…”. Esa despedida de la figura musical máxima de Italia dejaba un vacío, tanto para el público como para los editores, y en particular a su febril editor Giulio Ricordi. Todos buscaban a un sucesor de esa tradición musical que se remontaba a los inicios mismos del género operístico.

Ya había apuntados, hacía un par de años, varios candidatos para tomar el cetro musical. El grito desgarrador de una mujer anónima del pueblo “Hanno ammazzato compare Turiddu!” con la que finaliza Cavalleria rusticana de Pietro Mascagni, había conmovido al público en 1890, poniendo en  escena no sólo a un tipo de obra novedosa por su temática, con fuertes raíces musicales italianas, sino también al nombre del propio autor de veintisiete años como posible heredero. Teniendo como modelo esa obra, Ruggero Leoncavallo modeló su I pagliacci (1892), desplegando su ingenio teatral y suntuosa orquestación.  Alejado de esa representación de “un pedazo de vida”, tal como dice Leoncavallo en el prólogo de esa ópera, otro compositor aparecía en el firmamento italiano, Alfredo Catalani, con sus óperas basadas en leyendas del norte de los Alpes, Loreley (1890) y La Wally (1892).

Fue precisamente una semana antes del estreno de Falstaff, cuando un compositor de treinta y cinco años acapararía la mirada del público y la prensa italianos: el 1° de febrero Giacomo Puccini estrenó su tercera ópera, Manon Lescaut, en el Teatro Regio de Turín, logrando su primer éxito descomunal. Las crónicas de la época indican que el compositor con el elenco tuvieron que salir más de treinta veces a saludar ante un público fervoroso, conformado mayormente por la élite italiana. Entre ellos estaba Pietro Mascagni, quien fuera compañero suyo en el Conservatorio de Milán. El triunfo de Puccini también era la confirmación del instinto empresarial de Giulio Ricordi, quien veía en el compositor nacido en Lucca no sólo su talento musical sino también la posibilidad de construir esa figura pública popular que Italia esperaba ante la ausencia de Verdi.

Un drama musical a muchas manos

Kristine Opolais (Manon) y Jonas Kaufmann (Des Grieux) en el segundo acto de Manon Lescaut, producción de Jonathan Kent, Royal Opera House, 2015 / Foto de Bill Cooper

Para lograr ese suceso, Puccini sabía —al igual que Verdi lo supo al comienzo de su carrera— que tenía que tomar las riendas para armar un libreto que pudiera canalizar su instinto dramático-musical. Sus anteriores óperas, Le villi (1884) y Edgar (1889), habían sido experiencias en las que se le impuso la concepción teatral de su libretista, Ferdinando Fontana, con bastantes incongruencias dramáticas. Más allá de la poca repercusión de esas obras, el voto de confianza de Giulio Ricordi al encargarle dos óperas nuevas, hizo que el compositor decidiera finalmente trabajar sobre la novela clásica La historia del Caballero Des Grieux y de Manon Lescaut (1731) del Abate Prévost.

En principio el editor no estuvo de acuerdo, ya que el compositor italiano tendría que competir con el reciente éxito de Manon (1884) de Jules Massenet. “Una mujer como Manon puede tener más de un amante”, diría Puccini, entendiendo que la novela le proporcionaría interesantes situaciones teatrales, variando el esquema de los libretistas franceses, pero sobre todo confiando en su creatividad para poder rivalizar con una ópera que ya empezaba a recorrer los teatros del mundo. La gestación del libreto de Manon Lescaut —así llamada la nueva ópera, para diferenciarla de la francesa— es compleja e involucra a nada menos que a seis escritores, que trabajaron en diferentes etapas desde 1889.  

El dramaturgo Marco Praga, quien nunca había escrito un libreto de ópera, proporcionó, junto al poeta Domenico Oliva, una primera versión para Puccini, quien durante un largo año pidió cambios y transformaciones, provocando la renuncia del primero. Quien acudió a retomar el trabajo dramatúrgico fue Ruggero Leoncavallo, que para 1890 estaba contratado en la oficina de la editorial Ricordi. Tras elaborar el segundo y cuarto actos, Puccini no estuvo satisfecho con los versos de Oliva, aunque paralelamente compuso el primer acto que finalizó en 1891. Fue recién en 1892 cuando entró en escena otro libretista, uno mucho más experimentado, Luigi Illica, quien volvería a armar el esquema dramático de los tres actos faltantes. El poeta Giuseppe Giacosa —quien con Illica serían los responsables de los libretos de La bohème (1897), Tosca (1900) y Madama Butterfly (1904)— aportaría algunos de sus versos, como también el propio editor Giulio Ricordi.

Más allá de este intenso trabajo a varias manos, el esquema dramático de la ópera, tal como lo señala el estudioso Alan Mallach, se presenta “más como una serie de escenas desconectadas que un todo orgánico”. Quizá con la idea constante de diferenciarse de la ópera de Massenet, el libreto recorre, salvo el primer acto, otras instancias de la historia de Manon y el Caballero Des Grieux, con algunos baches argumentales y temporales entre actos. Del inocente amor de la pareja que se fuga a París en el primer acto, por ejemplo, se pasa a una Manon cortesana y amante del rico Geronte, omitiendo el abandono a Des Grieux. Es, sin embargo, la música de Puccini la que puede generar un arco dramático, basado en la construcción de su primera heroína soprano de su producción, complementado por el impulso ardiente del tenor.

Sondra Radvanovsky (Manon Lescaut) y Stefano La Colla (Des Grieux) en el cuarto acto de Manon Lescaut, producción de Gilbert Deflo, Deutsche Oper Berlin, 2014 / Foto de Bettina Stöß

La construcción del primer acto a través de motivos recurrentes generan dinamismo en la presentación de los personajes y diferentes situaciones. La atmósfera dieciochesca ya aparece en la breve frase introductoria del acto basada en un tempo de minuet, pero sobre todo en el segundo acto con una serie de escenas que funcionan como divertissement de la vida cortesana de Manon: los madrigales de unos cantantes, la lección de baile, una pastoral. Esto contrasta con el intenso dúo “Tu… tu, amore” de Manon y Des Grieux que posee un desesperado dramatismo y una orquestación post-romántica. Es que ese estilo extrovertido, enfático y armónicamente atrevido es producto no sólo de la llegada de la música de Richard Wagner a la península itálica sino también de la reformulación propia de su tradición sonora y de sus propias convenciones.

Esto se puede observar, por ejemplo, en la escena final del tercer acto donde las mujeres condenadas son llamadas a la borda del barco para trasladarlas a América: la escena concertante deja de ser estática como en Verdi y se transforma en acción pura, tan verosímil como en una obra de teatro hablada. El último acto, otro extenso dúo de la pareja protagónica —que incluye el célebre lamento de Manon “Sola, perduta, abbandonata”—, muestra al compositor dominante de ese nuevo sonido orquestal y en el que la melodía, a través de la voz, es el vehículo de las emociones más fuertes. En ese sentido, con Manon Lescaut, sin dudas, Puccini empezó a convertirse tanto en el justo heredero como en el inquieto renovador de la tradición operística italiana.

Luciano Marra de la Fuente
editor@tiempodemusica.com.ar
Octubre 2016

Este artículo se publicó originalmente en la revista Cantabile N° 85, septiembre/octubre 2016.

Para agendar
Buenos Aires Lírica ofrecerá cuatro funciones de Manon Lescaut en el Teatro Avenida, a partir del viernes 14 de octubre. Las funciones siguientes serán el domingo 16, jueves 20 y sábado 22. Con dirección musical de Mario Perusso y dirección escénica de André Heller-Lopes, el elenco estará encabezado por Macarena Valenzuela (Manon), Eric Herrero (Des Grieux), Ernesto Bauer (Lescaut) y Norberto Marcos (Geronte). La escenografía es de Daniela Taiana, el vestuario de Sofía Di Nunzio y la iluminación de Gonzalo Córdova. Participa el Coro de Buenos Aires Lírica y orquesta. Localidades en venta en la boletería del teatro y a través de Plateanet.com Entradas desde $250.
Más info: www.balirica.org.ar

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Publicado el 14/10/2016
     
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