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“Tosca” en el Teatro Colón : Un Puccini de por aquí
La sumatoria de artistas y circunstancias hicieron que el drama lírico pucciniano se haya interpretado de manera excepcional. Fue así la mejor manera para que Marcelo Álvarez regresara a nuestro principal teatro de ópera. Por Luciano Marra de la Fuente
 

Marcelo Álvarez (Cavaradossi) y Luis Gaeta (Sacristán) en el primer acto de Tosca, Teatro Colón, 2016

TOSCA, drama lírico de Giacomo Puccini. Producción escénica 1992, en homenaje al Maestro Roberto Oswald. Función del domingo 28 de agosto de 2016 en el Teatro Colón. Dirección musical: Carlos Vieu. Concepción escénica, escenográfica y de iluminación: Roberto Oswald. Reposición escénica y vestuario: Aníbal Lápiz. Escenógrafo asociado: Christian Prego. Reposición de iluminación: Rubén Conde. Reparto: Eiko Senda (Tosca), Marcelo Álvarez (Cavaradossi), Fabián Veloz (Scarpia), Luis Gaeta (Sacristán), Mario De Salvo (Angelotti), Sergio Spina (Spoletta), Fernando Grassi (Sciarrone), Carlos Esquivel (Carcelero), Julieta Unrein (Pastor). Orquesta y Coro Estables del Teatro Colón. Coro de Niños del Teatro Colón. Director del Coro Estable: Miguel Martínez. Director del Coro de Niños: César Bustamante.

Los teatros son lugares donde a veces lo imprevisto, sumado a la adrenalina, genera un hecho artístico diferente. Aún más ocurre en los teatros de ópera, si se tiene en cuenta que, por ejemplo, si un determinado afamado cantante cancela su actuación puede darle la oportunidad a otro no tan conocido y que quizá, por su profesionalismo, carisma o empuje escénico, sea un descubrimiento. Hay muchos casos en la historia de las representaciones operísticas que así lo atestiguan. En la función vespertina de la reposición de Tosca en el Teatro Colón a fines de agosto se dio una doble cancelación en roles protagónicos: por prescripción médica no pudieron actuar como Tosca la holandesa Eva Maria Westbroek —una de las sopranos internacionales más importantes de la actualidad— y en el personaje de Scarpia el destacado barítono español Carlos Álvarez —recordado hace unos años por su actuación como Iago en este mismo escenario.

Su presencia, junto al tenor cordobés Marcelo Álvarez que regresaba al Teatro Colón luego de diecinueve años, hacía que fuera uno de los elencos más esperados y con un nivel de prestigio internacional similar a las principales casas de ópera del mundo, un concepto que el destacado artista argentino casi siempre echaba en cara como falencia de nuestro primer coliseo. Así fue como por un imprevisto tuvieran que actuar los artistas que estaban contratados para el elenco alternativo, la soprano japonesa-brasileña Eiko Senda y el barítono argentino Fabián Veloz, quienes demostraron que, sin tener aún los vastos créditos internacionales de los ausentados, estaban a la altura para acompañar y sobresalir junto a Marcelo Álvarez en una función de extremo dramatismo musical y teatral.

Marcelo Álvarez (Cavaradossi) en el primer acto de Tosca, Teatro Colón, 2016

El drama lírico de Giacomo Puccini fue ofrecido por el Teatro Colón en el marco de un “Homenaje al Maestro Roberto Oswald”, reponiendo su producción concebida para la temporada 1992 y que se repitió en 1993, 1998 y 2003. La reposición estuvo a cargo de sus más fieles colaboradores: Aníbal Lapiz, quien fue siempre su vestuarista y colaborador de régie, asumió la dirección escénica, Christian Prego fue el escenógrafo asociado y Rubén Conde en la iluminación. Roberto Oswald fue, sin dudas, uno de los artistas emblemáticos de la historia de ese Teatro, conocedor de las tradiciones teatrales y operísticas, con una impronta visual siempre impactante, pionero en nuestro país en el manejo de un diseño de iluminación elaborado y una marcación escénica precisa, casi coreográfica.

Es raro que no se haya elegido alguno de los dramas wagnerianos —esas obras que monopolizó con sobrado talento durante su extensa carrera— para hacerle este merecido tributo a tres años de su muerte, y se haya optado por esta producción de Tosca en donde Oswald homenajea directamente al pintor y escenógrafo italiano Giuseppe Galli Bibiena (1696-1757) en el diseño escenográfico del primer y segundo actos, con un elaborado detalle arquitectónico de los ambientes y sus puntos de fugas cruzados que generan enorme profundidad. El tercer acto rompe con esta característica, dando una visión frontal de la parte superior del Castel Sant’Angelo —una idea original de Oswald— y que, desde que se estrenó la producción, siempre planteó el problema para resolución del suicidio de la protagonista en el final.

En 1992 la protagonista quedaba en el centro inmóvil extendiendo los brazos y un fuerte ventilador por el fondo hacía que su vestido se inflara y generara la ilusión visual que se estuviera tirando hacia el frente. Un imprevisto, otra vez, en el día del estreno hizo que ese viento enredara uno de los tules del vestuario de la cantante y la ilusión no funcionara, lo que generó, créase o no, el abucheo a Oswald. Fue a partir de 1998 cuando se materializó la caída de la protagonista, tirándose a una de las trampas del escenario, y así es como se vio desde entonces. Quizá se extrañó en esta reposición la idea inicial de Oswald de poner el tul en la boca del escenario durante el tercer acto, que generaba con los suaves cambios de iluminación y efectos esas esfumaturas tan características de su estilo.

Eiko Senda (Tosca) y Fabián Veloz (Scarpia) en el segundo acto de Tosca, Teatro Colón, 2016

Eiko Senda, conocedora de esta concepción escénica por haber participado en la misma producción que Oswald montó en 2008 en el Teatro Argentino de La Plata, fue creciendo como Tosca a lo largo de la representación, tal vez un tanto dubitativa en el dúo con Cavaradossi en el primer acto —debe ser impactante tener que salir, a último momento, a cantar con Marcelo Álvarez—, afianzándose luego en el diálogo con Scarpia y ofreciendo un muy buen segundo acto donde cantó plenamente, con ajustado volumen y bello color. Si bien su dicción no es del todo perfecta, cantó un emocionante “Vissi d’arte” que contrastó con el siguiente rapto de furia en el asesinato de Scarpia —quedó un poco descolocada cuando, otro imprevisto, el cuchillo se partió por la mitad y no pudo seguir acuchillándolo—. En el tercer acto la unión con Álvarez fue más segura y estrecha, coronando en el final unas frases estremecedoras y bien proyectadas.

Cavaradossi es impulsivo, en partes enamoradizo y en otras desafiante, un personaje que indudablemente le cae como anillo al dedo a Marcelo Álvarez. El reencuentro con su voz en el Teatro Colón fue volver a escuchar su sonoridad, firmeza y bello timbre. Quizá exagere con esos finales sollozantes de cada una de sus arias como para lograr el aplauso y su actuación sea un poco a la antigua con grandes gestos histriónicos —dos (malas) costumbres, en fin, que tienen algunos divos, la última acorde con el planteo de esta producción—, sin embargo su impulso escénico y sonoridad vocal siguen sorprendiendo, casi como hace veinte años atrás.

Puntal de la versión vespertina fue la actuación, como Scarpia, de Fabián Veloz, un artista que, además de poseer una voz bella e imponente, tiene una fuerza escénica arrolladora que le viene bien al personaje. Ya desde su entrada a la Iglesia se pudo advertir que su actuación sería descollante, pasando por un sonoro Te Deum y un segundo acto para recordar: generó los diferentes momentos dramáticos gracias a su exquisita manera de manejar la palabra escénica. Con un excelente fraseo y buen manejo de las dinámicas, acentuó las diversas intenciones, de lo galante y aristocrático a lo lascivo y violento, Veloz creó un Scarpia calculador y manipulador, una creación que se suma a las tantas sobresalientes actuaciones que ya le vimos en su incipiente carrera.

Completaron el elenco Luis Gaeta como un simpático Sacristán, Sergio Spina en un bien actuado Spoletta, Mario de Salvo como Angelotti, Fernando Grassi como Sciarrone, Carlos Esquivel como el Carcelero y Julieta Unrein con una bien afinada voz blanca para el Pastor.

Marcelo Álvarez (Cavaradossi) en el tercer acto de Tosca, Teatro Colón, 2016

La dirección musical recayó en Carlos Vieu quien, tras una destacada carrera en los principales teatros de nuestro país e incluso habiendo dirigido conciertos en el Colón, debutaba al mando de un título lírico en esta sala. El director argentino, afín a este repertorio y en especial a las obras de Puccini —difícil olvidar, por ejemplo, su concertación de Turandot con los cuerpos estables del Colón en el Luna Park diez años atrás—, logró una versión sólida en cuanto concertación general y vibrante sonido orquestal, tal vez veces demasiado imponente en las partes más dramáticas del segundo acto. Con sonido homogéneo, el Coro Estable y el Coro de Niños del Teatro, dirigidos por Miguel Martínez y César Bustamante, respectivamente, lograron el impacto dramático del Te Deum en la escena final del primer acto.

Muchas veces de los inconvenientes —que afortunadamente se resuelven— en una función teatral surgen momentos únicos e irrepetibles. Un elenco totalmente de nuestros pagos, con la participación de una estrella argentina internacional formada en nuestro país, bajo la dirección musical de una de las experimentadas batutas locales y en una bien conocida producción concebida por gente del seno del Teatro Colón, hicieron que esta función vespertina de Tosca sea ejemplo de ello.

Luciano Marra de la Fuente
editor@tiempodemusica.com.ar
Septiembre 2016

Imágenes gentileza Teatro Colón / Fotografías de Arnaldo Colombaroli y Máximo Parpagnoli
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Publicado el 12/09/2016
     
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