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“Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny” en Chile : Fumar y mirar
Caluroso estreno nacional de la ópera más operática de Kurt Weill y Bertold Brecht en el Teatro Municipal de Santiago. Por Cristóbal Astorga Sepúlveda (corresponsal en Chile)
 

Escena del primer acto de Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny, Teatro Municipal, Santiago de Chile, 2016

ASCENSO Y CAÍDA DE LA CIUDAD DE MAHAGONNY, ópera en tres actos de Kurt Weill y Bertolt Brecht. Estreno chileno. Función del sábado 25 de mayo de 2016 en el Teatro Municipal de Santiago de Chile. Dirección musical: David Syrus. Dirección de escena: Marcelo Lombardero. Escenografía: Diego Siliano. Vestuario: Luciana Gutman. Iluminación: José Luis Fiorruccio. Coreografía: Ignacio González Cano. Reparto: María Victoria Gaeta (Jenny Hill), Susanne Resmark (Leokadja Begbick), Nikolai Schukoff (Jimmy Mahoney), Kim Begley (Fatty), Paul Kauffmann (Jakob Schmidt / Toby Higgins), Gregg Baker (Trinity Moses), Orhan Yildiz (Bill), Thomas Stimmel (Joe). Coro del Teatro Municipal, director: Jorge Klastornick. Orquesta Filarmónica de Santiago.

“Mientras lee las proyecciones en la pantalla, el espectador adopta una actitud de ‘fumar-y-mirar’. Semejante actitud de su parte a su vez lo fuerza a una mejor y más clara representación, ya que es inútil intentar cautivar a cualquiera que se encuentre fumando y esté, por lo mismo, bastante ocupado consigo mismo.” Así caracterizaba Bertolt Brecht en sus “Notas a la Ópera de tres centavos” la actitud que le parecía apropiada que su audiencia adoptara y que el teatro épico posibilitaba. Es parte de lo que canónicamente conforma el efecto de “distanciamiento” o “desfamiliarización”, un conjunto de técnicas que buscan recordarle al espectador el artificio del teatro, obstaculizando la empatía (y la manipulación), y permitiendo una reflexión acerca de lo que se está presenciando. Joy Calico argumenta convincentemente en su libro Brecht at the Opera que se trata del legado más relevante de Brecht para el género lírico. Renegociar el contrato entre el público y los ejecutantes, de tal manera de generar una audiencia activa en lugar de una anestesiada, fue uno de los horizontes del teatro épico brechtiano. Las llamadas puesta en escena no-literales de las óperas —es decir aquellas que se alejan de una escenificación anclada en la época del argumento— serían una forma de aplicar estas ideas.

Tomarse en serio lo anterior supone también adoptar alguna actitud frente a las óperas a las que el propio Brecht contribuyó como libretista. De las colaboraciones junto a Kurt Weill, Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny (Leipzig, 1930) es la que más se aproxima a una ópera convencional. En poco más de dos horas, Mahagonny ilustra la fundación, funcionamiento y colapso de una ciudad que es el símbolo de una manera de comprender la libertad. Esa concepción libertaria unida a un capitalismo caníbal termina por destruir a sus propios ciudadanos cuando cometen el peor de los delitos: no tener dinero. Si esto pudo haber sido incendiario en 1930, la pregunta es si lo sigue siendo. Es difícil presentar algunas de estas tesis como descubrimientos o novedades. Después de todo, vivimos en ese mundo. Si queremos ser fieles a Brecht, ¿cuál es el tipo de reflexión que debiéramos tener, y a qué conclusiones podríamos llegar luego de presenciar semejante pieza de teatro político?

Nikolai Schukoff (Jimmy Mahoney) y María Victoria Gaeta (Jenny Hill) en el primer acto de
Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny, Teatro Municipal, Santiago de Chile, 2016

Marcelo Lombardero firmó una puesta tecnológicamente brechtiana en su uso del escenario, aunque algo oscilante en la caracterización de los personajes. Se trata quizá de la puesta mejor ejecutada de las que ha presentado en nuestro país. Lombardero utilizó solamente la proyección de carteles luminosos —y no un narrador como muchas veces se estila— al comienzo de cada cuadro donde, en breves líneas, se presentaba la acción. Con una estética que imita el brillo de los programas de farándula, la ciudad de Mahagonny es esencialmente voyerista. La forma televisiva de los noticiarios, de los infomerciales, del pronóstico metereológico y de los shows jurídicos componen el vocabulario visual que Lombardero emplea para narrar la fábula de Mahagonny. Esta es una forma de abrazar al tercer autor de esta obra: Caspar Neher, el diseñador que contribuyó a establecer la idea misma de escenificación brechtiana. La escenografía virtual de Diego Siliano es un artificio encandilante que tan rápido como llega, se apaga y devuelve al espectador a un escenario vacío.

Lombardero hizo un espléndido trabajo en este nivel de “pedagogía menor”, resaltando la artificialidad del género mediante el uso de la mejor tecnología disponible. Sin embargo, hay dos cuestiones que quedan más bien abiertas en esta puesta. Primero, es casi un lugar común sostener que esta es una ópera que critica al capitalismo. Esta es una frase que requiere algún desarrollo si quiere ser mínimamente explicativa. Uno podría sostener que el impacto que tiene el capitalismo sobre las relaciones humanas es fomentar el individualismo y el egoísmo. Pero Weill no es Brecht, y la música de Mahagonny a medida que avanza se vuelve más y más coral. Ni Jenny ni Jimmy, el foco “romántico” de la obra, son tampoco individuos cuya psicología nos importe mucho. Esa falta de carácter de los personajes no se condice con la caracterización extremadamente enfática y empática por parte de los intérpretes de los papeles. Segundo, uno podría también sostener que el capitalismo implanta deseos en las personas: comer, amar, luchar, beber son las actividades que el acto segundo muestra como efectos de un sistema de incentivos perversos. Pero Brecht no es Tomás de Aquino, y es fácil sacar la conclusión errónea que Brecht se está oponiendo a toda forma de placer. Por cierto que hay una forma particularmente santurrona de marxismo que pregona ese discurso, pero es cuestionable que ese sea precisamente el mensaje de Mahagonny.

Cuadro tercero del segundo acto de Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny, Teatro Municipal, Santiago de Chile, 2016

Las mujeres de Mahagonny son o putas o empresarias (una forma de administrar la prostitución después de todo). María Victoria Gaeta como Jenny Hill lamentablemente no tiene los medios para hacer frente a un rol que fácilmente puede ser encasillado como “solo una cuestión de físico”. De hecho, ya es cuestionable si es necesario que una intérprete de este papel deba tener un físico atractivo. Gaeta, de voz reducida, compuso un personaje contradictorio: a ratos apático, a ratos efusivo, su interpretación fue más bien tentativa. No le jugaron tampoco a su favor los tempi elegidos para “Alabama Song” (lento) y “Havanna-Lied” (rápido). Sumado al hecho que en la segunda mitad del espectáculo el “Dúo de las grullas” fue omitido, su rol tendió a desaparecer del radar de la puesta. A Susanne Resmark la conocíamos por una solvente Clitemnestra hace algunos años, y ahora fue una estupenda viuda Begbick: voz plena, perfecto manejo en el despacho del sprechstimme, y una dominante presencia escénica la sitúan como uno de los puntos altos de la función.

El tenor austríaco Nikolai Schukoff, como Jimmy Mahoney, fue a todas luces el protagonista de esta versión. Con un instrumento de grato timbre, y un enérgico histrionismo, Schukoff rindió con excelencia sus números al cierre del acto primero, en particular “Tief in Alaskas” donde la melodía le permitió lucir su material cálido y abrasador. Resultó conmovedor en su solitaria escena previa al juicio, obteniendo al final de la función un efusivo aplauso. Junto a él, Paul Kauffmann, Orhan Yildiz y Thomas Stimmel compusieron un pintoresco cuarteto de leñadores, muy bien integradas sus tres voces en las réplicas a Jimmy hacia el final del primer acto, y de efusivo desempeño escénico para sus respectivos cuadros en la segunda mitad.

Kim Begley y Gregg Baker, los compinches de la Begbick, fueron todo lo que uno puede esperar para esos roles. Begley, con ya tres décadas de carrera, conserva su penetrante timbre que puso al servicio del viperino Fatty, produciendo un efecto bastante perturbador. Gregg Baker, en su segunda visita al país, confirma unas dotes actorales algo estereotipadas, que unidas a una voz de marcada pronunciación inglesa, no juegan demasiado en contra en este papel como sí lo hicieron años atrás en su interpretación de Amfortas.

Paul Kauffmann (Toby Higgins), Kim Begley (Fatty), María Victoria Gaeta (Jenny), Susanne Resmark (Begbick), Gregg Baker (Moses) y Orhan Yildiz (Bill) en el tercer acto de Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny, Teatro Municipal, 2016 

El maestro David Syrus estuvo a cargo de la Filarmónica de Santiago, que lució con exuberancia sus diferentes familias. El modernismo de una partitura que mezcla estilos barrocos con una instrumentación vanguardista fue ofrecido con gran equilibrio, en particular para el episodio del tifón y los finales de los actos exteriores. El Coro del Teatro Municipal respondió con su habitual entusiasmo a una partitura que lo luce: desde las explosiones de pánico y resignación que siguen al aviso del tifón, hasta el controlado desenfreno en los excesos del acto segundo, su presencia sonora y escénica se convirtió en un personaje más de la fábula moral de Weill y Brecht que, a casi un siglo de su estreno, es por fin incorporada al repertorio del Teatro Municipal.

Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Santiago de Chile, julio de 2016

Imágenes gentileza Teatro Municipal de Santiago / Fotografías de Patricio Melo
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Publicado el 07/07/2016
     
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