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“La bohème” en el Teatro Argentino : Reivindicación de la ternura
La temporada lírica en La Plata comenzó con una atractiva producción de la ópera de Puccini —originalmente programada como cierre de la temporada 2015—, en la que se destacó un brillante trabajo en equipo. Por Ernesto Castagnino
 

Escena final de La bohème, Teatro Argentino de La Plata, 2016

LA BOHÈME, ópera en cuatro actos de Giacomo Puccini. Función del domingo 15 de mayo de 2016 en el Teatro Argentino de La Plata. Dirección musical: Carlos Vieu. Director escénico y adaptador de vestuario: Mario Pontiggia. Adaptación escenográfica: María José Besozzi. Iluminación: Gabriel Lorenti. Elenco: Daniela Tabernig (Mimì), Gustavo López Manzitti (Rodolfo), Yaritza Véliz (Musetta), Ricardo Crampton (Marcelo), Emiliano Bulacios (Colline), Mario De Salvo (Schaunard), Alberto Jáuregui Lorda (Benoît), Víctor Castells (Alcindoro), Miguel Lezcano (Parpignol), Leonardo Palma Aravena (Sargento), Guillermo Saidón (Aduanero), Lucero María Galeano (Un niño). Orquesta y Coro Estables del Teatro Argentino. Director de coro: Hernán Sánchez Arteaga. Coro de Niños del Teatro Argentino, directora: Mónica Dagorret.

Con la historia de un grupo de jóvenes amigos que a pesar del frio parisino y el escaso dinero mantienen el buen humor y comparten las cosas simples de la vida, Giacomo Puccini inauguró un nuevo modo de pensar la ópera. Si ya Giuseppe Verdi había avanzado en un teatro basado en el drama íntimo, Puccini da un paso más y lleva ese drama íntimo a los suburbios, para contar las historias de personas a las que se les congelan las manos por el frio y no tienen para pagar la pensión. Esos pequeños y simples momentos de la vida en los que se te pierde una llave, le hacés una escena de celos a tu novia o bromeás con tus amigos, comentados musicalmente por el compositor que mejor entendió el vínculo entre las notas y las emociones, adquieren una potencia teatral inédita.

El director escénico Mario Pontiggia trazó un arco dramático de gran efectividad, deteniéndose precisamente en esos mínimos detalles, esos pequeños gestos que hacen la diferencia entre una producción rutinaria y una reveladora. Para mencionar apenas un ejemplo, la escena de seducción del acto primero tuvo magistrales marcaciones que permitieron vislumbrar ese flechazo que los protagonistas tienen y que justifica el desarrollo posterior de la trama. Pontiggia comprende perfectamente que el teatro pucciniano se potencia en el detalle por lo que sus marcaciones tuvieron la eficacia de la sutileza y la naturalidad. El grupo de cantantes con el que contaba no esquivó el reto, poniendo verdaderamente el cuerpo a la interpretación, lo que redondeó una versión a la vez emotiva y franca.

La escenografía y vestuario —“adaptados”, consigna el programa de mano, por lo que desconocemos quién los diseñó— fueron funcionales y bien realizados, llevando la acción a la década de 1940, algo que esta obra admite como ninguna otra, tan humanamente universal es su contenido. La iluminación de Gabriel Lorenti fue el otro puntal de un planteo visual efectivo, contribuyendo a potenciar los climas y sensaciones de esas humanísimas miniaturas salidas de la pluma de Luigi Illica y Giuseppe Giacosa. La escena del Café Momus —la de mayor despliegue— fue vistosa y bien articulada en los desplazamientos de ambos coros, bailarines y figurantes.

Gustavo López Manzitti (Rodolfo) y Daniela Tabernig (Mimì) en el acto 1 de La bohème, Teatro Argentino de La Plata, 2016

La dirección de Carlos Vieu tuvo todos los ingredientes que la maravillosa partitura de Puccini requiere: un profundo lirismo sin caer jamás en lo edulcorado, una amplia gama de colores y un cuidado por la claridad de las palabras. Vieu, como tantas veces antes, demostró lo que puede lograr un director que sabe hacerse entender en el foso y también en el escenario, contando en este caso con la Orquesta Estable del Teatro Argentino en su mejor nivel y un equipo vocal sin fisuras. El Coro Estable y el Coro de Niños, preparados por Hernán Sánchez Arteaga y Mónica Dagorret respectivamente, tuvieron prestaciones excelentes en la mencionada escena del Café Momus.

La soprano Daniela Tabernig —que en este mismo escenario realizó en 2011 un conmovedor retrato de Cio-cio San, otra heroína pucciniana— confirmó una vez más su afinidad con este repertorio. La voz lírica de Tabernig corre con naturalidad y se proyecta con la potencia que los grandes pasajes orquestales imponen. A diferencia del relato de Henri Murger en el que está basada la ópera, Puccini quiso acentuar los aspectos bondadosos y puros de la sufrida Mimì, contracara de la coqueta y seductora Musetta. Para eso Puccini le quitó toda referencia al pasado y nos la presenta como una bordadora recatada que reza todas las noches sus plegarias. Transformar a Mimì en una especie de ingenua santurrona, como se ve en muchas interpretaciones, no permite entender por qué, a diez minutos de conocer a un hombre acepta la invitación a cenar y de camino le pide sin pudor que le compre un sombrerito y un collar de coral; como tampoco se comprende cómo, en cuanto se separa de Rodolfo y hasta que vuelven a reencontrarse meses más tarde, ella corrió a vivir con el “Viscontino” (el viscondesito) sin rezar ni un padrenuestro. Mimì es una mujer independiente que, como Manon Lescaut, toma las ventajas que le ofrece la vida, aunque cuando la golpea el amor es capaz de renunciar a todo, y Tabernig logró encontrar estas facetas del personaje para crear un retrato humano y sensible de una de las heroínas más empáticas de la ópera. Su interpretación del último acto fue el punto más atractivo de toda la representación, con unas medias voces y pianissimi desgarradores.

Gustavo López Manzitti, un tenor de trayectoria, aportó su fraseo pulido y un timbre de buen esmalte para hacer frente al rol de Rodolfo, al que brindó todo el apasionamiento que caracteriza al joven poeta enamorado. Su “Che gelida manina” estuvo entre los mejores momentos de la velada. La soprano chilena Yaritza Véliz, una joven cantante a la que hay que seguir de cerca, fue toda una revelación como Musetta. Dueña de un instrumento bien timbrado, dicción clara y emisión límpida, el despliegue de recursos de la cantante en “Quando m’en vò” fue asombroso: su manera de acentuar algunas sílabas y prolongar determinadas vocales consiguieron delinear en los pocos minutos que le concede la partitura, un retrato cabal de la encantadora e irresistible cocotte.

Yaritza Véliz (Musetta), junto al elenco de La bohème en el segundo acto, Teatro Argentino de La Plata, 2016

A pesar de la brevedad de algunos roles, como el del niño que reclama el caballito de juguete, cada uno de ellos es una pincelada con la que el compositor crea una pintura musical que envuelve al espectador, desde el primer compás hasta el último. El grupo de amigos de Rodolfo fue homogéneo: el bien cantado Marcello de Ricardo Crampton —si bien se echó en falta un matiz más lírico y menos heroico para el pintor—, el bajo Emiliano Bulacios también hizo justicia a su Colline, con una “Vecchia zimarra” conmovedora, mientras que Mario De Salvo constituyó un lujo en el rol del músico Schaunard.

Completaron el elenco Alberto Jáuregui Lorda como Benoît, Víctor Castells como Alcindoro, ambos aportando las pinceladas bufas en el drama, Miguel Lezcano como Parpignol, Leonardo Palma Aravena como el Sargento, Guillermo Saidón como el Aduanero y Lucero María Galeano como el niño.

En síntesis, un excelente trabajo de equipo resultó en una refrescante versión del mejor teatro pucciniano, en el que el cuidado en el detalle, la naturalidad de cada mínimo gesto, abrieron paso a toda la ternura que encierran esas páginas eternas.

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Mayo 2016


Fotografías de Guillermo Genitti, Teatro Argentino de La Plata
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Publicado el 23/05/2016
     
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