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“La Gioconda” en Santiago de Chile: Pálida ‘Gioconda’
Discreto regreso al Teatro Municipal de la ópera más conocida de Amilcare Ponchielli, en una función falta de emociones. Por Cristóbal Astorga Sepúlveda (corresponsal en Chile)
 

Escena del primer acto de La Gioconda, Teatro Municipal, Santiago de Chile, 2016

LA GIOCONDA, ópera en cuatro actos de Amilcare Ponchielli y Arrigo Boito. Función del sábado 14 de mayo de 2016 en el Teatro Municipal de Santiago de Chile. Dirección musical: Konstantin Chudovsky. Dirección de escena: Jean-Louis Grinda. Escenografía: Éric Chevalier. Vestuario: Jean-Pierre Capeyron. Iluminación: Ramón López. Coreografía: Eugénie Andrin. Reparto: Elisabete Matos (Gioconda), Géraldine Chauvet (Laura), Evelyn Ramírez (La Ciega), Walter Fraccaro (Enzo Grimaldo), Sergey Murzaev (Barnaba), Sergey Artamonov (Alvise Badoero). Coro del Teatro Municipal, director: Jorge Klastornick. Orquesta Filarmónica de Santiago.

“En lo camp ingenuo, o puro, el elemento esencial es la seriedad, una seriedad que fracasa”. Cuando Susan Sontag buscaba acotar la comprensión de lo camp, esa escurridiza palabra que define una visión esteticista del mundo, usaba varios ejemplos operáticos. Por de pronto, las óperas de Vincenzo Bellini, un juicio que hoy suena como una mala comprensión de dicho compositor. Pero es innegable que la ópera es un género camp. Y La Gioconda (Milán, 1876) es con mucho una de las óperas de lo más camp del espectro operático. Ello se debe no a su argumento ridículo, sino al tratamiento elevado que Arrigo Boito, el libretista, le dio al adaptar Angelo, tirano de Padua de Victor Hugo, y al derroche melódico que Amilcare Ponchielli hizo en la única de sus partituras que logró integrarse medianamente al repertorio. Ese tomarse-en-serio las vicisitudes de una cantante callejera, sin que ello implique una cuota mínima de naturalismo, donde todo es forma y no contenido, hacen que la gloria de La Gioconda sea su rotundo fracaso como obra dramática. Es difícil no esbozar sonrisas cuando Alvise Badoero anuncia en un giro digno de un villano de película muda que él asesinó a su propia mujer, o el “E sempre Laura!” que profiere la protagonista al cierre del acto segundo. Pero la música... la música es otra cosa.

Dentro de la cadena musical italiana, Ponchielli es un compositor de transición. La década de 1870 solo vio un estreno verdiano, Aida, y la llegada triunfal de Giacomo Puccini habría de esperar hasta la década de 1890. Entre medio, el verdadero interés operático estaba fuera de Italia, en los estrenos escalonados de la Tetralogía de Richard Wagner (1869-1876) y en el desembarco de rusos y franceses, que con títulos como Borís Godunov (1874) y Carmen (1875) renovarían el género. Ponchielli, a su lado, resulta un compositor anclado en el pasado.

El enfoque musical de Konstantin Chudovsky sacó poco partido al elemento melódico, principalmente por una elección de tempi a ratos demasiado lenta, como si su intención fuera dotar de mayor seriedad a una música que no la tiene. Algunos problemas en los metales para los números de ballet, y cierta falta de coordinación con el escenario (que a estas alturas se han vuelto un problema recurrente de su dirección) no otorgaron mayor impacto a la partitura. Esto afectó también al desempeño del Coro, algo extraviado en el acto segundo.

Evelyn Ramírez (La Ciega) y Elisabete Matos (Gioconda) en el primer acto
de La Gioconda, Teatro Municipal de Santiago de Chile, 2016

El éxito de una función de La Gioconda, en todo caso, es siempre el éxito de los cantantes que la interpretan, un ramillete no inferior a cinco. A la portuguesa Elisabete Matos la habíamos visto en años anteriores en los titulares de Tosca y Turandot. A cinco años de ese debut, la voz acusa el paso del tiempo. Como si se tratara de dos voces diferentes, el agudo y el grave de su voz suenan completamente separados. Un marcado vibrato desestabiliza las notas más altas, cuya emisión nunca baja del forte, mientras que un uso efectista de una voz de pecho con poca proyección terminan por brindar una interpretación plana. El paralizante filato que viene a cerrar la escena de la Ciega en el acto primero fue simplemente inexistente. De alguna forma, su interpretación resulta excitante en la misma medida en que lo es una lectura de tarot: uno nunca sabe muy bien lo que puede aparecer en el futuro.

Géraldine Chauvet, en Laura, mostró un material interesante, de bella coloración. Uno espera mayor entrega en el dúo con Gioconda, donde el fervor cristiano de sus frases contrasta con las imágenes nietzscheanas que la protagonista lanza en respuesta. Nada muy acalorado ocurrió en cambio. Valdría la pena eso sí oírla en otro papel. Evelyn Ramírez como la Ciega brindó una sentida interpretación de “Voce di donna”, y actuó con convicción un rol que fácilmente puede pasar por menor.

Walter Fraccaro, reemplazando al anunciado Alfred Kim, propuso un Enzo convencional. La voz, no precisamente atractiva, es de combustión lenta: ilumina poco y solo arde cuando recibe algún estímulo adicional (por ejemplo, en el concertado del acto tercero). Su “Cielo e mar”, rendido con demasiada lentitud, se volvió a poco andar rutinario. El barítono ruso Sergey Murzaev tiene un timbre brillante, bastante dado al canto forte, lo que en un rol de Barnaba no es necesariamente un vicio. Eso sí, uno quisiera un poco más de actuación con la voz, en un rol que abre y cierra la ópera. El bajo Sergey Artamonov ofreció un Alvise Badoero de gran presencia escénica, aunque vocalmente su material carezca de individualidad: un sonido opaco y poco atractivo, de escasa fijación en la memoria del auditor.

Elisabete Matos (Gioconda) y Walter Fraccaro (Enzo) en el cuarto acto
de La Gioconda, Teatro Municipal de Santiago de Chile, 2016

Quizá lo más decepcionante de esta Gioconda fue la producción escénica. Jean-Louis Grinda firmó en 2009 una polémica Traviata. Nada de lo bueno que hubo esa vez se replicó en esta oportunidad: una puesta modesta en ideas y ejecución, junto a una marcación escénica casi inexistente hicieron que momentos como la barcarola de Barnaba en el acto segundo se mostraran estáticos y carentes de brillo. La escenografía de Éric Chevalier, austera y dura, no contribuye a delinear el ambiente de intriga y juerga. El marino acto segundo plantea desafíos para la escenificación que podrían ser resueltos de manera más elegante en vez de simplemente colocar al medio del escenario un barco. Esto incluye también la pretensión de Grinda de suspender las leyes naturales que impiden caminar sobre el agua. Adecuados el vestuario de Jean-Pierre Capeyron, de bella factura para la escena en la Ca’ d’Oro, y la iluminación de Ramón López.

Los dos números de ballet fueron deslucidos. El primero, porque simplemente no existió: la furlana del acto primero fue reemplazada por una representación de commedia dell’arte al fondo del escenario. El segundo, la celebérrima “Danza de las horas”, fue ejecutado por un cuerpo de baile anónimo que hizo lo mejor que pudo frente a la falta de argumento de una coreografía que ofreció momentos decididamente embarazosos para sus solistas. Parafraseando a Enzo en el finale terzo, esta Gioconda lució pálida y tiesa.

Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Santiago de Chile, mayo de 2016


Imágenes gentileza Teatro Municipal de Santiago de Chile / Fotografías de Patricio Melo
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Publicado el 19/05/2016
     
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