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Les Musiciens du Louvre en la Philharmonie de París : Los últimos sonidos
Con destacados intérpretes, el genial director Marc Minkowski dirigió un excelente concierto con las últimas obras de Mozart, que incluyó una dramática versión de su Réquiem. Por Luciano Marra de la Fuente (desde Francia)
 

Les Musiciens du Louvre y el Coro de Cámara del Palau de la Música Catalana en la Philharmonie de París, 2016 

LES MUSICIENS DU LOUVRE. CORO DE CÁMARA DEL PALAU DE LA MÚSICA CATALANA. Concierto del martes 15 de marzo de 2016 en la Grande Salle de la Philharmonie de París, Francia. Dirección musical: Marc Minkowski. Director de coro: Josep Vila i Casañas. Solistas: Thomas Bloch, armónica de cristal; Nicolas Baldeyrou, clarinete; Chiara Skerath, soprano; Helena Rasker, mezzosoprano; Yann Beuron, tenor; York Felix Speer, bajo. Programa El testamento de Mozart: Adagio y rondó en do menor para armónica de cristal, flauta, oboe, viola y violoncello, K. 617 / “Ach ich fühl’s, es ist verschwunden!”, aria de Pamina de La flauta mágica, K. 620 / Concierto para clarinete y orquesta en La mayor, K. 622 / Obertura de La clemenza di Tito, K. 621 / Réquiem, K. 626 (versión Robbins-Landon, revisada por Marc Minkowski).

Los treinta y cinco años de vida de Wolfgang Amadeus Mozart, muchas veces, nos hacen confundir al tratar de pensar su producción, poniendo etiquetas que a otros compositores mucho más longevos le sientan bien. Es muy difícil hablar de obras “de juventud” o “de madurez” en este compositor de tan poca edad, único en la historia, que empezó a escribir a los cinco años, paralelamente a su carrera como intérprete prodigio. Sus obras, evidentemente, se iban superando a sí mismas, encontrando una síntesis de varios elementos del pasado y conformando la cima del Clasicismo, que con su repentina muerte no pudo seguir desarrollando en la plenitud de su vida. A mediados de marzo pasado en la Grande Salle de la Philharmonie de París, el genial director Marc Minkowski, con la orquesta que fundó en 1982, Les Musiciens du Louvre, ofreció un desafiante programa que tituló El testamento de Mozart, en el que presentó las últimas obras escritas por el compositor.

El comienzo fue con la última obra de cámara compuesta en mayo de 1791, el Adagio y rondó en do menor, K. 617 para un particular quinteto integrado por armónica de cristal, flauta, oboe, viola y violoncello.  El primer instrumento —creado veinte años antes por el mismísimo Benjamin Franklin, que sistematiza las copas musicales que generan diferentes alturas mediante la cantidad de agua y su frote— generó una fascinación en todos los músicos de su generación por su sonoridad específica. Encargada por la virtuosa en ese instrumento Marianne Kirchgässner, quien lleva la melodía en el Adagio y rondó es la armónica de cristal, generando contrapuntos con las cuerdas y maderas de manera concertante.

La impresión que se tuvo en la actual interpretación a cargo de Thomas Bloch, junto a los solistas de Les Musiciens du Louvre, fue la de la superposición de dos mundos sonoros bien diferentes: el sonido penetrante, sobre todo en la parte aguda y fuerte, de la armónica de cristal difícilmente se ensambló con la calidez de las cuerdas y maderas. Si bien en el Rondó los episodios más rápidos perdieron un poco la definición en la articulación —probablemente por las características técnicas del instrumento, más el impulso de velocidad impuesto por Minkowski—, Bloch logró en el Adagio anterior unas frases bien claras con bellos pianissimi.

El clarinetista Nicolas Baldeyrou, junto a Marc Minkowski y Les Musiciens du Louvre,
Grande Salle de la Philharmonie de París, 2016
 

Sin dejar mucho tiempo para los aplausos, Minkowski atacó rápidamente con los acordes del aria “Ach ich fühl’s, es ist verschwunden!” del segundo acto de La flauta mágica, el último singspiel de Mozart estrenado en septiembre de 1791. El tempo que tomó el director fue bastante ligero, casi como si fuera un andante danzado, sobre el cual la soprano Chiara Skerath pudo mostrar una zona central de lindo timbre, con un buen decir y un agudo final sumamente expresivo. Nuevamente sin dejar respiro para los aplausos, Les Musiciens du Louvre atacaron en un tempo un poco más rápido la introducción al Concierto para clarinete y orquesta, K. 622, la última obra concertante de Mozart compuesta y estrenada en octubre de 1791. El nivel de detalle con que el ensamble ejecutó los rápidos adornos más el sentido de liviandad fue supremo. A su lado, la entrada del solista, a cargo de Nicolas Baldeyrou —solista de la Orquesta Filarmónica de Radio France— no sonó tan brillante, aunque fue muy placentero escuchar las sonoridades graves que lograba en su clarinete di bassetto, el tipo de clarinete para el cual Mozart compuso la obra (no confundir con el corno di bassetto).

En el “Allegro” inicial fueron muy bellos los contrapuntos que tuvo con el fagot, el sonido oscuro que obtuvo en la transición generando tensión y la agilidad que tomó hacia el final del movimiento, en perfecto ensamble con el tutti orquestal, con una vitalidad propulsiva que condujo al brillante trino conclusivo. El “Adagio” central fue uno de esos momentos inolvidables de la velada: la línea con la cual comenzó fue interpretada por Baldeyrou con una tranquilidad y nobleza de mucha belleza, en tanto que el desarrollo contrastó por la ligereza y el virtuosismo en las escalas y saltos sin exagerar. El retorno del tema en un pianissimo extremo fue asombroso, junto al movimiento de las cuerdas casi imperceptible. El ataque vivaz del tutti en el “Rondó” mostró otra vez la brillantez del ensamble de Les Musiciens du Louvre, aunque en la continuidad discursiva quizá sobrepasó en cuanto dinámica al sonido del solista; sin embargo, Baldeyrou supo hacer lucir su virtuosismo no sólo por su destreza técnica sino también por encontrar el tono justo de cada episodio de este movimiento final.

Después de un intervalo no anunciado, la pompa de los acordes iniciales de la Obertura de La clemenza di Tito, última ópera seria de Mozart compuesta en agosto de 1791 para la coronación del emperador Leopoldo II en Praga, dieron inicio a la segunda parte del concierto. Si bien los timbales en ese comienzo sonaron un tanto invasivos, la exposición del tema fue de manera vertiginosa, con los vientos destacados. Antes de la reexposición, Minkowski detuvo súbitamente esa velocidad y marcó un profundo silencio, encarando la parte final de manera espectacular en todas las secciones, en especial las cuerdas.

Marc Minkowski y los cantantes solistas, junto a Les Musiciens du Louvre y el Coro de Cámara del Palau
de la Música Catalana, Grande Salle de la Philharmonie de París, 2016
  

Otra vez el director trató de que no hubiera largos aplausos y, luego de acomodar al orgánico, dio inició al “Introitus” del Réquiem en Re menor, K. 626, la obra que estaba escribiendo Mozart antes de su muerte. De las catorce secciones de la obra, el compositor llegó a escribir la mitad de las partes vocales y la línea del bajo, con algunas indicaciones de instrumentación, sólo llegó a orquestar el “Introitus” y dejó apuntes vocales para otros dos números. A su muerte, la viuda de Mozart, con el apremio de cumplir con el encargo del Conde de Walsegg, encomendó a alumnos de su marido la finalización de la obra, primero a Joseph Eybler y, tras su renuncia, a Franz Xavier Süssmayr. Es a través de la labor de este último —que incluso eliminó las primeras orquestaciones de Eybler— como usualmente se interpreta esta última obra de Mozart.

En el siglo XX hubo varios estudiosos que revisaron los manuscritos y las versiones, dando nuevas ediciones: aquí para su interpretación Minkowski hizo una revisión de la realizada por el musicólogo H. C. Robbins Landon —autor también del célebre libro 1791: El último año de Mozart (1988)—, quien restituye las orquestaciones Eybler argumentando que éste era un compositor superior a Süssmayr.

En la lectura de Minkowski, sumamente dramática, hubo un trabajo minucioso tanto con los matices dinámicos como en la manera de decir los textos, consiguiendo que todos los elementos artísticos estuvieran a la altura del discurso musical de esta obra maestra. La labor de conjunto, en dúos o cuartetos, a cargo de la soprano Chiara Skerath, la mezzosoprano Helena Rasker, el tenor Yann Beuron y el bajo York Felix Speer, fue bien ensamblada, mientras que en sus partes solistas estuvieron mayormente correctos: quizá Rasker evidenció un pequeño vibrato, Speer no tuvo el color de bajo profundo en “Tuba mirum”, pero Beuron estuvo siempre preciso y Skerath, más allá de un comienzo destemplado, condujo el concertante del “Benedictus” y el “Lux eterna” muy expresivos.

Quien verdaderamente fue protagonista fue el Coro de Cámara del Palau de la Música Catalana que no perdió temple en las frases más forte, por ejemplo, en los stacatti del “Dies irae” o en el “Sanctus”, y alcanzó contrastes dinámicos extremos, como en el “Confutatis”, el “Hostias” o las frases bellamente ligadas y sin recurrir tanto al vibrato en el “Lacrymosa”. Fue hermoso el sonido etéreo, muy suave, que el plantel femenino logró en muchas secciones. A su par estuvo el ensamble instrumental que se lució a pleno, por ejemplo, desde el maravilloso solo de trombón en el “Tuba mirum”, preciso y sonoro, hasta las texturas de las cuerdas graves más fagotes y cornos di bassetto (aquí sí, Mozart pensó en este instrumento) en el “Agnus Dei”.

Aplauso final para Marc Minkowski, antantes solistas, Les Musiciens du Louvre y el Coro de Cámara
del Palau de la Música Catalana, Grande Salle de la Philharmonie de París, 2016
 

Interrumpiendo el fuerte aplauso tras el fugato final del “Lux aeterna”, Minkowski ofreció como postludio el Ave verum Corpus, K. 618, un motete compuesto por Mozart en julio de 1791. Se generó un momento de verdadero recogimiento y calma después de la fuerza dramática del Réquiem, donde tanto el coro como el pequeño grupo instrumental —cuatro violines, dos violas, un violoncello y un contrabajo— lograron una dinámica pianissimo increíble. Fue una manera muy especial de culminar El testamento de Mozart, este concierto ideado por Marc Minkowski, quien había comenzado la función hablando al público de manera muy sentida por el reciente fallecimiento del director austríaco Nikolaus Harnoncourt. Este excelente concierto se convirtió así en un justo homenaje a ese director pionero en el arte de interpretar desde otro punto de vista al tradicional, un homenaje de muchas emociones a través de los últimos sonidos Wolfgang Amadeus Mozart.

Luciano Marra de la Fuente
editor@tiempodemusica.com.ar
Abril 2016


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Publicado el 12/04/2016
     
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