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La Orquesta de París, dirigida por Jaap van Zweden, en la Philharmonie : Efectos especiales
Con dirección del artista holandés, Katia y Marielle Labèque estrenaron en Europa el “Doble concierto” de Philip Glass. También se ofreció una vibrante versión de la Sinfonía N° 5 de Shostakovich. Por Luciano Marra de la Fuente (desde Francia)
 

Katia y Marielle Labèque, junto a Jaap van Zweden y la Orquesta de París, Grande Salle de la Philharmonie de París, 2016

ORQUESTA DE PARÍS. Dirección: Jaap van Zweden. Solistas: Katia y Marielle Labèque, pianos. Concierto del jueves 10 de marzo de 2016 en la Grande Salle de la Philharmonie de París, Francia. Philip Glass: Doble concierto para dos pianos y orquesta (estreno europeo). Dimitri Shostakovich: Sinfonía N° 5 en Re menor, Op. 47.

La Orquesta de París ofreció a comienzos de este mes un programa, repetido en dos conciertos, que suscitó una alta expectativa por reunir diferentes cualidades que lo hacían particular. Por un lado, el volver a escuchar, esta vez en una de las sinfonías de Dimitri  Shostakovich, al director holandés Jaap van Zweden, quien a fines de enero fue anunciado como el sucesor de Alan Gilbert, desde la temporada 2017/2018, en la Dirección Musical de la Orquesta Filarmónica de Nueva York. Zweden estuvo en la Argentina en 1996, para dirigir cuatro conciertos en el Teatro Colón durante la temporada del 50° aniversario de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires (incluso en dos de ellos tocó como solista de uno de los conciertos para violín de Mozart), organismo que también dirigió, junto a García Navarro, en la gira europea que realizó ese mismo año.

Otro motivo era la presencia de las destacadas hermanas Katia y Marielle Labèque, que conforman un célebre dúo de pianos constituido a comienzos de la década de 1970 y que se caracteriza por su amplio repertorio musical, desde el barroco hasta nuestros días. El impulso que ellas ponen en la creación de nuevas obras para dos pianos es, sin dudas, uno de los aportes más importantes que realizan estas artistas francesas. Un ejemplo de la ampliación de ese repertorio pianístico fue el estreno europeo en la Grande Salle de la Philharmonie de París del Doble concierto para dos pianos y orquesta de Philip Glass, una obra escrita para las propias Labèque que fue estrenada el año pasado con la Orquesta Filarmónica de Los Angeles dirigida por Gustavo Dudamel. Y aquí otra de las causas que generaba expectativa para esta velada.

El ataque en fortissimo de los dos pianos tocando acordes en la zona aguda del teclado, junto a un variado set de percusión, con el cual comienza la obra dio una sensación de vértigo que rápidamente chocó con el tutti de la orquesta que trató, de una manera no tan lograda, de repetir ese mismo motivo con tal ímpetu. Fue como entrar en un fluir discursivo que ya estuviera sonando desde antes, con un ajuste desprolijo entre las solistas y la orquesta. Estas diferencias se evidenciaron también durante el desarrollo de esta primera parte, donde las repeticiones de los motivos expuestos por las solistas no poseían el mismo swing en la orquesta. Hacia el final de este movimiento una frase descendente, primero en el trombón y luego en otros instrumentos de viento, enmarcó la desaceleración del discurso plagado de motivos característicos en la estética minimalista de Glass —pareciera una variación del Concierto de Tirol (2000), otra obra concertante para piano y orquesta— generando un sombrío contrapunto entre los dos pianos y el sonido del tam-tam.

Katia y Marielle Labèque, junto a la Orquesta de París, Grande Salle de la Philharmonie de París, 2016

A diferencia del orden de tempi tradicional de concierto —rápido, lento, rápido—, el segundo movimiento fue también de una marcha veloz, de manera contraria del primero: los dos pianos empiezan otra vez solos con la percusión, con una aparente tranquilidad, un ostinato —muy similar al del Preludio de la ópera The Perfect American (2013)—, para ir acelerándose con escalas, saltos, arpegios y acordes repetidos, tan propios del compositor. Tal vez en un momento hubo una sensación de caos en cuanto balance entre las solistas y la avasallante orquesta, que afortunadamente hacia el final logró encontrar un punto compacto de acople con las solistas muy bello. Lo que estuvo extraordinario en esta obra fue el largo movimiento final donde el sonido protagonista de los dos pianos, mérito efectivamente de la expresividad y la brillante técnica de las hermanas Labèque, logró uno de esos adagios subyugantes que abundan en la obra de Philip Glass. Las complementariedades, contracantos y superposiciones, tanto entre los dos instrumentos como las de éstos con el resto de la orquesta, generaron un discurso cada vez más dramático, con un cuidado sutil de los diferentes matices dinámicos, algo que no había ocurrido hasta entonces.

Ante el fuerte aplauso del público, Katia y Marielle Labèque tocaron una obra fuera de programa, nuevamente de Philip Glass, el último de los Cuatro movimientos para dos pianos. El sombrío comienzo tuvo ese lirismo quedado que había aparecido en el movimiento final del Doble concierto, para luego contrastar con la fuerza percusiva y cada vez más apasionada que las hermanas Labèque le fueron imprimiendo a las siguientes secciones. Sus motivos entrelazados, sus contrapuntos virtuosos, la fuerza expresiva y sonora, más la rapidez brillante que adquirieron en la última parte, hicieron que este bis fuera electrizante, lo que fue recompensado con otra estruendosa ovación. Parte de las expectativas que tenía este concierto hasta ese momento habían sido bien satisfechas.

Jaap van Zweden y la Orquesta de París, Grande Salle de la Philharmonie de París, 2016

Aún faltaba el otro plato fuerte de la noche, la Sinfonía N° 5 (1937) de Dimitri Shostakovich bajo la interpretación de Jaap van Zweden. Esta obra que marca en el compositor tanto el regreso del favor oficial del régimen soviético —tras el célebre escándalo que tuvo con su ópera Lady Macbeth del distrito de Mtsensk (1934)— como el encuentro de un nuevo estilo musical que lo definiría para el resto de su producción, es un desafío absoluto para toda orquesta que se atreva a abordarla. La Orquesta de París, por su tradición y valores actuales, es capaz de ofrecer una versión técnicamente irreprochable y sumamente expresiva, sobre todo en el tercer movimiento. Es un placer escuchar, por ejemplo, el ensamble de la sección de las cuerdas, tanto desde el comienzo con esa dramática frase grave como los tutti impetuosos que hay en cada movimiento, desde las frases ligadas hasta los stacatti bien articulados. Lo mismo ocurre con el arpa, la sección de percusión y los instrumentos de viento, sobre todo los bronces, que se lucen tanto en ensamble como en sus participaciones solistas.

La visión de la obra que marca Zweden, tal vez fascinado por las virtudes que posee la orquesta que tuvo enfrente, enfatizó por demás lo espectacular de la escritura sinfónica de Shostakovich, perdiendo, por ejemplo, la llegada lógica a los clímax: hubo una tendencia, tanto en el “Moderato” inicial como en “Allegretto” siguiente, de exacerbar el nervio de los motivos dramáticos y de interpretar todo en una dinámica poco contrastante, manteniéndose todo en el rango del forte y fortissimo. Mientras se escuchaba el “Moderato” o el “Allegro ma non troppo” final, y teniendo como base una dinámica verdaderamente atronadora, uno se preguntaba si se podría llegar a un rango dinámico más fuerte, y allí era cuando se perdía el clímax. En el “Allegretto”, Zweden se cautivó por lo bien que articula todo el organismo sinfónico, produciendo stacatti precisos pero que a la vez le quitaron ligereza.

Hubo, eso sí, un momento extraordinario, al igual que en Doble concierto de Glass, justamente en el tercer movimiento, “Largo”, donde finalmente se pudieron balancear los matices dinámicos con sutileza y, más allá de cierta tendencia a imponer un nerviosismo generalizado, Zweden logró un discurso expresivo y elegíaco a cargo de las cuerdas en un estado de gracia. El estallido del “Allegro ma non troppo” conclusivo estuvo dominado por una velocidad extremadamente rápida que todas las secciones de la orquesta pudieron interpretar con precisión, sin perder el temple e ímpetu. La fanfarria apoteósica, con esos espectaculares golpes de los timbales, fue aún más rápida, y la nota disonante que genera una tensión antes de la resolución final fue remarcada, alargándola, aunque sonó un poco chirriante.

Aplausos finales para Jaap van Zweden y la Orquesta de París, Grande Salle de la Philharmonie de París, 2016

La mirada de Jaap van Zweden tal vez privilegió las virtudes extraordinarias que posee la Orquesta de París por sobre una versión donde el discurso dramático de Shostakovich fluyera de manera más contrastante y sutil. Indudablemente fue una interpretación que impactó en el cuerpo de todos los asistentes a la hermosa Grande Salle de la Philharmonie de París, que ofrecieron una larga ovación, tan sonora como el rango dinámico con el cual terminó la impactante sinfonía de Shostakovich.

Luciano Marra de la Fuente
editor@tiempodemusica.com.ar
Marzo 2016

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Publicado el 30/03/2016
     
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