Martes 27 de Junio de 2017
Una agenda
con toda la música


Martes 27
Miércoles 28
Jueves 29

Conferencias, cursos,
seminarios y talleres

Convocatorias y concursos
para hacer música

Buscador


FacebookTwitterBlogspot
 

“Don Carlo” en el Teatro Colón : Gran despliegue y escasa emoción
La suntuosa puesta de Eugenio Zanetti, impactante en lo visual, no consiguió transmitir las emociones que encierra esta gigantesca partitura. Un equipo vocal de mediano nivel tampoco logró elevar la temperatura de una velada que resultó decepcionante. Por Ernesto Castagnino
 

Escena del primer acto de Don Carlo, Teatro Colón, 2015

DON CARLO, ópera de Giuseppe Verdi. Función del sábado 26 de septiembre de 2015 en el Teatro Colón. Dirección musical: Ira Levin. Dirección escénica, escenografía y vestuario: Eugenio Zanetti. Iluminación: Eli Sirlin. Elenco: Tamar Iveri (Isabel de Valois), Béatrice Uria Monzon (La Princesa de Éboli), Rocío Giordano (Tebaldo), Alexander Vinogradov (Felipe II), José Bros (Don Carlos), Fabián Veloz (Rodrigo, Marqués de Posa), Alexei Tanovitski (El Gran Inquisidor), Lucas Debevec Mayer (Un monje), Marisú Pavón (Una voz del cielo), Iván Maier (El Conde de Lerma), Darío Leoncini (Un heraldo real). Orquesta y Coro Estables del Teatro Colón. Director de coro: Miguel Martínez.

Es tal la identificación del drama de Friedrich Schiller con la ópera de Giuseppe Verdi, que dan la impresión de haber nacido juntas. Sin embargo, la primera edición de Dom Karlos, Infant von Spanien tuvo lugar en 1787, el mismo año, por ejemplo, del estreno del Don Giovanni mozartiano. El desaguisado histórico que crea Schiller a partir de las figuras de Felipe II y su hijo, el infante Carlos de Austria, enfrentados sentimentalmente por el amor de una mujer y políticamente por los ideales libertarios del príncipe, si bien fue concebido en un contexto y un tiempo histórico bien diferente al de 1867, resultó el sustrato ideal para que Verdi enviara un mensaje de libertad en momentos cruciales para la emancipación del yugo austríaco y la unificación de Italia. Por extraño que parezca, el universo musical que acompañó la escritura y publicación de la obra de Schiller no eran los ecos heroicos de los coros nacionalistas de I lombardi o Nabucco de Verdi, ni siquiera la Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven —cuya “Oda a la alegría” escrita por Schiller en 1785 fue inmortalizada por el músico alemán en su última sinfonía en 1824—, sino la ligereza de la Tafelmusik de Georg Philipp Telemann, el pomposo heroísmo trágico de las óperas de Antonio Salieri o las inconmensurables profundidades de la música sacra de Johann Sebastian Bach.

La historia combina la trama política con la amorosa, que en poco y nada se corresponde con la verdad histórica, pero que permite crear situaciones dramáticas de alto voltaje teatral: el hijo de Felipe II, Carlos, está secretamente enamorado de la prometida de su padre, Isabel de Valois, quien en algún momento había sido prometida a él pero luego el destino la unió a Felipe. La sensación de impotencia y las ideas revolucionarias del marqués de Posa, inflaman el ánimo de Carlos, quien le solicita a su padre que lo envíe a gobernar Flandes, a lo que Felipe se niega. En tanto, la princesa de Éboli, enamorada de Carlos, le envía una carta citándolo, y él acude creyendo que se trata de la reina. Al rechazar a Éboli, ésta delata al príncipe y el rey lo entrega al Santo Oficio, pero en ese momento un misterioso fraile emerge de la tumba de Carlos V y arrastra hacia el interior al príncipe, ante el estupor de todos.

José Bros (Carlos), Béatrice Uria Monzon (Éboli) y Fabián Veloz (Rodrigo) 
en el segundo acto de Don Carlo, Teatro Colón, 2015

Esta obra monumental, pensada inicialmente en francés en cinco actos con todos los ingredientes de la Grand-Opéra francesa, y luego traducida al italiano y acortada en cuatro actos, contiene algunos de los momentos musicales más inspirados de Verdi, como los duetos entre Carlos y Rodrigo, o entre Felipe y el Inquisidor, el aria de Éboli o la gran escena final de Isabel frente a la tumba de Carlos V.

El enfoque de Eugenio Zanetti —responsable de la dirección escénica, escenografía y vestuario— subrayó la monumentalidad a través de una escenografía de gran impacto visual y el uso del escenario giratorio para los cambios de escena. Si es indiscutible su refinamiento estético, el marco resultó ciertamente sobrecargado y algunos detalles (un corazón de purpurina con luz interior o tres enanos disfrazados como personajes del cuadro de El Bosco, por citar sólo dos ejemplos) se deslizaban al kitsch. Pero, tal vez donde el planteo de Zanetti tuvo mayor debilidad fue en la apelación a un simbolismo algo pueril a partir del cuadro El jardín de las delicias de El Bosco, que se sabe que el Felipe II histórico tuvo en El Escorial. Su punto de partida, explicitado en un epígrafe proyectado antes de comenzar la música, fueron las ideas de decadencia y podredumbre, simbolizadas en las columnas derruidas, y las vísceras pintadas sobre el vestuario, pero nada de esto se transmitió en unas marcaciones y un trabajo corporal sumamente convencional que no consiguió crear ningún clímax teatral, ni siquiera en la ya de por sí apoteótica escena del Auto de fe.

Musicalmente las cosas no anduvieron mucho mejor. Esta partitura requiere de seis voces de primer nivel y gran calibre para hacer frente a la suntuosa orquestación, por lo que cada nueva producción de Don Carlo siempre genera mucha expectativa porque reúne a las más destacadas voces verdianas del momento, una por cada cuerda: soprano, mezzosoprano, tenor, barítono y bajo. Lamentablemente no fue este el caso del elenco reunido para esta producción y el barco liderado con las mejores intenciones y el buen pulso dramático de Ira Levin encalló debido a un conjunto de voces de mediano o escaso interés, en la que sólo destacaron la buena voz baritonal de Fabián Veloz y los resonantes graves del bajo Alexander Vinogradov.

Tamar Iveri (Isabel de Valois), Alexander Vinogradov (Felipe II), José Bros (Carlos)
y Fabián Veloz (Rodrigo) en el segundo acto de Don Carlo, Teatro Colón, 2015

Poco para decir de la soprano Tamar Iveri, quien con una voz monótona y de timbre opaco, ofreció un digno pero olvidable retrato de Isabel de Valois. Tampoco se hizo presente la incandescencia y sensualidad de la Princesa de Éboli, ya que la garganta de Béatrice Uria Monzon —que remplazó a la anunciada Violeta Urmana— evidenció demasiado sus límites en este repertorio. En el rol protagónico, al tenor José Bros —remplazo del doblemente cancelado este año Ramón Vargas— se lo escuchó exigido y fuera de su elemento, que seguramente sigue siendo el territorio del bel canto. Poco pudo verse de la neurótica obsesión de este hijo despechado, con un deseo infantil por todo lo que el padre tiene, su mujer y su corona.

En medio a esta medianía vocal, se destacó la voz robusta y generosa de Fabián Veloz, sumando otro rol verdiano en escenarios argentinos, luego de su reciente Iago, y ofreciendo un retrato, tal vez no demasiado profundo, pero sí elegante y cuidado de Rodrigo de Posa. También el Felipe II de Alexander Vinogradov brindó uno de los mejores momentos vocales de la velada, y sin duda el de mayor impacto interpretativo, con una gran versión de la escena “Ella giammai m’amò” (Ella nunca me amó) en la que transmitió el drama humano y las contradicciones de Felipe. Lamentablemente, el dueto con el Inquisidor, otro momento sobrecogedor de la partitura, naufragó debido a la casi inaudible voz de Alexei Tanovitski, en un rol muy por encima de sus posibilidades.

La batuta de Ira Levin, buscó compensar con énfasis y volumen orquestal, la tibieza del escenario, ofreciendo una lectura impetuosa de la partitura y concertando con eficacia los no pocos números de conjunto, en los que el Coro Estable mostró solidez y empaste.

Final de la escena del Auto de Fe de Don Carlo, Teatro Colón, 2015

Un gran despliegue escénico no se traduce necesariamente en profundidad dramática ni en impacto emocional, y esto es lo que, en mi opinión, ocurrió con la puesta escénica de Eugenio Zanetti. El fuerte aplauso que se le dedicó en el saludo final, da cuenta, indudablemente, de que el régisseur supo interpretar lo que cierta parte del público de ópera espera de una puesta.

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Octubre 2015

Ópera y homofobia
La soprano Tamar Iveri estuvo involucrada recientemente en un desagradable episodio que desembocó en un escándalo internacional que le costó la cancelación de varios contratos. En junio de 2014, mientras ensayaba el rol de Desdémona en la Ópera de Sydney, la soprano se manifestó en su cuenta de Facebook acerca de una marcha del orgullo gay en su país con términos ofensivos que generaron una inmediata repercusión. En su mensaje, Iveri no sólo se congratulaba de que se hubiera agredido a los manifestantes, sino que llamaba “materia fecal” a las personas con otras orientaciones sexuales. Aunque borró el mensaje y pidió disculpas públicamente, tanto la Ópera de Sydney donde estaba ensayando, como Opéra de La Monnaie de Bruselas donde debía cantar luego, rescindieron inmediatamente los contratos.

Imágenes gentileza Teatro Colón / Fotografías de Máximo Parpagnoli
Para ver más fotos ingresá a
www.facebook.com/tiempodemusica.argentina / Seguinos también en www.twitter.com/TdMargentina
__________
 
Espacio de Opinión y Debate
Estuviste en esta obra, ¿cuál es tu opinión? ¿Coincidís con este artículo? ¿Qué te pareció? Dejanos tu punto de vista en nuestro facebook o nuestro blog. Hagamos de
Tiempo de Música un espacio para debatir.

 
Publicado el 13/10/2015
     
WebMind, Soluciones Web Contacto © Copyright 2006/2014 | Todos los derechos reservados