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“L’elisir d’amore” en el Teatro Colón : Eficaz actualización de la comicidad
Una atractiva dirección escénica, un equipo vocal homogéneo y una concertación fluida confluyeron en una destacada versión de la ópera de Donizetti que el Teatro Colón programó para esta temporada. Por Ernesto Castagnino
 

Ivan Magrì (Nemorino), junto al Coro Estable del Teatro Colón, en el primer acto de L'elisir d'amore, Teatro Colón, 2015

L’ELISIR D’AMORE, ópera en dos actos de Gaetano Donizetti. Nueva producción escénica. Función del jueves 14 de mayo de 2015 en el Teatro Colón. Dirección musical: Francesco Ivan Ciampa. Dirección escénica: Sergio Renán. Escenografía: Emilio Basaldúa. Vestuario: Gino Bogani. Iluminación: Sebastián Marrero. Reparto: Adriana Kucerová (Adina), Ivan Magrì (Nemorino), Giorgio Caoduro (Belcore), Simón Orfila (Dulcamara), Jaquelina Livieri (Giannetta). Orquesta y Coro Estables del Teatro Colón. Director de coro: Miguel Martínez.

La ópera bufa desata una libertad en la que muchas veces lo excesivo o exagerado forma parte de la comicidad que se busca. Los que sin duda han cambiado considerablemente son los parámetros culturales de lo cómico desde los siglos XVIII y XIX cuando el género bufo tuvo su apogeo. Aquellas cosas que en 1832, cuando se estrenó L’elisir d’amore, resultaban hilarantes, hoy apenas despiertan una sonrisa comprensiva frente a tamaña ingenuidad. Cómo lograr que lo que hace casi doscientos años fuera comicidad garantizada genere hoy el mismo efecto, o al menos conserve algo de esa frescura, es el gran desafío de los directores de escena actuales que se enfrentan a títulos como el que nos ocupa.

Sergio Renán, cuya Flauta mágica de 2011 había dejado un sabor agridulce por una visión errática y carente de unidad, se puso al frente de esta nueva producción de la ópera donizettiana. Con un diseño audiovisual firmado por Álvaro Luna, el marco escenográfico tenía siempre como fondo una estética con sutiles referencias al cine animado norteamericano de las décadas del cuarenta y cincuenta, época además a la que Renán trasladó la acción. Adina es aquí la propietaria, no de una hacienda, sino de una fábrica de productos a base de naranja. Al igual que en La flauta mágica, Renán recurrió a la intertextualidad con el cine, y si en aquella oportunidad el resultado no convenció, en esta encontró la medida y el tono justos. Como ejemplo de esto último, mencionaremos la eficacia de algunas simpáticas imágenes proyectadas a modo de “pensamiento” de Nemorino o Belcore, alusivas a los personajes de Tristán e Isolda que aparecen mencionados en el primer acto. Precisamente a esto me refería más arriba en relación a la posibilidad de actualizar la comicidad.

El diseño escenográfico de Emilio Basaldúa, en el que dominaba la presencia de naranjas, era dinámico y daba fluidez a los abundantes desplazamientos del coro por medio de escaleras y rampas, mientras que el diseño de vestuario de Gino Bogani completaba un cuadro visual atractivo, en el que se evidenciaba un trabajo cuidadoso y detallista. Sergio Renán creó un espectáculo globalmente muy disfrutable, transitando hábilmente por la delgada línea que separa esa exuberancia propia de lo burlesco, del exceso que busca inútilmente eficacia a fuerza de saturar.

Ivan Magrì (Nemorino) y Simón Orfila (Dulcamara) en
el primer acto de L'elisir d'amore, Teatro Colón, 2015

El equipo vocal estuvo liderado por dos jóvenes cantantes de ideal presencia para los roles protagónicos. Adriana Kucerová es una soprano ligera capaz de hacer frente a la exigente coloratura donizettiana y, aunque actoralmente aún le falte algo de aplomo, compuso con honestidad un agraciado retrato de la caprichosa Adina. Precisa en los ataques y segura en la afinación, la soprano eslovaca, con ese timbre característico de soubrette que tiende a resultar algo filoso y escaso de cuerpo por momentos, restó algunos puntos a su interpretación debido a una dicción italiana ciertamente desdibujada.

A su lado, el siciliano Ivan Magrì desplegó buenos medios e interesante matización en su Nemorino. Un cálido y bien italiano timbre lírico, además de una buena proyección vocal fueron las prometedoras cualidades con las que dio vida al joven crédulo y enamoradizo. Y, sin ahorrar bellísimas medias voces y filados, llegó en buena forma al momento esperado por el público, el aria “Una furtiva lagrima” de la que brindó una memorable versión.

El farsante Dulcamara, uno de los roles emblemáticos para bajo bufo, fue interpretado por el español Simón Orfila, especialista en roles de bel canto. Resolvió con agilidad y precisión la veloz enumeración de su aria de ingreso “Udite, udite, o rustici”, con algunos (pocos) efectos vocales de comicidad como cantar en falsetto la palabra “isterici”. El Dulcamara de Orfila, lejos de los habituales ancianos panzones con que se suele identificar a roles de basso buffo, tenía una presencia juvenil, seductora, más cercana a la del astuto Fígaro que a la del senil Don Pasquale.

Adriana Kucerová (Adina) y Giorgio Caoduro (Belcore)  en
el primer acto de L'elisir d'amore, Teatro Colón, 2015

Giorgio Caoduro en el rol de Belcore presentó altos y bajos: su interpretación del sargento fue divertida y eficaz, aunque en el afán de dotar de autoridad militar al rol se excedió un poco en volumen, de modo que algunos sonidos abiertos resultaban ciertamente ásperos y alejados del estilo belcantista.

Ya consignamos, desde este medio, la destacada presencia de Jaquelina Livieri en el rol de Sophie, en el reciente Werther, y gratamente la volvimos a encontrar aquí como Giannetta, la amiga de Adina. Una feliz conjunción entre verdaderas dotes actorales y una voz cristalina y redondeada que corre sin dificultad dieron a este rol secundario un relieve poco habitual, confirmando el viejo adagio de que no hay roles pequeños si quien los encarna posee talento.

Al frente de la Orquesta Estable del Teatro Colón, la segura dirección de Francesco Ivan Ciampa dotó de energía —a veces demasiada— a la partitura de Donizetti. Buen concertador, Ciampa mantuvo unidas las fuerzas en los conjuntos, consiguiendo un sonido más robusto en general aunque no exento de matizaciones. Planteó con nitidez los dos planos que acompañan a este tipo de ópera: el bufo y el sentimental, el primero con sus vertiginosos tutti y el segundo con esa calidad melódica depositada en las cuerdas y algún instrumento solista. El Coro Estable, preparado por Miguel Martínez, tuvo no pocas ocasiones de lucimiento que aprovechó con excelente resultado.

Escena final de L'elisir d'amore, Teatro Colón, 2015

Una nueva producción de la popular ópera que tuvo todos los ingredientes para resultar un eficaz entretenimiento: una lectura musical llena de corazón, un equipo vocal juvenil y entusiasta y, finalmente, una concepción escénica que ofrezca el marco adecuado para que esa comicidad concebida hace 183 años se actualice y llegue al espectador.

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Mayo 2015

El bilingüismo, ¿un avance?
Como fue explicado oportunamente por Luciano Marra de la Fuente en su artículo Nuevo sobretitulado en las óperas del Teatro Colón, la gestión de Darío Lopérfido produjo su primer aporte visible en la novedad que implica tener un sobretitulado bilingüe (español-inglés). El anuncio emitido antes de la función resaltaba que con esta medida el Teatro Colón “se pone a la altura de las grandes salas del mundo”, algo que resulta como mínimo discutible ya que para comparar la calidad de los teatros serían preferibles tal vez otros parámetros, como la calidad de su programación, la capacidad de realizar nuevas producciones o la excelencia de sus cuerpos estables y talleres. La pregunta sería ¿cuál es la incidencia de espectadores angloparlantes por función que justifique tener un sobretitulado en inglés? ¿Por qué no hacerlo en portugués, guaraní o quechua, lenguas de países y culturas más cercanas a nosotros y, por lo tanto, con mayor derecho a gozar de ese beneficio?
En sus orígenes el sobretitulado fue muy resistido y discutido, pero hoy se plantea como un aliado en la búsqueda de que el público —fundamentalmente principiante— se sienta más compenetrado y se entusiasme con un género que en el último siglo fue considerado cada vez más elitista. Si la intención es captar nuevos públicos, hacer de la ópera un espectáculo accesible y más popular, la única pregunta que cabe hacerse frente a esta innovación es ¿a cuántos o a quién beneficia?

Imágenes gentileza Teatro Colón / Fotografías de Arnaldo Colombaroli y Máximo Parpagnoli
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Publicado originalmente el 18/05/2015

 
Publicado el 01/06/2015
     
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