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“Andrea Chénier” en el Teatro Avenida : Impulsos de juventud
Juventus Lyrica comenzó su temporada 2015 con esta difícil ópera de Umberto Giordano, no tan transitada en nuestros escenarios, en la que se destacó la actuación de un pujante joven elenco protagónico. Por Luciano Marra de la Fuente
 

Darío Sayegh (Andrea Chenier), junto al Coro de Juventus Lyrica, en el primer acto de Andrea Chenier, Teatro Avenida, 2015

ANDREA CHÉNIER, ópera de Umberto Giordano. Función del viernes 10 de abril de 2015 en el Teatro Avenida, organizada por Juventus Lyrica. Dirección musical: Antonio María Russo. Dirección escénica y vestuario: Ana D’Anna. Escenografía e iluminación: Gonzalo Córdova. Coreografía: Igor Gopkalo. Elenco: Darío Sayegh (Andrea Chénier), Juan Salvador Trupía y Rodríguez (Carlo Gerard), Sabrina Cirera (Maddalena de Coigny), Milagros Seijó (Bersi), Verónica Canavés (Condesa de Coigny / Madelon), Felipe Cudina Begovic (Roucher / Pietro Fléville / Dumas), Norberto Lara (El Increíble / Abate), Federico Rodríguez Salcedo (Fourquier Tinville), Walter Aón (Mathieu / Schmidt / Mayordomo), Norberto Crespi (Orazio Cocliff), Manuel Brener, Laura D’Anna, Ricardo Fasán, Guadalupe Montero y Cecilia Diéguez (Actores), Jade Gorosito, Belén Mon y Catarina Stutz (Bailarinas). Coro de Juventus Lyrica y orquesta. Maestro preparador del coro: Antonio María Russo.

Andrea Chénier (1896) de Umberto Giordano es una de esas óperas curiosas dentro del repertorio: poseen una alta popularidad entre los melómanos pero, a su vez, es una rara avis dentro de los escenarios operísticos. Tal vez su reconocimiento sea porque posee una serie de arias —el famoso “Un dì al azurro spazio” del primer acto, “La mamma morta” o “Nemico della patria” del tercero— que son muchas veces interpretadas en recitales de grandes cantantes o incluso en otros contextos dramáticos —el ejemplo más notorio es la grabación de “La mamma morta” por Maria Callas en una escena clave de la película Philadelphia (1993)—. Es una rara avis dentro los escenarios por las exigencias vocales y dramáticas que tienen todos los personajes (incluso los más secundarios) sobre una orquestación post-romántica, a la vez que su progreso dramático está ligado a un contexto histórico —antes de la Revolución Francesa y luego en los años del Terror— que toda concepción escénica no puede eludir.

Las últimas interpretaciones integrales de esta ópera en nuestro país a cargo de teatros oficiales —es decir, instituciones que poseen cuerpos artísticos y técnicos estables— fueron con resultados diversos hace casi diez y veinte años: en 2006 en el Teatro Argentino de La Plata y en 1996 en el Teatro Colón. Ya el programar esta obra como comienzo de la actual temporada de Juventus Lyrica, una organización independiente de ópera que lleva dieciséis años consecutivos de infatigable labor, es un verdadero reto. Esta agrupación, que se caracteriza por apostar a artistas jóvenes para ofrecerles experiencia sobre el escenario, eligió este título (y los restantes de su temporada) por dos razones, tal como lo explicita en el programa de mano: ser “una puerta importante para los que quieren animarse a la ópera por primera vez” —un objetivo muy loable— y ofrecer “a los melómanos la posibilidad de volver a emocionarse con partituras y libretos inmortales” —esto un tanto más discutible.

Los desafíos que presenta Andrea Chénier pueden satisfacer a esos dos objetivos, sobre todo al último, pero esta partitura es el doble de exigente para artistas nóveles por los ribetes musicales y dramáticos que les plantea. El convocar a un artista de vasta trayectoria para integrarse a un elenco de jóvenes —una práctica común en la historia de Juventus Lyrica y sobre todo lógica para determinados papeles— suele potenciar la experiencia escénica de los que recién comienzan. Esta vez se había anunciado al tenor Gustavo López Manzitti, quien interpretó al personaje protagónico en las funciones platenses; sin embargo, antes del comienzo de la función sin dar una causa oficial (ya sea por enfermedad, cancelación o lo que sea —en realidad uno puede deducir las razones—) se informó que el rol del poeta sería interpretado por Darío Sayegh. Este joven cantante —quien para Juventus Lyrica encaró los difíciles roles protagónicos masculinos de Cavalleria rusticana (2012), Tosca (2012), Il trovatore (2011) y Manon Lescaut (2010)— salió al ruedo con convicción escénica y estentóreos agudos, logrando un verdadero impacto, por ejemplo, en el arioso “Si, fui soldato” de la escena final del tercer acto.

Juan Salvador Trupía y Rodríguez (Gerard) y Sabrina Cirera (Maddalena), junto a solistas y coro,
en la escena final del tercer acto de Andrea Chénier, Juventus Lyrica, Teatro Avenida, 2015

A su lado, la soprano Sabrina Cirera —coprotagonista junto con Sayegh de las producciones antes mencionadas— compuso a una Maddalena de Coigny de menor a mayor. Tal vez la exagerada marcación del primer acto que aniñaba al personaje, con un exceso de energía, fue en detrimento de su prestancia vocal. Fue recién en el tercer acto donde se la escuchó más cómoda, en especial con una muy sentida versión de “La mamma morta”, quizá un tanto desbordada en lo emocional: este aspecto, que podría controlar seguramente en un futuro, sorprende porque deja ver, más allá de su juventud, a una interprete compenetrada de manera sincera con su personaje. El dúo final de la ópera fue, posiblemente, lo mejor de la noche: Sayegh y Cirera generaron un vínculo intenso, desbordando pasión interpretativa desde lo musical y lo escénico.

Carlo Gerard es el personaje más complejo de la ópera por tener que evolucionar dramáticamente, pasando por diferentes matices interpretativos, desde la sumisión inicial al heroísmo posterior, para luego encontrarse con las contradicciones de sus convicciones. Aquí estuvo interpretado de manera irreprochable desde lo musical por Juan Salvador Trupía y Rodríguez, con su sonora voz de bajo-barítono y logrando que su monólogo “Nemico della patria” haya sido un punto alto de la noche.

La propuesta escénica de Ana D’Anna —dirección y vestuario— y Gonzalo Córdova —escenografía e iluminación— siguió las líneas que plantearon el año pasado para Rigoletto: una estructura geométrica de diferentes alturas, más algunos telones con detalles de la arquitectura de la época, invadió el estrecho escenario del Teatro Avenida, sirviendo para los cuatro actos, con algunos cambios de disposición y elementos de utilería. Esa estructura, que pareció demasiado abigarrada para el salón de los Coigny durante el primer acto, funcionó perfectamente en los actos más extrovertidos, en especial la escena del juicio del tercer acto. Las marcaciones casi coreográficas de D’Anna, tanto para los solistas como para el coro, son una característica de su producciones y aquí se volvieron a desplegar, algunas más naturales que otras. Pero lo mejor fue, como ya se dijo más arriba, la escena final donde los vínculos de la pareja protagónica salieron a flor de piel, con movimientos mínimos y un estupendo marco lumínico de Córdova.

Sabrina Cirera (Maddalena) y Darío Sayegh (Andrea Chénier) en el dúo del
segundo acto de Andrea Chénier, Juventus Lyrica, Teatro Avenida, 2015

Antonio María Russo fue el responsable de la dirección de esta difícil ópera de Umberto Giordano, encontrando momentos de franca unión con los solistas principales, aunque en otros momentos, como durante el primer acto, perdió el balance del volumen de la orquesta sobre los cantantes. Tal vez algunas decisiones de tempi un tanto lentas —el dúo del segundo acto, por ejemplo— fueron en menoscabo de la actuación vocal. Sin embargo allí se escuchó, desde la orquesta y luego en los cantantes, ese aliento post-romántico característico del estilo de Giordano, que con el transcurrir de los actos fue renovándose. Las intervenciones del Coro de Juventus Lyrica fueron efectivas, logrando un sonido homogéneo y vitalidad escénica.

La sensación final, en este comienzo de temporada de Juventus Lyrica con Andrea Chénier, fue la de haber apreciado algunas escenas interpretadas por prometedores intérpretes, aunque con algunos baches entre una y otra, no logrando un arco dramático perfecto. Quizá sea ese el desafío que tienen todos los teatros y compañías, profesionales y/o independientes, al encarar esta célebre aunque compleja obra de Giordano. En esta oportunidad, más allá de lo que uno pueda observar, desde su más humilde subjetividad, se notó esa impulsividad que tienen los jóvenes —y que en definitiva es la sangre que necesita el teatro, y sobre todo la ópera— para enfrentar sin red las ideas preestablecidas y las dificultades a toda costa.

Luciano Marra de la Fuente
editor@tiempodemusica.com.ar
Abril 2015

Imágenes gentileza Juventus Lyrica / Fotografías de Liliana Morsia
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Publicado el 22/04/2015
     
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