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“La traviata” en La Plata : ‘Déjà vu’ verdiano
El Teatro Argentino comenzó su temporada lírica con la reposición de una de las más populares óperas de Giuseppe Verdi. La soprano Marina Silva ofreció una muy buena interpretación protagónica, junto a un destacado elenco. Por Luciano Marra de la Fuente
 

Marina Silva (Violetta) y Darío Schmunck (Alfredo), junto al Coro Estable, en la
escena final del segundo acto de La traviata, Teatro Argentino, La Plata, 2015

LA TRAVIATA, ópera de Giuseppe Verdi. Producción escénica 2014. Función del viernes 20 de marzo de 2015 en la Sala Alberto Ginastera del Teatro Argentino de La Plata. Dirección musical: Carlos Vieu. Dirección escénica, escenografía, vestuario e iluminación: Willy Landin. Reparto: Marina Silva (Violetta Valéry), Darío Schmunck (Alfredo Germont), Omar Carrión (Giorgio Germont), Rocío Arbizu (Flora Bervoix), Francisco Bugallo (Gastón), Alberto Jáuregui Lorda (Barón Duphol), Sebastián Sorarrain (Marqués d’Obigny), Víctor Castells (Dr. Grenvil), Claudia Casasco (Annina), Ricardo Franco (Giuseppe), Leonardo Palma (Un criado de Flora), Felipe Carelli (Un mensajero). Orquesta y Coro Estables del Teatro Argentino. Director de coro: Hernán Sánchez Arteaga.

Los comienzos de temporada, ya sea para un ente lírico oficial o uno privado, deberían suponer un gesto que representa la punta del iceberg de lo que sería, para los responsables de su dirección, la idea artística que regirá el plan anual. Más allá de que fueron concebidas por equipos diferentes, el Teatro Argentino de La Plata por segundo año consecutivo recurre a una producción del año anterior para comenzar una nueva temporada —el año pasado fue El holandés errante, esta vez fue La traviata— con pocas diferencias en el armado de su elenco. Pareciera que ese gesto inicial tiene que ver con un abaratamiento en los costos de producción que, ante la situación financiera tan delicada como la que viene atravesando el teatro platense desde hace varios años, es más que entendible.

La “diferencia” en el elenco para este año debería haber sido el protagónico de Paula Almerares en uno de sus personajes clave dentro de su repertorio —ya interpretado aquí en 2005 y 2007— y que marcaría su vuelta a este escenario tras cuatro años de ausencia con una ópera completa. Sin embargo, a dos días de la primera función se comunicó que Almerares cancelaba su presentación porque se encuentra padeciendo una laringitis y está en etapa de recuperación, por lo cual requiere reposo vocal por catorce días. Luego de una controversia en las redes sociales a comienzos de marzo —controversia que el propio Teatro, dándole entidad, salió a desmentir por las mismas redes—, la actuación de la artista platense no pudo ser. Lo que debería haber sido un comienzo de temporada rutilante fue, más allá de sus logros artísticos y ante un auditorio no completo en su totalidad, una función más de unas de las óperas más transitadas en el repertorio.

Gran expectativa generaba apreciar a la joven soprano Marina Silva en el difícil desafío de reemplazar a la soprano platense —luego de haber encabezado las funciones del elenco alternativo el año pasado—, y más teniendo en cuenta una notable actuación como Suzel en L’amico Fritz en el Teatro Roma de Avellaneda en 2008. El personaje de Violetta Valéry es, tal vez, uno de los más complejos de la literatura operística por el progreso psicológico que su intérprete debe enfrentar a lo largo de la obra, ineludiblemente unido a una variedad vocal poco usual, desde la ligera coloratura hasta los acentos cada vez más dramáticos hasta el final.

Darío Schmunck (Alfredo) y Marina Silva (Violetta) en la escena
final de La traviata, Teatro Argentino, La Plata, 2015

En la interpretación de Marina Silva ese progreso fue bastante contrastado: en el primer acto donde se exponen los aspectos más frívolos o extrovertidos de su personaje no se la escuchó tan cómoda —hubo alguna dificultad en la endiablada cabaletta “Sempre libera”, tal vez producto de los nervios del estreno— como, en cambio, en los momentos de desprotección, donde impactó sobradamente: logró conmover con su voz de soprano lírica, sus acentos dramáticos y un timbre cálido que bien se lo escucha en todas sus dinámicas. En el dúo del segundo acto con Germont, por ejemplo, lució unos bellos pianissimi en esas frases suspendidas que Violetta tiene como contestación, en tanto que su “Addio del passato” continuó por ese camino, con un cuidadoso fraseo y una manera minuciosa de decir las palabras. La caracterización de Marina Silva, sin lugar a dudas, irá creciendo con el desarrollo de su incipiente carrera: hoy en día ya brinda una Violetta Valéry sentida, con presencia escénica y esmerada línea de canto.

A su lado se lucieron nuevamente el tenor Darío Schmunck y el barítono Omar Carrión, en una perfecta interpretación de Alfredo y su padre Germont, respectivamente. Schmunck pasa de los aspectos más galantes del primer acto a los más sentidos en el comienzo del segundo acto, con una preciosa línea de canto, por ejemplo, en el aria “De’ miei bollenti spiriti”, hasta llegar a la impulsiva reacción del final de ese acto con una fuerza casi heroica en el desprecio a Violetta. Como corolario, el tenor se unió perfectamente a la voz de Silva en “Parigi, o cara”, ese dúo final de tintes nostálgicos y añoranza.

También de esa manera, Carrión logró uno de los mejores momentos de la noche en el dúo del segundo acto con Silva, el clímax de la ópera donde se confrontan sus personalidades y se da un verdadero momento de manipulación, más allá de las frases galantes verdianas. Su impactante fraseo y su prestancia escénica hacen que su Germont sea impecable.

La puesta concebida absolutamente en todos sus aspectos —dirección escénica, escenografía, vestuario e iluminación— por Willy Landin —flamante (tal como se consigna en el programa de mano) Director de Producción Escenotécnica del Teatro Argentino—, ya comentada aquí el año pasado por mi colega Ernesto Castagnino, tiene como idea que el contexto es determinante para los destinos de los protagonistas de la historia: por eso agiganta los elementos que integran el boudoir de la protagonista —un tocador con espejo, un collar de perlas, una cartera, una valija—. En ese cambio de tamaño, ganan los actos más extrovertidos (el primero y el cuadro segundo del segundo), aunque hay tal vez una falta de convencimiento de la línea trazada. El divertimento de gitanas y toreros, por ejemplo, comienza estilizado como si fuera un cuadro de un fino burdel con bailarinas con plumas y ligeras de ropas, pero cuando el texto hace referencia a las gitanas que leen las manos a Flora y al Marqués aparecen las bailarinas caracterizadas de esa manera; algo similar ocurre en la segunda parte de los toreros que empieza con un viejo borracho que representa a Piquillo que es mofado por el resto, generando un clima decadente, aunque de repente aparezcan gitanas y toreros revoleando abanicos y capas a la vieja usanza.

Darío Schmunck (Alfredo) y Marina Silva (Violetta) en el primer cuadro
del segundo acto de La traviata, Teatro Argentino, La Plata, 2015

El gigantismo de los objetos atenta sobre todo en los actos íntimos de la obra y la elección de Landin pareciera que es ignorar su presencia, montando escenas con elementos a escala normal sobre ese contexto alterado. Si en el primer acto un enorme jabón servía de sillón, en el comienzo del segundo acto, a la vera de una sombrilla enorme, sillones de mimbre en su tamaño real —muy parecidos, quizá los mismos, que se utilizaban en la puesta anterior del Argentino— sobre el tocador con espejo agigantado son el ámbito para debatir el destino de la protagonista. Igual solución tuvo la cama de la desfalleciente Violetta frente a unos enormes frascos vacíos. Más allá de estos detalles visuales no tan coherentes, faltó la generación de verdaderos vínculos afectivos en la actuación de los personajes para que las situaciones extremas que se desarrollan en estos actos pudieran ser efectivas emocionalmente.

Ese vínculo sí estuvo presente en la dirección musical, a cargo de Carlos Vieu, quien brindó una lectura de la partitura verdiana apasionada, con las dosis de ligereza y dramatismo necesarias. La Orquesta Estable del Teatro Argentino respondió de manera óptima a su interpretación, logrando momentos concertantes de impactante belleza (las suaves dinámicas en el dúo del segundo acto, por ejemplo) o ajustada concentración (en los momentos más rápidos del acto primero o el comienzo del segundo cuadro del acto segundo). El Coro Estable, preparado por Hernán Sánchez Arteaga, tuvo un sonido homogéneo y preciso rítmicamente en todas sus intervenciones, sobre todo en la stretta del primer acto.

El comienzo de la actual temporada lírica del Teatro Argentino de La Plata con la producción 2014 de La traviata fue como un déjà vu: la indudable calidad artística de los cuerpos estables, tanto musicales como técnicos, más un elenco probado y destacado, todos al servicio de una de las obras más representadas del repertorio. Más allá de esa impresión y de las circunstancias que aquejaron este inicio, fue la posibilidad de redescubrir a una ascendente soprano como Marina Silva que, esperemos, tenga más oportunidades en nuestros escenarios, pero sobre todo en el de la ciudad de las diagonales.

Luciano Marra de la Fuente
editor@tiempodemusica.com.ar
Marzo 2015

Para agendar
La traviata se representará nuevamente con el elenco aquí comentado el viernes 27 y el domingo 29 de marzo, mientras que el sábado 28 se llevará a cabo una función del Ciclo Ópera Abierta que “fue creado este año con el fin de brindar experiencia a cantantes jóvenes seleccionados mediante audición”. Allí, bajo la dirección musical de Diego Censabella, sus protagonistas serán Laura Penchi (Violetta), Arnaldo Quiroga (Alfredo) y Ernesto Bauer (Germont). Más info: www.teatroargentino.gba.gov.ar

Imágenes gentileza Teatro Argentino de La Plata / Fotografías de Guillermo Genitti
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Publicado el 27/03/2015
     
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