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Daniel Barenboim y la Orquesta West-Eastern Divan en el Teatro Colón : Final de partida
En el Mozarteum Argentino, el último concierto porteño del eximio director argentino-israelí permitió vislumbrar las virtudes extraordinarias de la orquesta juvenil formada por músicos de Medio Oriente. Por Luciano Marra de la Fuente
 

Daniel Barenboim y la Orquesta West-Eastern Divan en el Teatro Colón, Mozarteum Argentino, 2014

ORQUESTA WEST-EASTERN DIVAN. Dirección: Daniel Barenboim. Concierto del miércoles 13 de agosto de 2014 en el Teatro Colón, organizado por el Mozarteum Argentino. Mozart: Obertura de Le nozze di Figaro. Adler: Resonating Sounds (estreno). Roustom: Ramal (estreno). Ravel: Rapsodia española / Alborada del Gracioso / Pavana para una infanta difunta / Bolero.

Daniel Barenboim visitó la Argentina durante la primera quincena de agosto, donde realizó en el Teatro Colon diez conciertos, la mayoría enmarcados en el Festival de Música y Reflexión organizado por el mismo teatro y que se extenderá hasta 2016. El Festival —que incluyó una charla con Felipe González— fue también la ocasión de la esperada vuelta de Martha Argerich al Colón, actuando como solista de uno de los conciertos de Beethoven, también como pareja en el dúo de pianos con Barenboim y una intervención en El carnaval de los animales de Camille Saint-Saëns junto a Les Luthiers.

Junto a la Orquesta West-Eastern Divan, Barenboim dirigió cuatro funciones de abono para la temporada lírica del Colón con fragmentos de Tristán e Isolda de Richard Wagner y un concierto gratuito en Puente Alsina con obras de Maurice Ravel. Sus presentaciones, finalmente, se coronaron con dos conciertos con un único programa —el mismo que interpretaría a la semana siguiente en el festival londinense de los Proms de la BBC—, organizados por el ciclo del Mozarteum Argentino, entidad privada que mantiene una relación de larga data con el director y pianista argentino-israelí, y es quien verdaderamente mantuvo y sigue manteniendo el lazo del artista, en diferentes etapas de su carrera, con nuestro país.

Tal vez como homenaje a esta asociación de conciertos, el concierto se inició con una magnífica versión de la Obertura de Le nozze di Figaro de Wolfgang Amadeus Mozart. Las cuerdas y los fagotes dieron inicio con una dinámica casi imperceptible a este “Presto” vertigionoso, y donde los matices dinámicos siempre fueron bien trabajados en el conjunto. Evitando desbordes enfáticos en las cuerdas —tan comunes en ciertas interpretaciones— y con una precisión admirable en las intervenciones del grupo de instrumentos de madera, durante los pocos minutos que dura la pieza reinó la idea de liviandad, tan cara a las texturas clásicas y que le queda muy bien a las óperas bufas de Mozart.

En lugar de un concierto para instrumento solista, como es tradicional en este tipo de presentaciones, Barenboim ofreció como final de la primera parte del programa dos obras sinfónicas encargadas para la joven orquesta, con la particularidad de que estos compositores son de nacionalidades de medio oriente, uno sirio y un israelí. Esta idea de conjugar dos artistas de diferentes culturas musicales está en concordancia al diálogo intercultural, fundacional de la Orquesta West-Eastern Divan creada en 1999 por el propio Barenboim y el filósofo palestino Edward Said. Con este noble objetivo en mente, las obras aquí escuchadas tuvieron características bastante disímiles aunque con un bagaje musical que las enraíza en estéticas hegemónicas del siglo XX.

Daniel Barenboim y la Orquesta West-Eastern Divan en el Teatro Colón, Mozarteum Argentino, 2014

El ataque en pianissimo de las cuerdas (algunas de ellas utilizando los armónicos) y la abrupta irrupción del tutti orquestal en un fortísimo cluster marcó el comienzo de Resonating Sounds del israelí Ayal Adler (1968). Esta idea de contrastes estuvo presente a lo largo de los ocho minutos que duró la obra, que necesita la intervención de seis percusionistas con un importante set que incluye gong, tambores, marimba, cajas, tubos y xilofón. La actividad frenética de la percusión y las maderas convivió en ciertas secciones con el movimiento estático de las cuerdas (o viceversa) generando interesantes planos sonoros, y que se disolvían en silencios abruptos o en estruendosos acordes que remitían a la estética expresionista. El piano, ubicado en el medio de la orquesta, parecería que organizaba ese movimiento entre secciones: a partir de él es que el movimiento rápido se transmite a la percusión y luego a las cuerdas. Hacia el final, una línea de los violoncellos (y después en el resto de las cuerdas) sonó sutil en cuanto dinámica y velocidad frente a los borbotones sonoros de los vientos y la percusión, desembocando en un motivo anguloso del tutti acompañado por el tambor en un último crescendo que finaliza súbitamente, resonando tranquilamente.

La fanfarria de toda la orquesta con la cual comienza Ramal del sirio Kareem Roustom (1971) anticipa el carácter de toda la pieza: un lenguaje mayormente diatónico con una energía rítmica impresionante, derivada según el autor de una de las métricas poéticas pre-islámicas de la poesía clásica árabe, de allí el título de la obra. Los motivos repetidos de los violines sobre largas frases de las cuerdas graves recuerdan a ciertas obras minimalistas estadounidenses, pero en ciertas secciones lentas el aliento post-romántico se hace presente en la melodía y la orquestación, remitiendo a una estética cinematográfica hollywoodense. Es interesante como con todos estos elementos la obra funciona como vehículo para el lucimiento de todas las secciones orquestales, ya sea de manera solista o en conjunto, aquí magníficamente interpretada por los jóvenes músicos.

En la segunda parte del programa se pudo escuchar la selección de obras orquestales de Maurice Ravel que remiten a su imaginario español. En lugar de ser presentadas como una posible “sinfonía imaginaria” en cuatro movimientos —una buena idea que la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires había realizado en el concierto de su 60° aniversario en 2006—, cada una de las obras se presentó de manera independiente con un sentido de los matices dinámicos y colores orquestal excepcionales.

La línea de las cuerdas en el ataque del inicio del “Preludio a la noche” de la Rapsodia española (1907) sonó perfecta en su afinación y con un pianissimo extremo. Es interesante como, por ejemplo, la línea melódica empezó quedada y adquirió carácter “español” en la “Habanera”, en tanto los cambios dinámicos y hermosos glissandi en la “Feria” final fueron explosivos, con un excitante nivel de nerviosismo, propio de la aparición de los diferentes episodios rapsódicos. Ese nerviosismo también estuvo presente en la Alborada del gracioso (1905/17), destacándose la solista de fagot en la sección central y el frenesí sonoro que se generó hacia el final.

Daniel Barenboim y la Orquesta West-Eastern Divan en el Teatro Colón, Mozarteum Argentino, 2014

La concentración y musicalidad extrema se logró en la Pavana para una infanta difunta (1899/1917), donde, más allá de las precisiones técnicas, la orquesta encontró un nivel interpretativo superlativo, que hizo que fuera lo mejor de toda la noche. El carácter melancólico de la pieza fue dado desde el ataque preciso de la melodía inicial por el corno solista y los fagotes sobre el pizzicato de las cuerdas. Las hermosas texturas logradas por las cuerdas, la sutileza del arpa, el tempo quedado de la marcha de las diferentes secciones o el silencio demasiado pronunciado antes de la sección conclusiva, diáfana y sutil, fueron algunas de las características de su interpretación, en donde la frase final se perdió en un extraordinario silencio.

Desde ese silencio se escuchó casi imperceptible el toque del tambor al inicio del Bolero (1828), obra de lucimiento orquestal por excelencia, aquí con un ingrediente adicional: Barenboim dio la indicación de comienzo y decidió retirarse del podio, se sentó primero entre las maderas, luego en un palco avant-scène y finalmente no se lo vio más. Así el protagonismo recayó en los propios músicos que, sin lugar a dudas, hicieron música de cámara con esta impresionante obra sinfónica: se notó la concentración de cada uno de ellos en sus intervenciones solistas, la atención entre diferentes secciones que hacían el acompañamiento y un sentido de mesura dinámica para llegar al estallido final tan efectivo.

Ante la gran ovación del público, Barenboim volvió y dijo que, luego de lo escuchado, no había más para interpretar. Entre risas dijo que volverían a tocar una pieza que le daba mucha satisfacción y en esta oportunidad aún más, dado que el músico que la arregló estaba presente en la sala. Así, ofreció El firulete de Mariano Mores en versión para vientos y percusión, realizada por José Carli. Luego de más aplausos fue el turno de una larga despedida de Barenboim, agradeciendo como lo recibió el público en esta visita, abogando por la paz en Medio Oriente y anticipando que el año próximo el Festival de Música y Reflexión tendrá conciertos de cámara en diferentes sedes religiosas, cristianas, judías y palestinas. Lo logrado en este excelente concierto del Mozarteum Argentino por la Orquesta West-Eastern Divan, bajo la guía de Daniel Barenboim y aún más, sin su figura paternalista en el podio, da cuenta de lo que los seres humanos, mancomunados por la música, pueden lograr para una justa convivencia.

Luciano Marra de la Fuente
editor@tiempodemusica.com.ar
Septiembre 2014


Imágenes gentileza Mozarteum Argentino / Fotografías de Liliana Morsia
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Publicado originalmente el 08/09/2014

 
Publicado el 30/09/2014
     
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