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“Otello” en Santiago de Chile : Otello auf London
Antonello Allemandi, en el foso, y Pablo Maritano, en el escenario, firmaron un Otello enérgico, arraigado en la estética del teatro isabelino. Por Cristóbal Astorga Sepúlveda (corresponsal en Chile)
 

Una escena del segundo acto de Otello, Teatro Municipal de Santiago de Chile, 2014

OTELLO, ópera en cuatro actos con música de Giuseppe Verdi y libreto de Arrigo Boito. Nueva producción escénica. Función del sábado 2 de agosto de 2014 en el Teatro Municipal de Santiago de Chile. Dirección musical: Antonello Allemandi. Dirección escénica: Pablo Maritano. Escenografía e iluminación: Enrique Bordolini. Vestuario: Luca Dall’Alpi. Reparto: Kristian Benedikt (Otelo), Keri Alkema (Desdémona), Evez Abdulla (Yago), Claudio Fernández (Rodrigo), Evelyn Ramírez (Emilia), Alexey Thikhomirov (Lodovico), Sergio Járlaz (Casio), Sergio Gallardo (Montano), Javier Weibel (Un heraldo). Coro del Teatro Municipal, director de coro: Jorge Klastornick. Orquesta Filarmónica de Santiago.

A veces, la traducción es mejor que el original. George Steiner lo expresó con el término 'transfiguración': “traducciones cuyo virtuosismo verbal o profundidad de sentimiento o impacto histórico sobrepasa al texto primario.” La Antigonä de Hölderlin transfigura a la Antígona de Sófocles y, para Steiner, el Otello de Verdi/Boito al Othello de Shakespeare. No es sólo el texto de Boito el que sobresale, sino la forma en que su organización dramática se presentó como un material idóneo para el tratamiento musical, de forma que la poética del texto propulsa al material musical. Pocas óperas transcurren tan fluidamente como esta. Y a pesar de esa continuidad, la música sigue siendo estrictamente operística. El lenguaje sinfónico del Verdi maduro es una extraña amalgama de tradición e innovación. Ahí está, por ejemplo, el que ha de ser el concertado más complejo jamás escrito por él, el que cierra el tercer acto, donde intenta hacer avanzar la acción y, al mismo tiempo, detener el tiempo frente a la violencia que Otelo ha ejercido sobre Desdémona. El viejo Verdi era todavía un innovador a sus 74 años.

¿Por qué entonces recurrir a Shakespeare? Es posible que las falencias dramáticas de Roméo et Juliette de Charles Gounod, o incluso de Macbeth del mismo Verdi, incuben la tentación de compensar sus déficits con referencias al texto original en que se basaron. Pero Otello es una obra que se para por sí sola, ¿por qué la falta de confianza? Pablo Maritano, que firma la puesta en escena, sucumbió a la tentación, y montó un “escenario sobre el escenario”, cuya referencia es The Globe, el recinto isabelino de representación teatral, con su correspondiente impacto en el vestuario, un hermoso despliegue de moda de comienzos del siglo XVII a cargo de Luca Dall’Alpi. La estrategia de Maritano es en principio interesante, en la medida en que contribuye a alienarnos, despejando el camino para que podamos interrogar sobre algunas cuestiones: raza, género, la naturaleza de la motivación de Iago. Pero nada de esto es enfrentado por Maritano, que en general prefirió mantenerse al margen de toda polémica. El escenario móvil se volvió también un estorbo para escenas como el brindis del acto primero, y su transformación en alcoba gótica para el acto final resultó un vuelco estético chocante. Dos proyecciones en el acto primero (gotas de lluvia para la tormenta, estrellas para el dúo de amor) resultaron elementos ajenos y poco integrados.

 Kristian Benedikt (Otelo) en su entrada en el primer acto
de Otello, Teatro Municipal de Santiago de Chile, 2014

El tenor lituano Kristian Benedikt enfrentó el rol titular con entereza. Después de un promisorio “Esultate!”, rotundo, directo, unilateral, Benedikt manifestó una voz dividida, con una zona media incolora. El timbre es oscuro, abaritonado, yendo de lo áspero a lo aterciopelado en sus mejores momentos. Su desempeño escénico es modesto, aunque no recurre por fortuna a los grandes gestos, tan manidos por otros intérpretes del rol. Con un moro así, el Yago de Evez Abdulla lució sobreactuado. La voz de Abdulla no es particularmente hermosa, lo que no tiene por qué ser un obstáculo para un rol esencialmente malévolo. Su “Credo” fue correcto, con un énfasis innecesario en las consonantes. No le agregó carcajadas, lo que se agradece, pero su tratamiento es el de un Yago espeluznante. “Onesto Iago”, como lo llama el moro en el libreto, no es la etiqueta que uno esperaría oírle aplicada.

Keri Alkema, en Desdémona, mostró un material luminoso. Hizo patente que se trataba de su primera vez en el rol al confundir varias frases en la “Canción del Sauce”. Se trata eso sí de una bella voz, con buena proyección en los piani, y un descenso muy elegante a la zona grave (por ejemplo, en su enfrentamiento con Otelo en “Dio ti giocondi o sposo”). El Casio de Sergio Járlaz es una revelación: una voz de grandes proporciones, muy bien proyectada, con un timbre individual de extraño atractivo. Por cierto, tendría que matizar más la emisión: todo suena forte y poco sutil. Como siempre, excelente Evelyn Ramírez en Emilia. Alexey Thikhomirov tiene una voz de bajo excesivamente autoritativa. Lodovico, un rol que es todo gravitas, sonó más como un elemento disruptor que conciliador.

Kristian Benedikt (Otelo) y Evez Abdulla (Yago) en la escena final del
segundo acto de Otello, Teatro Municipal de Santiago de Chile, 2014

En el foso, Antonello Allemandi optó por un enfoque directo y sin concesiones. Desde el tormentoso comienzo de la obra, sus tempi fueron enérgicos y veloces. Por momentos esto redundó en el estreno en ciertas descoordinaciones con los solistas (así, en el trío “Questa è una ragna”). Pero los balances se mantuvieron, en especial para la banda sul palco en el breve “intermezzo” del acto segundo que marca la entrada de Desdémona (“Dove guardi splendono”, con guitarra y mandolina, aunque esta vez sin niños solistas), y para los metales, perentorios y nefastos, que anuncian la llegada de la delegación veneciana en el acto tercero. En esta línea, sin medias tintas ni melosidades, el corno inglés que abre el acto cuarto entregó un calor cotidiano a la escena, sugiriendo una suerte de horizontalidad para la conversación entre Emilia y Desdémona, por más que la escenografía no ayudara a sugerir nada muy optimista.

Otello volvió así después de ocho años al Teatro Municipal con un resultado globalmente parejo y satisfactorio (y hay que decir que hasta donde vamos, la temporada ha resultado una de las más equilibradas de los últimos años). En 2006 un conflicto interno del Teatro obligó a cancelar varias funciones. La deuda está felizmente saldada, y es de esperar que prontamente se haga lo mismo con La Gioconda, también tristemente suspendida.

Cristóbal Astorga Sepúlveda
kastorgas@tiempodemusica.com.ar
Santiago de Chile, agosto de 2014


Imágenes gentileza Teatro Municipal de Santiago de Chile / Fotografías de Patricio Melo
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Publicado el 15/08/2014
     
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