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El Jerusalem Chamber Music Festival en el Teatro Colón : Impulsos instrumentales
En la temporada del Mozarteum Argentino, el ensamble dirigido por la pianista Elena Bashkirova presentó un programa rico en estilos e interpretaciones, aunque se destacó en las obras del siglo XX. Por Luciano Marra de la Fuente
 

Ensamble del Jerusalem Chamber Music Festival, Mozarteum Argentino, Teatro Colón, 2014

ENSAMBLE DEL “JERUSALEM CHAMBER MUSIC FESTIVAL”. Elena Bashkirova, piano y dirección. Michael Barenboim, violín. Axel Wilczok, violin. Madeleine Carruzzo, viola. Timothy Park, violoncello. Concierto del martes 24 de junio de 2014 en el Teatro Colón, organizado por el Mozarteum Argentino. Mozart: Cuarteto para piano y cuerdas N° 1 en Sol menor, K. 478. Schnittke: Quinteto para piano y cuerdas. Webern: Cuarteto para cuerdas, Op. 28. Schumann: Quinteto para piano y cuerdas en Mi bemol mayor, Op. 44.

La quinta propuesta para este año del Mozarteum Argentino recayó en un concierto de cámara a cargo del Ensamble del “Jerusalem Chamber Music Festival”, dirigido por la pianista Elena Bashkirova (que es también esposa de Daniel Barenboim). Ese festival se realiza todos los años desde su fundación en 1998 en la capital de Israel a lo largo de dos semanas, convocando tanto a músicos de ese país como a europeos y llevando a cabo una idea de programación coherente e interesante. Esas características estuvieron presentes en el programa para su presentación en el Teatro Colón: dos cuartetos y dos quintetos, cada uno contrastantes entre sí por estilo y época, dándole la posibilidad de explorar los diversos registros técnicos y de carácter.

El grupo que hizo este viaje musical del Clasicismo al siglo XX estuvo integrado por músicos ligados de una manera u otra a Daniel Barenboim: además de Bashkirova, actuaron los violinistas Michael Barenboim —hijo del director y concertino de la Orquesta West-Eastern Divan— y Axel Wilczok —concertino de la Staatskapelle de Berlín—, la violista Madeleine Carruzzo —integrante de la Orquesta Filarmónica de Berlín— y el cellista estadounidense Timothy Park —integrante de la Staatskapelle de Berlín—.

“Cuatro personas racionales conversando” fue la descripción que Goethe le dio a un cuarteto característico de la segunda mitad del siglo XVIII. En el Cuarteto para piano y cuerdas N° 1, K. 478 —la obra con la cual el ensamble comenzó el programa—, Wolfgang Amadeus Mozart generó una “conversación” muy particular al incorporar un piano a un trío de cuerdas: la sonoridad distintiva del piano frente a las cuerdas produce un dialogo más concertante dentro del estilo clásico. Aquí tal vez se escuchó en una interpretación un tanto apagada más allá de los méritos individuales de cada instrumentista.

Bashkirova, con un sonido omnipresente, pareció que se sintió más cómoda en las partes lentas —por ejemplo al comienzo del “Andante”— que en las del impulso veloz de los temas —ciertas partes del “Allegro” inicial—, mientras que Michael Barenboim lució unos bellos trinos y generó un lindo contrapunto con la viola de Carruzzo durante el movimiento inicial. En el “Andante”, al ataque inicial de las cuerdas quizá le faltó temple, aunque luego sonaron mucho más homogéneas y en un tono galante y parsimonioso que fue imitado por el piano también, en tanto que en el “Rondó” final hubo, más allá de un golpeteo de acordes del piano demasiado fuerte, un interesante trabajo de dinámicas, enfatizando ciertas frases y encontrando un ensamblaje justo hacia el final del movimiento.

Ensamble del Jerusalem Chamber Music Festival, Mozarteum Argentino, Teatro Colón, 2014

Las obras del siglo XX en el corazón del programa fueron lo mejor interpretado de la noche, como si los músicos sintieran mayor empatía con este repertorio. Su nivel de concentración y musicalidad fue extremo, generando uno de los momentos más disfrutables del concierto, pese a las toses reinantes del público en partes de dinámicas sumamente delicadas.

El Quinteto para piano y cuerdas (1976) de Alfred Schnittke mostró el estilo consolidado de este compositor soviético, heredero de la tradición musical de Dimitri Shostakovich, y en el que apela a diferentes recursos estilísticos para generar un discurso coherente desde lo formal y emocional. El resultado es una obra de ánimos cambiantes, en donde los cinco instrumentistas tienen sus momentos de lucimiento, solos y en conjunto.

Las frases entrecortadas del piano en el “Moderato” inicial encontraron el tono elegíaco preciso en manos de Bashkirova, en tanto que fue impecable la entrada de las cuerdas en pianissimo, una dinámica que se mantuvo durante este primer movimiento de manera excepcional. En el siguiente movimiento, nuevamente el piano fue el que llevó el carácter del “In tempo di valse”, mientras las cuerdas realizaron una inquietante línea oscilante con la utilización de microtonos en diferentes dinámicas a lo largo del fragmento. En el “Andante” central nuevamente se lució el cuarteto de cuerdas de manera expresiva, tanto en ese extenso trémolo del comienzo como en la frase enfática hacia el final, al que se le acopló el piano de manera justa, ya sea en los primeros pequeños motivos abiertos como en el expresivo acompañamiento repetido.

Tanto el primer violín de Barenboim como el cello de Park sonaron de manera enfática en el “Lento” para luego unirse de manera perfecta con el resto de las cuerdas y a la línea pendulante del piano en una dinámica forte hasta llegar a una nota repetida, casi obsesiva y sombría. Este instrumento cambió de manera abrupta ese carácter por una melodía mucho más alegre en la zona aguda, con tintes straussianos, al iniciarse el “Moderato pastorale”. El toque de Bashkirova de esa melodía repetida que recorre este movimiento en forma de passacaglia fue excepcional, al igual que los giros de las cuerdas, de una tersura romántica. La suspensión en un pianissimo hacia al final de la obra generó un momento de fuerte emotividad.

El Cuarteto para cuerdas, Op. 28 (1938) de Anton Webern —la última obra de cámara de su producción que se caracteriza por la concisión y su lenguaje atonal— permitió volver a confirmar las mismas características que los cuatro instrumentistas habían logrado en la obra de Schnittke. Un nivel amplio de concentración atravesó los breves tres movimientos de la obra, logrando un sonido homogéneo, matices dinámicos bien realizados y sutilezas en el toque de los instrumentos. Vale la pena destacar, por ejemplo, las frases de la viola y el violoncello del “Mässig” (moderado) inicial, el exacto ensamble en los arranques de velocidad del “Gemächlich” (pausado) y el estupendo glissando del primer violín y la salida muy sutil del violoncello al final del “Sehr fliessend” (muy fluido).

Ensamble del Jerusalem Chamber Music Festival, Mozarteum Argentino, Teatro Colón, 2014

La última obra del programa fue el Quinteto para piano y cuerdas en Mi bemol mayor, Op. 44 (1842) de Robert Schumann, una de las obras fundamentales dentro del repertorio de esta formación de cámara. Las voces se integran de una manera orgánica desarrollando los diferentes motivos, en una técnica heredada de Beethoven, y en donde el piano tiende a dominar de manera enérgica y expresiva. Y así lo hizo en su interpretación Bashkirova, que por momentos avasalló a sus compañeros, por ejemplo, empujándolos a seguir su impulso rítmico en el enfático segundo movimiento “In modo d’una Marcia”. A veces el temple de las cuerdas se perdió en pos de la exaltación dinámica, por ejemplo, en la frase inicial del “Allegro brillante” o en uno de los episodios del “Allegro ma non troppo” final.

Más allá de esto, se pudieron escuchar momentos donde las cuerdas sonaron bien ensambladas, por ejemplo, al comienzo del alborotado “Scherzo”, y también generaron momentos de delicadeza a través de los dúos o tríos bien servidos, por ejemplo, en el segundo tema del movimiento inicial o en el tema lírico del segundo movimiento. La llegada al clímax final, con esas líneas enfáticas, fue bien realizada, desembocando en un fugado preciso y una conclusión bien lírica.

Las texturas, los cambios dinámicos y el precipitado desarrollo de ideas musicales de la obra de Schumann, a cargo de los cinco instrumentistas del Jerusalem Chamber Music Festival, fueron como un borbotón de sonidos para una audiencia que pareció no salir de su perplejidad y simplemente respondió con un tibio aplauso —algo que ya había pasado en las obras anteriores—, lo cual no logró que el ensamble ofreciera una obra fuera de programa. Esa sensación de impulso coartado, característico del Romanticismo, emanó en el cierre de este heterogéneo concierto del Mozarteum Argentino.

Luciano Marra de la Fuente
editor@tiempodemusica.com.ar
Julio 2014

Para agendar
Los próximos conciertos del Mozarteum Argentino serán en el mes de agosto. El lunes 11 y el miércoles 13 se presentará la Orquesta West-Eastern Divan dirigida por Daniel Barenboim con un programa integrado por la Obertura de Le nozze di Figaro de Wolfgang Amadeus Mozart, Ramal de Kareem Roustom, Resonating Sound de Ayal Adler, y cuatro obras de Maurice Ravel: Rapsodia española, Alborada del gracioso, Pavana para una infanta difunta y Bolero. La mezzosoprano Joyce DiDonato volverá a nuestro país, acompañada por el pianista David Zobel, el lunes 18 y el miércoles 20, ofreciendo un recital con arias y canciones de cámara de Haydn, Santoliquido, Rossini, Hasse, Handel, Foster-Kran, Kern y Villa-Lobos.
Más info: www.mozarteumargentino.org

Imágenes gentileza Mozarteum Argentino / Fotografías de Liliana Morsia
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Publicado el 11/07/2014
     
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