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“Adriana Lecouvreur” en el Teatro Avenida : Sensibilidad musical
Con la experta batuta de Carlos Vieu y un notable desempeño orquestal, continuó la temporada de Buenos Aires Lírica con la ópera más conocida de Francesco Cilea, en la que destacaron las protagonistas femeninas. Por Ernesto Castagnino
 

Escena del tercer acto de Adriana Lecouvreur, Buenos Aires Lírica, Teatro Avenida, 2014

ADRIANA LECOUVREUR, ópera de Francesco Cilea. Función del viernes 6 de junio de 2014 en el Teatro Avenida, presentada por Buenos Aires Lírica. Dirección musical: Carlos Vieu. Dirección escénica: Crystal Manich. Escenografía: Noelia González Svoboda. Vestuario: Lucía Marmorek. Iluminación: Rubén Conde. Elenco: Virginia Wagner (Adriana), Eric Herrero (Maurizio), Adriana Mastrángelo (Princesa de Bouillon), Omar Carrión (Michonnet), Christian Peregrino (Príncipe de Bouillon), Sergio Spina (Abate de Chazeuil), Eugenia Coronel (Jouvenot), Griselda Adano (Dangeville), Mauro Di Bert (Poisson), Walter Schwarz (Quinault), Juan Feico (Mayordomo). Coro de Buenos Aires Lírica, dirección: Juan Casasbellas. Orquesta.

Adriana Lecouvreur es una de esas heroínas destinadas a convertirse en favorita de las grandes divas de la lírica: buena por donde se la mire, apasionada y aguerrida cuando la situación lo exige, noble y compasiva hasta el final, dueña de dos bellísimas arias, un arrebatado duelo vocal con la mezzosoprano y un inspiradísimo dueto final con el tenor. El verismo musical —dentro del cual Francesco Cilea se inserta— buscaba el mayor realismo posible, a fuerza de resignar las grandes escenas de lucimiento a las que consideraba estáticas y antiteatrales.

El primer acto de Adriana Lecouvreur es un extraordinario ejemplo del esfuerzo por reproducir la naturalidad de la vida cotidiana en las bambalinas de un teatro: actores que van y vienen discutiendo y repitiendo sus líneas, admiradores que adulan a su actriz favorita, un director que intenta poner orden a ese caos y nerviosismo propios de un estreno. Los personajes se superponen unos a otros en sus diálogos y el espectador debe elegir alguna de las simultáneas situaciones que se dan a costa de perderse las otras, como sucede en la vida misma. El problema, como se suele repetir una y otra vez, no es que la trama sea compleja, sino que la pericia del libretista Arturo Colautti, no alcanzó para exponer con total claridad —dentro de este “desorden planificado” propio del verismo— la intriga político-amorosa que desencadena el drama a partir de una carta cuyo remitente es confundido.

La dirección escénica de Crystal Manich, como hace cuatro años con Madama Butterfly, ajustada a recrear sin mucha originalidad las indicaciones del libreto, no deparó ninguna sorpresa pero su mayor desacierto es que no resultó conmovedora. Se trató de un espectáculo ciertamente prolijo y disfrutable, pero con escasa profundidad e intensidad dramáticas. El planteo escenográfico de Noelia González Svoboda explotó la idea del “teatro dentro del teatro” con un pequeño escenario omnipresente que iba rotando su posición en la distintas escenas. La idea funcionaba mejor en algunos momentos que en otros, como en el segundo acto donde no se llegaba a comprender su justificación o en el cuarto acto donde su inclusión como parte del mundo alucinado de la protagonista en su agonía aportó poco a una escena trágica con peso específico propio. Lucía Marmorek realizó un vestuario prolijo y tradicional coronado por pelucas y postizos no siempre favorecedores.

Virginia Wagner (Adriana) en el último acto de Adriana Lecouvreur,
Buenos Aires Lírica, Teatro Avenida, 2014

El rol protagónico estuvo a cargo de Virginia Wagner, una soprano lírica con caudal suficiente para afrontar los pasajes más dramáticos que, con un esmerado fraseo, delicadas notas flotadas y un control preciso de la energía y la emisión, logró una interpretación natural y humana de esta mujer que se muestra frágil por momentos, en otros deja fluir sus emociones y es valiente cuando tiene que enfrentarse a los poderosos. El otro pilar del elenco fue la mezzosoprano Adriana Mastrángelo en el rol de la Princesa de Bouillon, un verdadero torrente de pasión y arrebato que inundó la sala en cada una de sus apariciones. Mastrángelo, poseedora de un potente instrumento, desplegó todos los atributos de quien es realmente la antítesis de la protagonista: sensualidad, arrogancia, celos y resentimiento que se expresan en su aria “Acerba voluttà”.

Eric Herrero, cómodo con la exigente tesitura del rol de Mauricio y empeñoso en los pasajes de mayor exigencia, no logró convencer a causa de un vibrato que empañaba los tramos más líricos y tiernos. El Michonnet de Omar Carrión resultó conmovedor por su indiscutible capacidad de encontrar los colores precisos para cada palabra, y tuvo mucha más presencia en su última escena “Taci, mio vecchio cor!” que en “Ecco il monologo” donde su voz quedaba sobrepasada por la orquesta. Sergio Spina con sobrados medios vocales, realizó un trabajo interpretativo notable en el rol del Abate de Chazeuil. Cumplieron Christian Peregrino como el Príncipe de Bouillon, Eugenia Coronel, Griselda Adano, Mauro Di Bert y Walter Schwarz como el cuarteto de actores de la Comédie.

Carlos Vieu es siempre un concertador minucioso pero a la vez un músico que se deja llevar por el impulso, fundamentalmente en este repertorio post-romántico, dejando fluir las oleadas sonoras con ímpetu y decisión. Con un desempeño excelente orquestal y del Coro de Buenos Aires Lírica, Vieu consiguió una exposición musical de gran efecto y belleza, donde eran apreciables los temas propios de cada personaje, los contrastes entre los diferentes climas emocionales y los vertiginosos cambios rítmicos de la partitura. La densidad sonora resultaba implacable con las voces por momentos, haciendo que, por ejemplo, el siempre esperado recitado de Fedra en el acto tercero quedara un poco desdibujado tras la orquesta.

Adriana Mastrángelo (Princesa de Bouillon) y Eric Herrero (Maurizio) en el segundo
acto de Adriana Lecouvreur, Buenos Aires Lírica, Teatro Avenida, 2014

Muy disfrutable en lo musical, esta nueva producción de Adriana Lecouvreur trajo escasas sorpresas en su planteo escénico, haciendo que las emociones que depara la partitura de Francesco Cilea provinieran fundamentalmente del foso orquestal y la garganta de los intérpretes.

Ernesto Castagnino
ecastagnino@tiempodemusica.com.ar
Junio 2014


Imágenes gentileza Buenos Aires Lírica / Fotografías de Liliana Morsia
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Publicado el 25/06/2014
     
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