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“Calígula” en el Teatro Colón : Repercusiones tradicionales
La temporada oficial del ente lírico más importante de nuestro país comenzó con una producción escénica inglesa de la ópera del alemán Detlev Glanert, con un mensaje político con sordina. Por Luciano Marra de la Fuente
 

Escena del tercer acto de Calígula, Teatro Colón, 2014

CALÍGULA, ópera en cuatro actos de Detlev Glanert. Estreno americano. Producción de la English National Opera. Función del domingo 6 de abril de 2014 en el Teatro Colón. Dirección musical: Ira Levin. Dirección escénica: Benedict Andrews. Escenografía: Ralph Myers. Vestuario: Alice Babidge. Iluminación: Jon Clark. Director de coro: Miguel Martínez. Reparto: Peter Coleman-Wright (Calígula), Yvonne Howard (Cesonia), Martin Wölfel (Helicón), Héctor Guedes (Quereas), Jurgita Adamonyté (Escipión), Fernando Chalabe (Mucio), Víctor Torres (Mereia / Lépido), Marisú Pavón (Livia), Lara Tressens (Drusila), Nazareth Aufe, Marcelo Monzani, Cristian Maldonado y Cristian De Marco (Poetas). Orquesta y Coro Estables del Teatro Colón.

Una horda violenta que irrumpe y lincha al soberano es lo que marca el final de Calígula, la ópera de Detlev Glanert con la cual el Teatro Colón abrió su actual temporada lírica. Lo primero que se escucha de esta obra es un grito ensordecedor de Calígula al encontrar muerta a su hermana y amante Drusila, y a partir de allí la desmesura de sus decisiones de gobierno. Durante la obra hay un clima de violencia, generado por las decisiones unilaterales del emperador romano y que es festejado por el pueblo, aunque un grupo de elite critique a sus espaldas todo lo que allí ocurre.

Teniendo en cuenta la numerosa cantidad de deudas que el Teatro Colón posee con muchos compositores y repertorios, cabe preguntarse por los motivos de la elección de este título entre tantos otros que podrían haber ocupado su lugar. Una posible respuesta podría ir en el sentido de una cierta intencionalidad de denuncia social por parte de una gestión política que representa a un sector de nuestra sociedad que viene planteando la existencia de un estado totalitario y abusivo. No son ajenos a nuestra actualidad los linchamientos populares, la intolerancia violenta de un grupo que no está conforme con sus gobernantes o el “síndrome de hubris”, un diagnóstico mediatizado no hace tanto tiempo y que hace referencia a la “enfermedad del poder”.

La crítica política a través de una obra de arte siempre estuvo presente en el devenir de la historia, de hecho la obra teatral (1945) de Albert Camus en la cual se basa la ópera hace referencia a las dictaduras de Mussolini y Hitler. Aquí poco efecto pudo tener si pensamos que lo que ocurre en nuestros teatros (y mucho más, en uno de ópera) no posee hoy en día la resonancia que en otras épocas solía tener: prepondera la cultura del entretenimiento y con ella la adoración de los artistas, un modelo que además ejerce la misma administración en la cual el Teatro Colón está inserto. Esa poca efectividad también podría estar dada por el hecho de que se haya alquilado una producción extranjera que, más allá de sus pros y sus contras, evoca un ambiente geográfico identificable, totalmente ajeno al nuestro, y por las características intrínsecas de la ópera que, a pesar de haberse estrenado en 2006, remiten más a una estética y un tiempo teatral anclado en el pasado.

Peter Coleman-Wright (Calígula) e Yvonne Howard (Cesonia) en la
escena final del segundo acto de Calígula, Teatro Colón, 2014

La estructura musical de Calígula es bastante tradicional, en la cual a cada escena le corresponde una forma determinada (aria, aria con coro, dúo, trío, ensamble), resintiendo un acontecer dramático más fluido y natural. Tal vez el desarrollo del personaje principal es tomado demasiado frontal por el compositor y su libretista Hans-Ulrich Treichel, aumentando las acciones y efectos teatrales que lo acercan al Gran-Guignol más que a un progreso psicológico más complejo.

El lenguaje de Glanert —dentro de todo, bastante accesible— le debe mucho a su maestro Hans Werner Henze —un compositor desconocido en el escenario principal del Teatro Colón—, aunque sin la contundencia de éste: resuenan ecos de las estéticas de comienzos del siglo XX, en especial el expresionismo de Alban Berg. Sonidos de corazón grabados y un órgano estridente se acoplan a una orquestación opulenta, que es el marco para los diferentes tipos de canto para los personajes, desde el canto pleno al parlato.

La dirección musical de Ira Levin pareciera que lo entendió en ese sentido y, más allá de que en ciertas partes la densa orquestación de Glanert superó a las voces, la respuesta de la Orquesta Estable del Teatro Colón fue notable, generando momentos de máxima tensión y otros de sutilezas expresivas. El Coro Estable, preparado por Miguel Martínez, también realizó una tarea óptima, en especial en ese fragmento inicial del cuarto acto, a cappella, fuera de escena.

La propuesta escénica de Benedict Anderson, concebida para la English National Opera en 2012, ubicó las acciones en un ámbito contemporáneo, unas inmensas gradas de un estadio deportivo con sillas plegables, que permanecerían de principio a fin. De esta manera enfatizó la metáfora de que ese estadio moderno puede ser el escenario de las mismas crueldades que del Coliseo romano (sin ir tan lejos pensemos en nuestro Mundial de 1978). Sobre esa imponente escenografía ideada por Ralph Myers, Anderson maneja a los personajes de manera coreográfica y lo hace con un tratamiento visual interesante, enfatizado por la sugestiva iluminación de Jon Clark. El vestuario de Alice Babidge es propio de la población actual inglesa, con sus cortes y sus peinados, más allá de alguna corona de laurel dorado para Calígula que convive con esos trajes actuales. Hacia el final del segundo acto, proliferaron en el coro personajes actuales como Ronald McDonald, la Rana René, Mickey Mouse o porristas de espectáculos deportivos, queriendo anclar todavía más la idea del consumismo capitalista, aún en democracia, con la de una dictadura.

Peter Coleman-Wright (Calígula) en la escena
final de Calígula, Teatro Colón, 2014

El barítono Peter Coleman-Wright actuó de manera vívida la manera en que fue concebido el personaje protagónico de la ópera. Si bien su voz se escuchó un tanto cansada, su presencia escénica lo mostró impulsivo, violento y desorbitado. A su lado, como su mujer Cesonia, Yvonne Howard se lució más en los momentos intimistas —el sometimiento a su marido en el segundo acto o en su muerte— que en otras partes de fuerza —escenas de conjunto del tercer acto, por ejemplo—, allí perdió el temple en el sector agudo de su voz de mezzosoprano.

Jurgita Adamonyté, como el poeta Escipión, logró momentos de belleza lírica con su esmaltada voz oscura, en tanto que el contratenor Martin Wölfel como el hijo de Calígula, Helicón, sonó un tanto estridente en ciertas partes. El elenco se completó con un muy buen grupo de cantantes argentinos que realzaron con sus actuaciones el carácter lírico-dramático de la ópera: Héctor Guedes como Quereas, Víctor Torres como Mereia y Lépido, Marisú Pavón como Livia y Fernando Chalabe como Mucio.

Los elementos artísticos reunidos, todos muy apropiados, dieron lo mejor de sí para sostener este estreno americano de Calígula de Detlev Glanert en el Teatro Colón. La propuesta escénica foránea y el desarrollo dramático de la ópera menguaron, como si fuera con sordina, el mensaje político intrínseco de la pieza —y su efectividad como crítica a una visión sostenida por algunos sobre nuestra actualidad—, además que su proyección en nuestro campo cultural actual no generó ninguna repercusión mayor a la que sea la apertura tradicional de la temporada del ente lírico oficial más importante de nuestro país.

Luciano Marra de la Fuente
editor@tiempodemusica.com.ar
Abril 2014


Imágenes gentileza Teatro Colón / Fotografías de Máximo Parpagnoli y Arnaldo Colombaroli
Para ver más fotos ingresá a
www.facebook.com/tiempodemusica.argentina
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Publicado originalmente el 24/04/2014

 
Publicado el 12/05/2014
     
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